Instrucciones para salvarse de los esquemas

Mundo · Giuseppe Frangi
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1 marzo 2018
“Contra la cultura: la literatura por fortuna”. Así reza el título del último libro de Silvano Petrosino, un estudioso de la filosofía experto en hacer itinerarios (y lecciones) fascinantes. Si el título resulta intrigante, lo es aún más el contenido que desarrollan sus páginas. Sustancialmente, Petrosino opone el concepto de cultura al de literatura. O mejor dicho, la experiencia de la una a la experiencia de la otra.

“Contra la cultura: la literatura por fortuna”. Así reza el título del último libro de Silvano Petrosino, un estudioso de la filosofía experto en hacer itinerarios (y lecciones) fascinantes. Si el título resulta intrigante, lo es aún más el contenido que desarrollan sus páginas. Sustancialmente, Petrosino opone el concepto de cultura al de literatura. O mejor dicho, la experiencia de la una a la experiencia de la otra. Cultura es un proceso de sistematización que pone las cosas en su sitio, que traza cuadros de conjunto, que establece una escala de valores. Dice Petrosino que la cultura “gratifica y consuela” porque se mueve en el horizonte de lo “interesante”, recurriendo a veces a la retórica de las hipérboles sobre la belleza, sobre los valores artísticos, sobre la universalidad de las obras maestras. Hoy la cultura ha adoptado un aspecto noble que ya no incomoda porque se queda siempre en el ámbito de algo “ya sabido” (los principios no negociables, las obras maestras, la espiritualidad “superior”, los maestros del pensamiento, intocables por definición). Por eso la cultura se presta perfectamente a los mecanismos del consumo, tanto es así que ya se habla de manera generalizada de “bienes culturales”. La literatura, por el contrario, es una experiencia que se adentra en terrenos inexplorados, tiene una vocación a hacer que se tambalee el status quo y a causar inquietud. La literatura siempre está atravesada por un drama. “El saber que pone en movimiento la literatura”, afirma Roland Barthes, “nunca es ni absoluto ni definitivo. La literatura no dice que sabe algo, sino que sabe de algo”. No trabaja con certezas sino con indicios.

Se trata de una síntesis esquemática desde un cierto punto de vista, sin duda estimulante y original, que desenmascara esa retórica que hoy se da demasiado a menudo en torno a la idea de cultura. Sin embargo, hay un desarrollo de esta línea de pensamiento que resulta aún más interesante y actual. Es un pensamiento de Vladimir Nabokov, el escritor ruso autor de Lolita. Nabokov dice que la cultura puede transformarse en un ejercicio de conformismo, es decir, de búsqueda de autoconfirmaciones dentro de grupos de pertenencia preestablecidos. Frecuentando terrenos familiares, se gira en torno a conceptos compartidos a priori, se confronta entre semejantes con dialécticas ficticias que son pura apariencia. Esta tendencia no solo se refiere a la cultura sino también al modelo que el poder está poniendo en marcha para favorecer ciertas agregaciones. Naturalmente es un poder de fisonomía distinta de la que estamos acostumbrados a asignar a las entidades que presumen de esta palabra, tiene la forma fascinante y conquistadora de ese “intelecto general” que propone progreso e innovación, y que por tanto gusta y recoge un consenso general inevitablemente. Últimamente, siguiendo esta lógica del “intelecto general”, tanto Facebook como Instagram han modificado sus algoritmos para tranquilizar a sus usuarios, privilegiando las relaciones con sus comunidades de referencia. El resultado es que las redes sociales favorecen el atrincheramiento en comunidades homogéneas, dentro de horizontes donde ya no se confrontan con el que piensa diferente.

Pero luego, cuando inevitablemente en la vida real el que es diferente termina apareciendo, por ignorado, por no conocido, se le acaba viendo como un enemigo. Y los resultados sociales de este tipo de dinámicas por desgracia están actualmente al orden del día.

Bien pensado, este es el último paso de ese conformismo evocado por Nabokov como riesgo para la cultura. Por eso Petrosino tiene razón. Hoy necesitamos literatura, esa energía (una “gracia” como diría Derrida) desbordante que se abre a lo diferente y a lo nuevo, que moviliza un saber inquieto y humanamente fascinante.

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