Meeting de Rímini

La libertad necesaria para construir Europa

Mundo · Eugenio Nasarre
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15 febrero 2010
Páginas Digital publica la intervención del diputado Eugenio Nasarre en la presentación de la 31ª edición del Meeting de Rímini, el pasado lunes 15 de febrero en Madrid.

Los mítines de Rímini se han convertido en el acontecimiento cultural más relevante en el espacio público europeo. Digo europeo, porque a lo largo de sus treinta años de existencia el Meeting de Rimini no sólo se ha conquistado un lugar al sol en la vida pública italiana desde hace ya tiempo, sino porque no creo que pueda encontrarse otro acontecimiento de este tipo comparable en el panorama europeo. Y no me refiero sólo al ámbito específicamente cristiano.

¿A qué obedece el éxito del Meeting de Rímini? ¿Qué aporta en el actual panorama de desconcierto, perplejidad y desasosiego en que vive nuestro continente? Perdónenme que utilice la palabra éxito. Sé que es una palabra ambigua, que tiene un inevitable regusto comercial: éxito de ventas, éxito de público… No se trata tanto de esto sino de reconocer que una idea nacida para provocar una presencia fuerte en una sociedad dominada por las creencias débiles ha dado lugar a una realidad sorprendente.

La idea con que nació era cabalmente una provocación. Rímini, uno de los lugares emblemáticos del veraneo italiano, a orillas del Mediterráneo y puerta también del veraneo centroeuropeo que busca el sol en el Adriático, se convertía en plena temporada estival en un lugar de encuentro de mucha gente venida de cerca y de lejos con el fin de expresar la presencia de un "pueblo" en la historia.

Les confieso ser un lector devoto de Alessandro Manzoni. A él le debo no sólo, y además disfrutando, introducirme en los vericuetos y bellezas de la lengua italiana, sino iluminarme sobre el verdadero sentido de la historia.

El Meeting de Rímini responde, de alguna manera, a la idea manzoniana de la Historia. Ésta es que la historia no la construyen los poderosos, los prepotentes, los "don rodrigos", los que poseen los instrumentos de dominio en cada época. Hay otra historia verdadera, que es la del pueblo (la de los humildes, decía Manzoni), la de las personas con carne y hueso, como Renzo y Lucia, que viven los avatares y sinsabores de su tiempo, y en medio de ellos construyen sus vidas, ejerciendo la libertad, la libertad de esposarse, de comprometerse para toda la vida, incluso contra los poderosos, y así hacen la verdadera historia.

Este pueblo necesita hacerse presente, encontrarse en la plaza pública, en el ágora, por ejemplo en Rímini, en medio también de los poderosos y de los indiferentes, no para proporcionar un espectáculo sino para mostrar el otro rostro de la historia.

Así surgieron y crecieron los mítines de los años ochenta. Los de aquella Europa todavía dividida en bloques, en la que la propuesta marxista, aunque ya declinante, mantenía amplias corrientes de seguidores, en los que los rescoldos del 68 agitaban la vida universitaria y comenzaban a producir sus efectos devastadores, sobre todo en la educación, y en los que la fascinación por la violencia hacía mella en círculos juveniles europeos.

El muro de Berlín cayó. Muchos derramamos entonces lágrimas de alegría. Europa ha ido avanzando y ampliándose en su construcción, qué duda cabe. Pero la de hoy muestra señales de inquietante debilidad y desconcierto, de incapacidad a responder a interrogantes esenciales y de un suicida repudio de su herencia y de su identidad.

Vivir en la historia no es someterse a la cultura dominante, no es plegarse porque sí a los poderosos, no es aceptar resignadamente lo que se nos da. Es también tener la capacidad de interpelarla y de tomar posición. El pueblo cristiano también tiene que vivir pegado a la historia, descubriendo permanentemente sus signos y en relación con ellos haciendo sus propuestas, su oferta, que es de salvación. Si no lo hace, no puede aparecer con un rostro propio y reconocible y, por lo tanto, tampoco dialogar. No sé si me equivoco, pero me parece que ésta es una intuición central en la experiencia de los mítines de Rímini. Y es la clave de su gran capacidad de convocatoria.

