Independentistas catalanes: Europa como pretexto

España · José Rosiñol Lorenzo
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18 junio 2014
Europa sufre el azote de los identitarismos, una epidemia etnocentrista que une ansiedad y miedo, ansiedad de quien ve cómo se han desmoronado los marcos culturales e ideológicos sobre los que se basaba la confianza en un econosistema mucho más frágil (y mucho más inhumano) de lo que muchos estaban dispuestos a reconocer, y miedo por conservar lo propio, por mantener la ficción de lo que se creía permanente, por tener que reforzar referentes cercanos, por creer que lo próximo es más real, más palpable que un discurso generalista, ampliado, lejano.

Europa sufre el azote de los identitarismos, una epidemia etnocentrista que une ansiedad y miedo, ansiedad de quien ve cómo se han desmoronado los marcos culturales e ideológicos sobre los que se basaba la confianza en un econosistema mucho más frágil (y mucho más inhumano) de lo que muchos estaban dispuestos a reconocer, y miedo por conservar lo propio, por mantener la ficción de lo que se creía permanente, por tener que reforzar referentes cercanos, por creer que lo próximo es más real, más palpable que un discurso generalista, ampliado, lejano.

Porque eso es precisamente lo que en estas elecciones se ha transmitido a la población, la lejanía hacia Europa, la obsesión por “nacionalizar” una campaña que debería ser europea, por centrar el discurso en lo local e, incluso, en lo provinciano, hace que con cada elección al Parlamento europeo perdamos una oportunidad (más) para construir el sueño de crear una auténtico sentimiento de ciudadanía europea que interiorice en cada uno de nosotros la máxima de “unión en la diversidad”.

Pero no solo eso, es aún peor, esa indiferencia hacia el proyecto europeo da pábulo a los que preconizan las maldades de la Unión Europea, a quienes personalizan en el “otro” en una desdibujada y amenazante alteridad, paradójicamente los “otros europeos”, sus propias contradicciones, desatando miedos atávicos hacia ese meta-relato llamado Europa, reforzando narraciones esencialistas, enarbolando discursos populistas que azuzan los narcisismos de las pequeñas diferencias, pequeñas diferencias que, gracias a la homogeneización cultural derivada de la globalización, son fácilmente manipulables siendo utilizadas como caldo de cultivo para las más espurias opciones políticas.

Esta ola de populismo que barre el continente europeo tiene diversas caras, pero hay algo que les une a todos ellos, y es la propalación de un falso sentimiento de pertenencia, ya sea este tribal, social o identitario, cada uno con su discurso restringido, con su banderín de enganche en forma de soflama nacionalista o de sentimiento de clase, todo ello trufado de una más que preocupante tolerancia hacia una creencia nada democrática que concibe como razonable (e incluso deseable) la graduación de los derechos en función de adscripciones culturales, nacionales o sociales.

Si nos fijamos, los movimientos de extrema derecha populistas, los partidos xenófobos y los nacionalismos esencialistas tienen en común una obsesión por representar al “pueblo”, a su pueblo, uniformizado o simplemente silenciado, por reforzar la voluntad política y el voluntarismo ideológico con un enemigo, esa alteridad de la que hablaba más arriba, alguien al que achacar todos los males de un tiempo en el que, más que nunca, parece que todo lo sólido se desvanece en el aire, por ello, ante esta presión sobre la democracia, sobre los auténticos derechos de los ciudadanos, sobre la sagrada esfera privada del individuo, tenemos la responsabilidad de mejorar la cultura democrática, tenemos que modernizar las instituciones, tenemos que acercar la política a las personas.

No quiero acabar este artículo sin mencionar el torticero planteamiento que los partidarios de la secesión en Cataluña, aquellos que a pesar de saber que nos apearían de la Unión Europea, la retorcida instrumentalización que han hecho de estas elecciones al Parlamente europeo, durante toda la campaña CiU, ERC e ICV han reclamado el voto masivo para legitimar su llamado “proceso independentista”, han pretendido hacer creer a la población que algo tan importante como Europa es secundario ante sus planes esencialistas de ruptura y sumisión de la diferencia.

De hecho, el “gran éxito” de participación en estas elecciones, ese exiguo 47,63% (un 45,84% a nivel nacional), sirve al presidente de (algunos) catalanes, Artur Mas, para exclamar que las fuerzas partidarias del referéndum de autodeterminación son claramente mayoritarias y que “el proceso” es “la voluntad del pueblo catalán”.

Quiero resaltar algo que considero que es más que relevante, la indiferencia hacia Europa, hacia las instituciones democráticas y la desafección política que desamina a los ciudadanos a participar en las elecciones, son el caldo de cultivo sobre el que se hipertrofia la auténtica representatividad social de populismos de todo pelo…

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