Desde el escaño

La libertad, la necesidad y los sacrificios

España · Eugenio Nasarre
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13 julio 2012
Acaso el momento con mayor interés del debate parlamentario del miércoles pasado fue cuando, con su ya proverbial vehemencia, Rosa Díez espetó a Rajoy: "Cuando el presidente del Gobierno dice en la Cámara en la que está representada la soberanía nacional que no tiene libertad, les está diciendo a los más de 40 millones de españoles que no tienen libertad". Tomada en serio y en sus términos, esta acusación es extremadamente grave. Trasladaba la idea de un gobierno y de un parlamento secuestrados y sometidos a un diktat impuesto por la fuerza. Traía el recuerdo de las páginas más negras de la historia contemporánea europea.

Pero, ¿qué dijo verdaderamente Rajoy? Cuando usó la palabra libertad, dijo textualmente: "Los españoles hemos llegado a un punto en que no podemos elegir entre quedarnos como estamos o hacer sacrificios. No tenemos esa libertad. Las circunstancias no son tan generosas". He puesto en negrita "esa" porque es lo que da sentido a lo que quiso decir y dijo Rajoy. Se refería a la elección entre quedarnos como estamos o hacer sacrificios. Esa es la (no) alternativa que hay que entender en la retórica del discurso. Es una apelación al sacrificio, al "sangre, sudor y lágrimas" churchilliano. Lo que planteó, en definitiva, es que vivimos en un "estado de necesidad".

¿Y por qué se ha producido este estado de necesidad? Porque -como demostró con datos abrumadores- hemos llegado a un endeudamiento insoportable. Confieso que para mí ésta es una verdad incuestionable, a la que me adhiero sin reservas, porque forma parte de mis planteamientos morales. El buen padre de familia, si por circunstancias adversas, ha contraído fuertes deudas, tendrá que decir a sus hijos: "No puedo satisfacer vuestros deseos, que además son los míos. Ahora no tengo esa libertad, porque lo primero es saldar las deudas y tendremos que hacer sacrificios para ello". Es lo que yo diría a mis hijos. Y no tendría inconveniente en utilizar el término libertad. Saldar las deudas es una necesidad y una opción moral.

La actitud contraria -que a mí me parece detestable desde el punto de vista moral- es la que expresó el Presidente argentino Rodríguez Saa, cuando el famoso "corralito", dirigiéndose a los diputados de su país: "No pagaremos la deuda", lo que fue acogido con una estruendosa ovación de los parlamentarios puestos en pie. Esa es la actitud que no querría para mi país. A mí lo que me avergüenza de mi país es que estemos tan endeudados, que parte de la prosperidad de los últimos tiempos se haya alcanzado con préstamos pedidos al exterior, y no para paliar necesidades extremas de pobreza, sino para construirnos, en muchos casos, segundas viviendas, aeropuertos lujosos, tener más kilómetros de AVE que cualquier país europeo, incrementar de manera elefantiásica nuestras administraciones, concedernos más "derechos" de los que nos podíamos permitir. No quisimos frenar a tiempo y actuamos como un padre pródigo.

Recuerdo que hace unos pocos años asistí a un mítin de mi partido -estábamos en plena borrachera-, que se celebró en un flamante polideportivo de un pequeño municipio. El líder local -estaba entonces en la oposición- en su discurso de bienvenida nos dijo: "Podéis contemplar y disfrutar este espléndido polideportivo. Sólo tiene un problema: está sin pagar".

Este es nuestro "estado de necesidad". Y un pueblo que se aprecie a sí mismo está obligado a hacer sacrificios, evidentemente por imperativo moral. No seremos verdaderamente libres o, por decirlo de otra manera, no tendremos voz en el mundo, hasta que dejemos de estar tan endeudados. Para recuperar nuestra verdadera libertad tenemos que hacer muchos sacrificios. Tenemos que reconocer lo que hicimos mal y corregirlo con determinación. Ciertamente la cuestión es cómo hacer los sacrificios, con qué medidas, con qué criterios de equidad. Pero no hay otro rumbo ahora para la nación.

Rosa Díez no sólo tergiversó a Rajoy sino que se alejó mucho de los planteamientos morales que profeso.

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