Resumiría en tres los elementos que conforman lo que llamaría el "espíritu de Rímini": libertad, antídoto a la manipulación y búsqueda de una verdad que nos comprometa.

Primero, libertad. Rímini se convierte en un espacio en el que reina la libertad de palabra. Decenas de personajes, de muy distintas procedencias, matrices culturales y líneas de pensamiento, pasan por las diferentes tribunas del Meeting. Y los participantes dialogan con ellos. Interrogan, interpelan. Todo el mundo habla con libertad, aunque sea provocadora. La libertad se ejerce como algo natural.

Por ello, Rímini no se presta a la manipulación. El riesgo mayor de los debates en nuestra época es la manipulación. Los hombres de nuestro tiempo nos hemos hecho expertos en las más refinadas técnicas manipuladoras. Y dar gato por liebre es el pan nuestro de cada día. En mi experiencia en Rímini vi como si existiese una vacuna "antimanipulación". Esa vacuna tiene dos ingredientes: por una parte, no hay posibilidad de disfraces; cada cual se presenta con su propia identidad, y quien vaya a Rímini intentando disfrazarla o desdibujarla pierde el tiempo. El clima de libertad es un clima de respeto a cada identidad. Y el segundo ingrediente es que al sujeto protagonista del Meeting, ese pueblo que ha venido de muchas partes a encontrarse en la plaza pública, le interesa la verdad, considera que detrás de cada acontecimiento hay una verdad que hay que descubrir, mejor a la manera machadiana ("Tu verdad? No. La verdad. Conmigo ven a buscarla, la tuya quédatela").

Porque la concepción de la libertad despojada de la verdad es una concepción falsa. Como también lo es una concepción abstracta del hombre. El hombre abstracto es una entelequia, es un fantasma. Sólo existen hombres de carne y hueso, como Renzo y Lucia, los personajes de Manzoni, que tenían  padre y madre, que nacieron a las orillas del lago de Como (y no en otro lugar), vivieron cuando la peste de Milán y se toparon con los prepotentes de su época. Renzo y Lucia ejercieron su libertad, la libertad de casarse, superando todos los contratiempos, pero lo pudieron hacer porque amaban la verdad, la verdad de la naturaleza de las cosas, la verdad de la realidad, la verdad de los valores. Si no se apoya en la verdad, la libertad se convierte en una mueca de sí misma.

La experiencia de Rímini es una experiencia que nace de la  pasión por la verdad y, en virtud de ello, de pasión por la libertad. Los más conspicuos heraldos del relativismo, que se dedican a vender su mercancía por doquier, hasta en rutilantes desayunos, y a imponerla a través de sus proyectos de ingeniería social, pretenden invertir la relación dialéctica verdad-libertad, lo que conduce a la dilución de la verdad y, a la postre, al vaciamiento de la libertad humana, que siempre consiste en una elección moral. Decía Guardini que "la conducta ética sólo puede surgir del conocimiento, de la constatación de la verdad". Y agragaba: "Conocer quiere decir tomar conciencia de la esencia de lo existente". El Logos precede al Etos.

Insisto. La pasión por la verdad produce en Rímini una formidable y rebosante experiencia de libertad. Es la libertad con la que hay que construir Europa y con la que Europa debe encontrarse a sí misma, recuperando la conciencia de su realidad histórica.

Es ésta la batalla cultural que se libra en nuestro continente. Por eso Rímini, el Rímini vivo, el de los tres mil voluntarios, el del pueblo sujeto de la historia, el de tantos jóvenes y mayores, de todas las generaciones, que se encuentran, para escrutar la realidad, sin prejuicios, con realismo, es una necesidad para Europa.

Decía, al principio, que el cristianismo europeo de hoy no tiene, salvo Rímini, este tipo de lugares de encuentro. ¿Es exportable la experiencia de Rímini? No lo sé. Pienso, en todo caso, que en la Europa ya sin fronteras los "marcos nacionales" están siendo  superados. En este sentido, el Meeting también ha indicado el camino y cada vez, me parece, se hará más "europeo".

Estoy convencido de que "el espíritu de Rímini" debe servir para construir una propuesta cultural alternativa que el futuro de Europa necesita. Como europeo que cree que "la verdad nos hace libres", puedo decir que merece la pena vivir la experiencia de Rímini.

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