La alegría, no la institución

Editorial · Fernando de Haro
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8 enero 2023
Lo nuevo no había nacido pero Benedicto sabía dónde tenía la fuente: en la alegría. Lo que está por nacer es una nueva forma de testimonio que se tome muy en serio las circunstancias históricas.

Fue apenas un momento. Había amanecido el día cubierto con una niebla densa, como si el Tíber hubiese querido extender una cortina de discreción y de luto. Salió el sol para la despedida. Francisco quiso poner la mano sobre el ataúd de ciprés antes de que fuera enterrado en las grutas vaticanas. Se apartó de su bastón y lo posó sobre la madera. “Benedicto que tu gozo sea pleno” le había dicho minutos antes. En ese instante se condensó el final de lo antiguo y el principio de lo nuevo, lo que aún no ha terminado de nacer.

En los tres días de capilla ardiente los restos del Papa emérito habían ido menguando. Sus dedos se fueron haciendo más finos. Su cuerpo, casi un suspiro. La tierra ya le era leve. La asimetría entre la biología y la inmensidad del yo, de la vida, más abrumadora que nunca. Y se ha ido, y se han quedado los pájaros cantando en el bosque de encinas y pinos en el que vivió en los últimos diez años. Se han quedado los pájaros cantando. Y él en la Luz.

El final de lo antiguo y el inicio de lo que todavía no ha nacido, así se había definido él mismo. “Es necesario preguntarse qué, de lo que en un tiempo valía como algo esencialmente cristiano ha sido en realidad solo expresión de una época. ¿Qué es verdaderamente esencial?”, había señalado en una de sus últimas entrevistas antes de renunciar. “Debemos intentar decir lo verdaderamente esencial, pero decirlo con palabras nuevas”. Para Jürgen Habermas es importante que existan teólogos (cristianos) capaces de traducir el tesoro de la fe de tal modo que se convierta en palabra para un mundo secularizado (…) Aquel que viene se hace traducible de tal modo que se hace presente en el horizonte mental del mundo secular”, señalaba también en esa entrevista.

¿Qué es verdaderamente esencial? No es esencial la organización. “Pablo no entendía la Iglesia como institución, como organización, sino como organismo viviente (…) es importante comprender esto, no entender la Iglesia como un aparato que debe hacer muchas cosas, sino como organismo viviente que proviene de Cristo (…) los cambios espontáneos no nacen de una institución sino de una fe auténtica”-respondía-. Y antes: “en Occidente hay un florecer de iniciativas católicas (…) son iniciativas que no han surgido de una estructura, de una burocracia (…) La burocracia está consumada y cerrada. Son iniciativas que nacen de la alegría de los jóvenes. El cristianismo quizás asumirá un rostro nuevo, un aspecto cultural diferente”. Lo nuevo no había nacido pero Benedicto sabía dónde tenía la fuente: en la alegría.

Alegría fue la primera palabra de Francisco. En su viaje a Canadá señaló: “si cedemos a la mirada negativa y juzgamos de modo superficial, corremos el riesgo de transmitir un mensaje equivocado, como si detrás de la crítica a la secularización estuviera, por parte nuestra, la nostalgia de un mundo sacralizado, de una sociedad de otros tiempos en la que la Iglesia y sus ministros tenían más poder y relevancia social. Y esta es una perspectiva equivocada”. Para añadir que la secularización “nos pide que reflexionemos sobre los cambios de la sociedad, que han influido en el modo en el que las personas piensan y organizan la vida. Si nos detenemos en este aspecto, nos damos cuenta de que no es la fe la que está en crisis, sino ciertas formas y modos con los que la anunciamos. Por eso, la secularización es un desafío a nuestra imaginación pastoral, es la oportunidad para recomponer la vida espiritual en nuevas formas y también para nuevas maneras de existir”. En este contexto es necesario “un testimonio rebosante de amor”.

Lo que está por nacer es una nueva forma de testimonio que se tome muy en serio las circunstancias históricas. Y esto depende -señalaba Benedicto – de “que seamos verdaderamente capaces de presentar el mensaje de la fe nuevamente desde la perspectiva de Cristo que viene. A menudo este Cristo que viene se ha presentado con fórmulas verdaderas pero que son inertes (no tienen vida). No consiguen penetrar en el contexto de nuestra vida y, a menudo, no son comprensibles. También sucede que Aquel que viene está totalmente vaciado, falsificado porque se ha reducido a un topos moral que no significa nada”.

La niebla que se había abierto se volvió a cerrar tras el entierro, cubriendo lo que está naciendo. Y él se ha ido y los pájaros están cantando. Y él ahora en la Luz.

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