La esperanza razonable para 2015

Mundo · Angelo Scola
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7 enero 2015
«La vida bella no es la que se conoce, sino la que no se conoce. No es la vida pasada, sino la futura. Con el año nuevo, el azar nos tratará bien a los dos, y a todos, y comenzará la vida feliz. ¿No es cierto?”. “Espero que sí”». Así concluye Leopardi su vibrante “Diálogo entre un vendedor de almanaques y un transeúnte”, dejando al descubierto con su habitual y amarga lucidez un dato al mismo tiempo contradictorio y profundamente humano.

«La vida bella no es la que se conoce, sino la que no se conoce. No es la vida pasada, sino la futura. Con el año nuevo, el azar nos tratará bien a los dos, y a todos, y comenzará la vida feliz. ¿No es cierto?”. “Espero que sí”». Así concluye Leopardi su vibrante “Diálogo entre un vendedor de almanaques y un transeúnte”, dejando al descubierto con su habitual y amarga lucidez un dato al mismo tiempo contradictorio y profundamente humano.

Mirando las historias personales y sociales del año transcurrido, podríamos tener más motivos de preocupación, cuando no de verdadera y auténtica angustia, que motivos de satisfacción o de verdadera y auténtica alegría.

El informe Censis, que cada mes de diciembre puntualmente radiografía el estado de salud de Italia, describe la Italia de 2014 como el país del “capital pasivo”. Y no solo se refiere a los recursos económicos, sino también a los humanos. En el balance de la vida social italiana prevalece el signo menos: menos hijos, menos inscritos en la universidad, menos empresas, menos inversión, menos consumo, menos comida… A primera vista parece que nos hemos convertido en algo así como el hombre de la parábola evangélica que, al encontrarse con un solo talento, renuncia a negociar con él y, por la angustia de perderlo, lo entierra.

El escenario internacional no es en absoluto tranquilizador. Si con la caída de los muros el Occidente opulento llegó incluso a hablar de “fin de la historia”, cultivando la idea tenazmente recurrente del progreso ineluctable, hoy esa ilusión se ha derrumbado bajo el peso de una historia trágica que vuelve a proponer la terrible violencia del pasado, de hecho parece haber ideado formas nuevas. Con implacable actualidad y precisión, los medios informan en tiempo real y nosotros ni siquiera tenemos la posibilidad de asimilar unas noticias cuando ya otras nos abruman.

Sin embargo, Leopardi tiene razón. También este año todo hombre se encuentra lleno de una esperanza irreductible. ¿Qué la hace razonable?

El hombre del tercer milenio, inmerso en un esfuerzo que le debilita y le confunde, ante los asombrosos descubrimientos de la tecno-ciencia o interpelado por la necesidad de pensar en un nuevo orden mundial, ¿dónde puede encontrar la libertad y el sentido de vivir? ¿Dónde puede regenerarse, experimentando una liberación que sea realmente tal? ¿Y dónde puede encontrar un sentido, una buena razón para volver a empezar todas las mañanas, y un sendero por el que encaminarse?

La sabiduría de la Iglesia, madurada a lo largo de los siglos, nos invita a terminar cada año con un canto de alabanza a Dios: “Te Deum laudamus”. Para muchos podría sonar como una provocación. ¿Qué tipo de gratitud puede expresar quien, por una pobreza extrema, se ve obligado a ocupar una casa; o los sin techo, cada día más numerosos; o los desesperados, cada día  más marginados en la sociedad? ¿Sobre qué pueden apoyarse para dar gracias los que no tienen nada, los jóvenes desanimados y reducidos a la inercia del desempleo, los hombres y mujeres de mediana edad que se ven expulsados del circuito de producción? ¿Cómo pueden dar gracias los hijos obligados a enfrentarse al fracaso del matrimonio de sus padres, las muchas familias heridas por duras pruebas que a menudo tienen que afrontar en soledad, las víctimas que invocan a la justicia? ¿Y las víctimas, a causa de su fe, de horrendos y brutales asesinatos? ¿Por qué deben dar gracias los millones de refugiados, obligados a dejarlo todo?

No callemos la noticia por excelencia, aunque normalmente sea ignorada: el Salvador está entre nosotros. Con el Dios que se hace niño, lo eterno ha entrado en el tiempo y el tiempo ha cambiado de signo. Ya no nos lleva hacia la nada sino que nos introduce ya en la vida para siempre.

Nuestra existencia cotidiana toma un respiro: el amor de Cristo nos urge al don total de nosotros mismos y la participación en este amor es siempre posible para todos. La amistad cívica es un bien real. Es la gran condición para salir de la crisis. El rescate, como no se cansa de decirnos el Papa Francisco, solo puede tener como primer motor la libertad de cada uno de nosotros.

Un signo llena de esperanza: se percibe menos lamento y  más compromiso por parte de muchos. Como escribe san Pablo a los cristianos de Roma, “para los que aman a Dios todo coopera al bien”. Hace falta alguien que –cristianos, fieles de las diversas religiones, hombres y mujeres amantes de la justicia– se haga cargo del bien común en todas sus formas.

Publicado en Il Sole 24ore

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