La creatividad del Misterio

Sociedad · Alver Metalli
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11 mayo 2021
El maratón ha comenzado. El papa Francisco dio el pistoletazo de salida en la basílica de San Pedro el pasado 1 de mayo. Los cristianos de todo el planeta han empezado la carrera del Ave María por el fin de la pandemia que lleva más de un año sacudiendo el mundo entero y sembrando la tierra de luto y destrucción.

El sábado 8 de mayo le tocó al santuario de Luján, en Argentina, y luego al cubano de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre el día 20, para llegar al santuario de los santuarios, el de Guadalupe, en México, el 26.

Lentamente, los grandes santuarios de América Latina vuelven a poblarse. Por las cumbres de los Andes, por las inmensas llanuras de América del Sur, entre los intrincados bosques de América central, retornan las peregrinaciones –con las debidas distancias– hacia las Vírgenes aparecidas.

No puede decirse que la fantasía del Misterio no haya sido creativa para expresar el más íntimo de los dogmas católicos con decenas de modalidades distintas a lo largo y a lo ancho de todo el continente. Si la Virgen de los panameños sobrevivió al saqueo del pirata Morgan, la Purísima de Nicaragua llegó al país centroamericana oculta en la saca de un hermano de santa Teresa de Ávila. Por su parte, al sur del ismo de América central, la Virgen del Quinche protege a los indios de Ecuador de ser devorados por el oso famélico que invade su territorio, mientras a la famosísima virgen cubana del Cobre se une otra, llamada del Exilio, que antes de llegar a su destino final en tierra estadounidense, quién sabe por qué, hizo una parada en la embajada italiana en La Habana.

Qué decir de la patrona de Venezuela, que se presentó ante un indio tan asustado por la aparición divina que en respuesta se puso a dispararle flechas. Ella se esfumó dejando en manos de su desconcertado cazador un pequeño pergamino con su imagen, como si se tratara de una tarjeta de visita.

Las Vírgenes de los países andinos se elevan en santuarios de altura, rodeadas de peregrinos y cóndores. La Virgen colombiana de Chiquinquirá, pintada en un tapiz de algodón de factura indígena, se restauró sola tras ser abandonada a las inclemencias del tiempo. A sus pies se arrodillará el liberador de América en persona, Simón Bolívar, llevando su insignia en sus batallas por la independencia latinoamericana.

Las Vírgenes guerreras forjan la historia de las naciones del continente hispano, empezando por la boliviana, la llamada Urkupiña, impresa en los escapularios de soldados y comandantes en las campañas militares por la emancipación. La Virgen chilena del Carmen, importada desde España por los hermanos de san Agustín, tiene una tradición militar no menor que su homóloga boliviana, si tenemos en cuenta que san Martín en carne y hueso la honró con el título de patrona del Ejército de los Andes, mientras que Bernardo O’Higgins, otro honorable general de los ejércitos libertadores, la denominó patrona y generala de las Armas Chilenas en vísperas de la famosa batalla de Chacabuco, que fue decisiva para el destino de la incipiente nación.

Luego están las Vírgenes obstinadas, esas que eligen solas el lugar donde deben ser honradas, haciéndose las encontradizas en un punto muy concreto y resistiendo los intentos de desalojo, en algunos casos dispuestos incluso por las propias autoridades eclesiásticas. Para disuadir a quienes querían llevarla a otra parte, la pequeña imagen de la Virgen del Chapí, en Perú, llegó a ser tan testaruda que se hizo imposible retirarla del lugar donde se plantó. El milagro de su obstinación se difundió por toda la región, inspirando a los peregrinos, que desde entonces recorren largas distancias por territorios intransitables, diseminando a lo largo del camino piedras de varias dimensiones para ir aligerando simbólicamente el peso del pecado que los oprime.

Al sur de América Latina, en la pampa argentina, se cuenta que el carro que transportaba a la Virgen hacia su verdadero destino se quedó parado en un punto del camino y los bueyes se negaron a seguir avanzando hasta la meta establecida. Varias veces trasladada, siempre volvió al mismo sitio, cerca de la población argentina de Luján, que desde entonces se conoce como el lugar del milagro.

Más allá de la frontera argentina, en el vecino Paraguay, un indio corría desesperado para esconderse de sus perseguidores, de una tribu rival. Se ocultó tras un tronco caído y solo tuvo tiempo para prometer que lo tallaría con la imagen de la Virgen si pasara inadvertido ante sus perseguidores. Y así sucedió, el indio pudo regresar sobre sus pasos sano y salvo, y cumplió la promesa que había hecho.

La singularidad de la Virgen de Uruguay, más conocida como la de los Treinta y Tres, es la de no tener ninguna. De hecho, su popularidad no va unida a acontecimientos extraordinarios ni a señales que trasciendan el orden natural de las cosas. Solo la “fortuita” coincidencia de encontrarse en el momento justo –el acto solemne de la declaración de independencia– en el lugar adecuado, la granja elegida por los patriotas para celebrar su congreso sancionador.

Todas las Vírgenes dolorosas de América Latina, en su aspecto o en su nombre, participan de la condición sufriente de las poblaciones que se han dado la tarea de proteger, y precisamente por ello el pueblo más humilde las siente tan cercanas a su precaria situación en esta tierra.

El indígena, el poblador, el abandonado, son los privilegiados por estas manifestaciones de la Madre de Dios en tierra latinoamericana, ya sean campesinos, pescadores, obreros, o el famoso Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el indio de genealogía náhualtl, prototipo de todos los humillados del continente. El hecho portentoso de la patrona de Argentina fue presenciado por un esclavo afro-brasileño, mientras que la Virgen boliviana, de inconfundibles rasgos indígenas, fue tallada por un descendiente inca de familia muy pobre.

La famosa Aparecida del vecino Brasil fue “pescada” por tres humildes pescadores en el río Paraiba; nuestra Señora de Suyapa, patrona de Honduras, fue encontrada por un joven obrero muy pobre. Fiel a su regla, la Virgen de Caacupé también es obra de un indio de la estirpe guaraní, de origen muy pobre, igual que la boliviana.

Todas son Vírgenes madres, infinitamente maternales, que se comportan como auténticas madres, y como tal las siente el pueblo de las villas que las invoca. Todas, casi sin excepción, llevan en brazos al hijo de Dios y lo tienden tiernamente hacia el villero, expresando así la cercanía de un poder por fin ecuánime, redentor y capaz de verdadera justicia en este mundo y en el más allá.

L’Osservatore Romano

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