La guerra en Ucrania, el show de la mentira

Mundo · Nadezhda Voskresenskaja
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4 mayo 2014
Estuve en el Maidán por primera vez en enero, el día antes de la masacre. Luego volví en marzo y por último, hace unos días, nada más empezar la Pascua.

Estuve en el Maidán por primera vez en enero, el día antes de la masacre. Luego volví en marzo y por último, hace unos días, nada más empezar la Pascua.

Maidán sigue existiendo y además se ha extendido a la zona donde la gente ha “plantado sus tiendas” como diciendo: “nosotros estaremos aquí hasta el final”. Todavía está instalado el escenario donde todas las noches los sacerdotes rezan con el pueblo y que ahora luce una inscripción enorme que dice: “¡Cristo ha resucitado!”.

El Maidán ahora es un lugar de memoria, de sufragio –lleno de flores y de velas–, un lugar donde se ejerce la paciencia, donde se vive, donde se sigue esperando. Nunca he visto otra cosa en el Maidán, nunca he encontrado fascistas en Kiev y mis amigos que viven allí, tampoco. Pero en los periódicos aumenta el número de ucranianos fascistas. Los enfrentamientos de estos días, por ejemplo, provocados por un centenar de encapuchados que la prensa ha definido como “ultranacionalistas ucranianos”, son una obra de arte: es teatro, el gran teatro ruso, y si se quisiera se podría demostrar.

Este año he pasado la Semana Santa y la fiesta de Pascua en Jarkov –a 38 kilómetros de la frontera rusa, una ciudad rusófona, zona “de riesgo”– con amigos ucranianos, italianos, bielorrusos, georgianos y rusos. Fue una auténtica fiesta, porque “Cristo, nuestra esperanza, ha resucitado”, pero en todo momento estuvimos pendientes de las noticias, por “miedo” a revueltas imprevistas. Pero la ciudad, y la gente, estaba muy tranquila, a diferencia de lo que nos querían hacer creer los medios rusos. Vi con mis propios ojos las manifestaciones de los filorrusos en Jarkov. En la plaza principal se reunieron 200 ó 300 personas –en una ciudad de un millón y medio de habitantes–, muchas de las cuales se quedaron a un lado, bebiendo algo, como esperando a que llegara la televisión para retransmitir el evento para generar entonces un poco de confusión ante las cámaras y después marcharse. En Rusia se emitió la escena, engrandecida, bajo el título: “Ucrania, una guerra civil”.

En cambio no vi con mis propios ojos la “reunión” celebrada en la misma plaza unos días más tarde, cuando entre siete y nueve mil “militantes” filoucranianos celebraron un gesto de oración por su país y por la paz. Eran católicos de rito griego y latino, ortodoxos de varios patriarcados, protestantes, judíos y musulmanes. Esta extraña “manifestación nacionalista” (¿fascista?) no salió en la televisión rusa. Yo sé que tuvo lugar porque conozco a los que lo organizaron: esos mismos amigos con los que celebré la Pascua. No son hombres poderosos y ni siquiera ellos pueden explicarse cómo consiguieron, en solo tres días, el consenso de los obispos, la administración y las fuerzas del orden.

La esperanza, la libertad, la paz, el deseo de justicia, la religiosidad… todo eso sigue siendo, inexplicablemente, el corazón de la “revolución” del pueblo ucraniano. Eso lo he visto, y lo sigo viendo. Tenemos un grave problema: la propaganda rusa tiene una fuerza nunca vista y ha desencadenado un mecanismo de “adiestramiento” de las conciencias que ha dado sus resultados. En Rusia la gente está sinceramente convencida de que la “revolución ucraniana” es un movimiento fascista apoyado por América por su odio hacia Rusia.

El pueblo ruso ha aprendido a reconocer al enemigo y está dispuesto a defenderse. Un enemigo que identifican ya con el mundo entero, o casi, sin plantear demasiadas preguntas. La realidad no importa, no la ven y tampoco quieren verla. De hecho, se teoriza diciendo que es inútil, no hace falta, porque lo esencial ya está claro. Una de las que mejor ha descrito la situación es la escritora rusa Liudmila Ulickaja. Se acercó al Maidán y comentó, en un diálogo privado: “En la época soviética sabía perfectamente que el 80% de lo que nos decían era mentira, que tenía que comprobar cada palabra… pero nunca pensé que llegaría a ver esto. Ahora la mentira es del 100%. En lo que dicen nuestros medios no hay ni un ápice de verdad”. Actualmente, en algunas regiones ucranianas se está representando una guerra civil. Provocarla supone ya una invasión de hecho. Los filorrusos de Slavjansk contra los que está reaccionando el gobierno de Kiev son grupos terroristas organizados por militares rusos. Y eso hay que decirlo con claridad.

Pero no es solo “teatro”, la guerra ya se ha hecho real en muchas partes. Pero si miras los rostros de los protagonistas no reconoces ni a rusos ni a ucranianos. Sus rostros han perdido sus rasgos de humanidad, porque quien dirige el juego es ese poder que manipula las conciencias haciéndolas ciegas y sordas, convirtiendo a los hombres en un ejército de zombis que puede utilizar a su gusto. Pero hay personas, tanto en Ucrania como en Rusia, que se mueven de otro modo. Hay hechos a los que debemos mirar como una fuente de libertad aún posible. Si es que queremos vivir.

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