La herida de Oriente Próximo

Mundo · Fernando de Haro (Jerusalén)
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1 septiembre 2015
Explanada de las mezquitas, frente a la de la Roca. Donde quizás estuvo la entrada a lo más sagrado del Templo, el ampliado por Herodes el Grande, el que provocó el llanto de Jesús. Un grupo de escolares participa en la que parece una visita del colegio. Al ver a uno de los policías israelíes que patrullan la zona todos ellos profieren al unísono un grito: ¡Alá es grande! ¡Alá es grande! El nombre de Dios utilizado como provocación, como forma de violencia.

Explanada de las mezquitas, frente a la de la Roca. Donde quizás estuvo la entrada a lo más sagrado del Templo, el ampliado por Herodes el Grande, el que provocó el llanto de Jesús. Un grupo de escolares participa en la que parece una visita del colegio. Al ver a uno de los policías israelíes que patrullan la zona todos ellos profieren al unísono un grito: ¡Alá es grande! ¡Alá es grande! El nombre de Dios utilizado como provocación, como forma de violencia. Hace solo unas semanas se ha producido el enésimo enfrentamiento en la explanada de las mezquitas. Los musulmanes tienen acceso por el barrio árabe, a los judíos se les intenta convencer de que no visiten esta parte de Jerusalén y a los pocos cristianos que se deciden a hacerlo se les obliga a entrar por un puente de madera construido desde el Muro de las Lamentaciones. Solo se les permite llegar tras someterle a un registro exhaustivo.

Israel se ha convertido todo él en un país de check points para los que no quieren quedarse en las ´zonas de seguridad´. Los mapas no sirven, la mayoría de los antiguos pasos están cerrados, hay que encontrar el único que sigue abierto y eso supone en muchas ocasiones dar un rodeo de muchos kilómetros. Controles para visitar Belén, para acceder a Nablus, al pozo de Jacob –donde Jesús se encontró con la Samaritana– para llegar a Samaria, para viajar hasta Jericó. Para visitar Emaus –pueblo que para su desgracia queda muy cerca de Ramala–. Y siempre el muro, el muro de alambrada, el muro de hormigón, el muro en forma de parasol, el muro con tierra de nadie. El muro, tan parecido al de Berlín, en el pueblo en el que nació Jesús.

Acceder a Hebrón, lugar donde se encuentra la tumba de los patriarcas, requiere mucha paciencia y bastante decisión. Solo se puede llegar después de atravesar un check point y un asentamiento de colonos. Los soldados del control apenas saben inglés. La tensión se masca en torno a la tumba de Abraham y de Sara. Los cristianos son mal recibidos en la zona judía por su caridad con los palestinos. Es la acusación que siempre prende sobre los pocos cristianos que quedan en Tierra Santa, la de ser parte de la causa palestina. Judíos y palestinos se disputan a los pocos visitantes que llegan para hacer propaganda. Después de varios controles, se accede a la tumba de Jacob en la que rezan judíos devotos. Una soldado judía, a todas luces escéptica, vigila la oración de los piadosos, en una mano el fusil, en otra una bolsa de chips. La oración protegida por las armas. Lo que hace la soldado se explica con un estribillo que se repite a todas horas: ´Israel necesita proteger los lugares santos, Israel necesita proteger a sus ciudadanos´. En nombre de la protección de los ciudadanos de Israel, que han decidido crear colonias en Cisjordania, el ejército patrulla por numerosas zonas del territorio palestino. Con vehículos blindados y con jeeps que exhiben grandes banderas israelíes. Patrullan en un territorio que, según el derecho internacional y según la mayoría de las naciones del mundo, es de soberanía palestina, competencia del Estado reconocido este año por la Santa Sede. Los colonos, las colonias, el incesante patrullar son una herida en esta parte de Palestina. Los colonos han protagonizado este mes de julio un acto de terrorismo judío. La sociedad y el Gobierno han reaccionado condenándolo. Ese es el comienzo de un camino que tiene que volver a ser recorrido. El proceso de paz impulsado por la administración Obama ha quedado en nada. Hace cinco años que las dos partes no se sientan a hablar con seriedad. Y en 2010 ya quedó claro: Netanyahu tenía que ponerse en frente de los colonos. No lo ha hecho. Paz a cambio de territorios según la que ya es una vieja fórmula.

Los fundadores del Estado de Israel tenían claro algo que ahora parece olvidado. No se puede estar contra todos en todos los frentes. En Gaza contra Hamas, quizás dentro de poco contra Al Qaeda; en Estados Unidos contra los que quieren el acuerdo con Irán; en el norte, contra Hizbolla, y en territorio palestino contra la población y la Autoridad Nacional que no pueden aceptar la invasión de soberanía. Sin cerrar heridas, la paz no es posible. Ni en Israel, ni en todo Oriente Próximo. Sin cerrar esta herida no habrá paz y las minorías, especialmente la cristiana, seguirá siendo víctima de la persecución. Sin cerrarla no se podrá alejar el nombre de Dios de la violencia.

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