La ideología de los valores y el miedo a la diáspora

Sociedad · Luca Doninelli
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21 diciembre 2022
Por su interés publicamos un artículo del novelista Luca Doninelli que apareció hace ya algunos años en un digital italiano

He sentido mucha preocupación por el fin de la unidad entre los católicos. Pero yo me pregunto si el miedo a la diáspora no corre el riesgo de convertirse en el peor disuasor posible, sobre todo en un momento como este.

Intentaré decirlo de otro modo. El problema de los católicos en política hoy ¿puede reducirse a una llamada a filas en torno a los llamados valores no negociables? ¿Lo de los valores no negociables no corre el riesgo de convertirse –si no se ha convertido ya– en la enésima ideología, solo capaz de bloquear nuestro camino de crecimiento, creando divisiones innecesarias? ¿Un político católico debe dedicar su vida a esta postura puramente defensiva?

Creo que todo esto no hay que dar nunca nada por descontado. El problema no es decir “sí” o “no” a la batalla sobre estos valores. El problema es cómo leemos los signos de los tiempos, es decir, si la batalla es por los valores en sí mismos o bien por el signo que representan, remitiendo a otra cosa.

La política es la referencia a esa “otra cosa” aplicada al bien común. Por tanto, no es una cuestión de principios generales, aunque fueran los más sagrados de este mundo.

Por lo que a mí respecta, me encontraría muy a disgusto si tuviera que luchar al lado de alguien que solo compartiera conmigo esos valores porque sería una lucha ambigua, y antes o después tendría que pagar un precio exagerado en términos de libertad. Si alguien se encuentra con mi experiencia cristiana o le llama la atención, yo no le pido credenciales ni que cumpla ciertos requisitos ideológicos. No veo por qué habría que hacerlo en política.

Por hacer un poco de literatura, imaginemos que Nichi Vendola (político de izquierdas italiano) se hiciera de CL. Ninguno de nosotros puede decir que eso no sucederá nunca, y si lo dijéramos seríamos unos hipócritas.

¿Qué haríamos entonces? ¿Le pediríamos que se presentara en las listas de Berlusconi? ¿Le obligaríamos a dejar al hombre con el que vive?

Pero CL nunca ha sido así. Nunca, desde el primer instante, cuando el joven sacerdote don Luigi Giussani se encontró delante de tres chavales dispuestos a desafiarlo por lo que había dicho durante su primera clase de religión en el liceo Berchet de Milán. El planteamiento de la cuestión, tal como se presentó aquel día, sigue siendo el paradigma de todo lo que vino después: una apertura tal que la experiencia de CL la comparten incluso varios musulmanes y judíos.

Además, esa insistencia en los valores no negociables corre el riesgo de acabar generando un cierto cinismo –que se ha podido comprobar en varias ocasiones– por el que a quien comparte estos valores se le permite todo. Y quien se atreva a decir que eso no puede ser se arriesga a ser metido en el saco de los moralistas, como el viejo camorrista que insultaba a su nieto solo por ser buena persona.

El corazón de la experiencia cristiana no reside en la defensa de la familia o en la lucha contra el aborto sino en un encuentro imprevisible con la respuesta a nuestra necesidad de verdad, justicia, amor y belleza. El político no es ni debe ser un delegado que asume ciertos aspectos de la vida convirtiéndolos en valores no negociables para luego jugárselos en la arena política. El político solo es interesante en la medida en que participa de esa vida, porque esa vida es el verdadero sujeto de la política.

Me da la impresión de que el mundo político –como todos los “mundos” en general (como el “mundo católico”, expresión que detesto de todo corazón)– ya no es un observatorio particularmente agudo de la situación actual. Nada que objetar al arte del compromiso y al juego de las alianzas, pero hace falta una visión fuerte, y constato que esta visión ya no tiene su sede en la política institucional.

Esa visión se da hoy en lugares concretos, en contextos de experiencias cada vez más espléndidas y numerosas, que yo llamo “nuevos monasterios”. Se trata de comunidades, escuelas, asociaciones, institutos profesionales, cenáculos de artistas y otras muchas cosas: lugares que no hay que “interpretar” políticamente porque ellos mismos son la política actualmente, puesto que son la vida.

La vida (y dentro de ella la Santa Iglesia) es como una inmensa catedral, la más espléndida que se haya visto nunca, ornamentada con las obras de arte más maravillosas, pero iluminada tan solo por la luz de las velas. Esas velas son nuestros testimonios: cada uno de ellos ilumina, hace un poco más visible la belleza del lugar, de modo que las pinturas van saliendo, una luz tras otra, de la oscuridad y la maravillosa arquitectura empieza a abrirse paso ante nuestros ojos. Así, poco a poco, podemos empezar a conocer y apreciar la Mano misteriosa que ha hecho todo esto.

Lee también: «El encuentro de CL con el papa Francisco. Colaboradores de las profecías del Papa«

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