La nostalgia del mar infinito y el trabajo de cada día

Mundo · José Luis Restán
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7 julio 2014
Hace 1400 años un monje peregrino llamado Segisberto inició la construcción de un eremitorio en medio del bosque de Disentis, hoy situado en el cantón suizo de Grisones. El terreno se lo había cedido un propietario del lugar, de nombre Plácido, que posteriormente ingresaría en la comunidad monástica y finalmente pagaría con su propia sangre la defensa de los derechos de aquella primera comunidad benedictina.

Hace 1400 años un monje peregrino llamado Segisberto inició la construcción de un eremitorio en medio del bosque de Disentis, hoy situado en el cantón suizo de Grisones. El terreno se lo había cedido un propietario del lugar, de nombre Plácido, que posteriormente ingresaría en la comunidad monástica y finalmente pagaría con su propia sangre la defensa de los derechos de aquella primera comunidad benedictina.

Hoy la abadía de Disentis se configura como un imponente edificio en el que viven, según la regla de San Benito, 28 monjes con edades comprendidas entre los 31 y los 94 años. El conjunto se levanta en la falda de la montaña y abraza una notable escuela monacal, una granja modernizada tras el incendio sufrido en 2006 y una hermosa iglesia barroca. Y lo mismo que durante siglos, desde su origen, constituye el corazón espiritual, económico y cultural de todo el valle. Impresiona repasar las vicisitudes que ha atravesado la abadía en estos catorce siglos, tantas veces al borde del cierre o incluso de la desaparición física, forzada por feroces enemigos por la propia debilidad interna. Pero no, en medio de una de las sociedades más secularizadas de la vieja Europa las torres bulbosas de Disentis siguen apuntando al cielo y sus campanas siguen recordando el ritmo de una vida regida por el ora et labora, la auténtica regla fundadora del viejo continente.

La celebración de este singular aniversario ha tenido un invitado de excepción, el cardenal suizo Kurt Koch, presidente del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos y uno de los grandes teólogos del actual colegio cardenalicio. Durante la homilía Koch recordó una frase de Saint-Exupéry para explicar la génesis de esta abadía: “si quieres construir una barca no reúnas hombres para cortar leña, preparar las herramientas, dividir las tareas e impartir órdenes, más bien despierta en ellos la nostalgia por el mar vasto e infinito”. En realidad la planificación de Segisberto y de Plácido debió ser más bien modesta, pero el aliento de su corazón resulta tan grande que corta la respiración. Como diría el gran Gregorio Magno, biógrafo de San Benito, los monjes “sólo” deseaban complacer a Dios. Ni más ni menos. Todo en la vida monástica refleja esa orientación decisiva hacia el Cielo, pero como apunta Koch esa orientación no les hace extrañar la tierra en absoluto, todo lo contrario: “ya que en la adoración viven su nostalgia por el mar infinito, se ponen inmediatamente al trabajo para construir la barca con la que navegar”. Y así es como tantos monjes y misioneros que abandonaron su patria para testimoniar a Cristo en tierras lejanas y agrestes, se convirtieron en grandes civilizadores.

Eso explica el amor al trabajo y la definición de sus derechos, tan propios de la cultura nacida en occidente al calor del monacato, que para los antiguos griegos hubiera resultado impensable ya que el trabajo físico era propio de esclavos, algo que rebaja y que no puede rozarse con lo divino. “Se puede afirmar abiertamente, dijo el cardenal Koch, que sin esta cultura del trabajo desarrollada sobre todo a partir del monaquismo cristiano, el devenir de Europa, su imagen del mundo y su tejido de valores serían impensables”. La breve fórmula de San Benito, ora et labora, “ha creado una síntesis fecunda entre la nostalgia del mar infinito y la construcción concreta de la barca, de modo que la orientación hacia el Cielo se traduce en una acción concreta dentro de la vida cotidiana”. Maravillado, seguramente no tanto por los tesoros de arte y cultura que custodia el monasterio cuanto por la pervivencia del testimonio de la fe y la caridad a través de mareas revolucionarias de distintas épocas, el cardenal Koch razonó que no ha sido casual el paso del modesto eremitorio levantado por Segismundo a la robusta planta de la actual abadía, porque las bases estaban echadas en el momento de su fundación, hace catorce siglos.

Alguien podría preguntar con ironía qué representan hoy los veintiocho monjes de la abadía de Disentis… ¿Tal vez el vestigio de una historia gloriosa, o una forma exótica de evadirse del ruido tantas veces insoportable de la sociedad post-industrial? La propia existencia de esta comunidad, catorce siglos después, constituye un antídoto contra el cinismo, y una forma de despertar la nostalgia del Infinito que porta consigo el corazón de todo hombre. No sólo eso, es la documentación de que esa nostalgia tiene un camino de cumplimiento y de verificación, y es además un impresionante motor para la mejora de la ciudad del hombre.

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