La oscura ley del Califato

Mundo · Camille Eid
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29 julio 2014
Definirlo como la ley de la selva sería ser demasiado clemente. En los pocos meses transcurridos entre la ocupación de la provincia siria de Raqqa y la iraquí de Mosul, el Isis de Abu Bakr al-Baghdadi ha llevado a buena parte de Oriente Medio hacia atrás, a la noche de los tiempos.

Definirlo como la ley de la selva sería ser demasiado clemente. En los pocos meses transcurridos entre la ocupación de la provincia siria de Raqqa y la iraquí de Mosul, el Isis de Abu Bakr al-Baghdadi ha llevado a buena parte de Oriente Medio hacia atrás, a la noche de los tiempos. Sobre la cabeza de millones de personas que viven en los territorios del “califato” pende ahora la espada de leyes oscurantistas que recuerdan demasiado a las impuestas por los talibanes afganos. El código de conducta articulado en 16 puntos y difundid por el Isis tras la toma de Mosul y la caza de las familias cristianas crece cada día con nuevas normas que pretenden, según sus ideólogos, “devolver a la sociedad islámica su pureza original”.

Con el documento llamado “Wathiqat al-Madina” y erróneamente traducido como “Pacto con la ciudad”, los yihadistas pretendían evocar el “Pacto de Medina” con que Mahoma estableció, poco después de su migración a esta ciudad en el año 622, las normas de convivencia entre los diversos grupos tribales locales, musulmanes y hebreos.

Entre los dieciséis puntos promulgados se lee la prohibición de cualquier forma de politeísmo, la pena de muerte por apostasía del islam, la obligación para los ex policías y militares del gobierno iraquí de hacer una declaración pública de arrepentimiento, el deber para los musulmanes de observar las oraciones a las horas establecidas, la prohibición del consumo de alcohol y tabaco. Para las mujeres las indicaciones son precisas: “Deben estar en casa, salir solo si es necesario, su papel es el de proporcionar estabilidad al hogar”. En Raqqa, la otra “capital” del califato, un grupo de mujeres del Isis tiene la tarea de velar.

Fuentes kurdas afirman que emisarios del califato habrían entrado en la Universidad de Mosul para poner fin a la promiscuidad entre ambos sexos dentro del ateneo, además de proceder a la clausura de las facultades de Bellas Artes y Derechos, consideradas “contrarias a la sharía”. Mientras tanto, sigue levantando ampollas el nuevo “decreto” que quiere imponer la infibulación a “todas las mujeres del estado islámico”. El decreto data del 21 de julio y lleva el sello del Estado islámico de Alepo, en la región de Azaz, al norte de la ciudad siria. El texto, que presenta numerosos errores tipográficos, se basa en presuntos hadith (afirmaciones) atribuidos a Mahoma, pero las fuentes citadas (lo cual hace dudar de su autenticidad) no son las que se citan habitualmente para defender la validez de la tradición islámica. El texto, difundido por internet, afirma que “con el temor de que el pecado y el vicio se propaguen entre los hombres y mujeres de nuestra sociedad islámica, nuestro comandante de los creyentes Abu Bakr al-Baghdadi ha decidido que en todas las regiones del estado islámico las mujeres deben ser cosidas”. Si el Isis confirma el edicto de la infibulación masiva en el califato sería algo “horripilante”, según lo ha calificado en Twitter el subsecretario italiano de Exteriores, Benedetto Della Vedova, refiriéndose a “una violencia intolerable, como la descristianización forzosa”.

Más allá de la autenticidad o no de este decreto, no falta sin duda la documentación sobre violaciones sistemáticas de los derechos humanos por parte del Isis. Horrorizan las imágenes que circulan por la red con decapitaciones, crucifixiones, lapidaciones y fustigaciones (la última contra un hombre que abrió su restaurante en pleno Ramadán), ejecutadas en público por los terroristas. Las acusaciones de politeísmo, herejía y desviación del recto camino son las más habituales en los tribunales islámicos instituidos en el califato, que pretenden así hacer callar cualquier contestación dentro del islam.

Muestra de ello es el caso del jeque Muhammad al-Badrani, un imán sufí de Mosul, al que le han infligido 70 latigazos. ¿El motivo? Seguir –a pesar de las advertencias– repitiendo desde el minarete de la mezquita de Al-Kawthar alabanzas al profeta antes de llamar a la oración. El suyo no es un caso único. Entre las víctimas de los terroristas se cuentan de momento 16 ulemas de Mosul, asesinados por oponerse a la interpretación radical de la ley islámica o a la expulsión de los cristianos. Entre estos, los imanes de la Gran Mezquita de la ciudad y el de la mezquita del profeta Jonás.

Publicado en Avvenire

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