Incomparable Teresa

Mundo · José Luis Restán
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15 mayo 2012
Apenas faltan tres años para lacelebración del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, pero laverdad es que cualquier tiempo es bueno para hablar de ella, porque en sufigura se muestra con elocuencia la perenne actualidad de los santos. Podríamosdecir con palabras más del gusto del siglo, su testaruda modernidad. 

Semanas atrás han comenzado las celebracionesde los 450 años del convento de San José, la primera fundación del Carmeloreformado que fue toda una aventura humana y divina. Recorrer las crónicas deaquella fundación ayuda mucho a relativizar la situación de nuestro mundoactual y de la Iglesia, que a veces tanto nos aflige. Cuánto hubo de bregarTeresa para ver en pie aquella primera comunidad que debía recobrar la límpidaregla del Carmelo, tal como su Señor se lo había ido dejando ver a través de uncombate en el que podría decirse que hubo de tomar palmo a palmo el alma deaquella brava mujer.

He recorrido muchas veces elcorto espacio que separa el monasterio de la Encarnación, extramuros de laciudad, del recoleto convento de San José en el corazón de Ávila. Resulta fácily hasta encantador ese breve paseo, nada comparable a las resistencias queTeresa hubo de vencer, eso sí, con la ayuda casi materialmente palpable de lagracia de Dios. Impresiona pensar en el murmullo incesante de calles y mercadossobre la inquieta monja reformadora. Palabras como puñales, maledicencias,acusaciones de falta de humildad y pretensiones de grandeza mundana. Miserias delpueblo llano y cómo no, miserias de los sensatos y de los sabios, que señalabanya los peligros de esa mujer fantasiosa, quizás presa del Enemigo. Miserias eincomprensiones también de los más cercanos, de sus hermanas del Carmelo;recelos y distancia de alguna de sus amigas más queridas que en el momentoculminante le espetó: "en esto Teresa, no te seguiré". Debió significar undolor inmenso para ella, pero como dice el salmo, "el Señor lo que quiere lohace", a despecho de cualquier resistencia.

Cuando se funda San José, Teresaya estaba en sazón. A sus 47 años había recorrido ya muchas estancias de sucastillo interior, había luchado como Jacob con el ángel, se había levantadopara volver a caer, había sufrido las mercedes inesperadas de su Señor, el espectáculode su preferencia descarnada que la convertía en objeto de cuchicheos sin fin…Había revuelto Roma con Santiago buscando el juicio certero de la Iglesia sobrelo que sucedía en su alma y sobre la misión que se delineaba ya con ímpetu ensu cabeza y en su corazón. Por eso buscaba sus confesores entre los teólogosmás que entre los fervorosos, pues quería medirse indómitamente con laobjetividad de la Iglesia, cuya forma histórica tantas veces hubo de irritarle. 

El Dios de Jesucristo no nossalva a pesar de nuestra humanidad sino a través de nuestra humanidad. Es algoque descubrió casi físicamente Teresa, cuyo camino espiritual estuvo marcadopor el apego a la humanidad de aquel "Cristo muy llagado" que le conmovióprofundamente. Mujer de luces y afectos, de palabra embriagadora y gestodecidido, de apegos intensos pero de libertad todavía mayor. En toda suaventura se palpa y se huele la correspondencia entre el deseo arrollador delcorazón humano y la respuesta de Cristo presente. Ella anticipa a través de sucamino místico singular los grandes temas de la relación entre cristianismo ymodernidad: cómo la razón, la libertad, la exigencia de justicia y de felicidadsólo encuentran su rescate, su sostén y su plenitud en el Dios hecho carne, dramáticamentepresente en la historia de los hombres.

En su vida se despliega elrealismo concreto de la fe que permite valorar todo en la perspectiva del grandesignio, de la gran construcción del amor de Dios. Es una fe que hace másintensa y libre la amistad (Teresa la vivió de tantas formas), que afirma elvalor irrepetible de cada persona singular dentro de la pertenencia a lacomunidad, que permite afrontar el sufrimiento y la enfermedad, que dispone atratar con los poderosos y con los pobres, que nos hace sobrios en el éxito yesperanzados en la derrota.

Así pudo realizar una verdaderarenovación tal como la explica tantas veces Benedicto XVI. Y junto a unaconstelación de grandes santos reformadores en España, ayudó a abrir de nuevouna Iglesia satisfecha de sí misma, acomodada y autosuficiente, al reclamoexigente de su Señor. Pero jamás lo intentó hacer desde la protesta o larebeldía, sino desde una obediencia radical, desde la alegría profunda de lafe.

Hay una última estampa que deseoevocar. Se desarrolla en Sevilla, lugar que resultó especialmente duro para suobra en los primeros tiempos. Había sido acusada ante el tribunal de laInquisición y arreciaba la antipatía de un sector del populacho. Teresa sienteun profundo cansancio, su cuerpo está ya maltrecho y su reforma sigue en lapicota, cada nueva fundación es una batalla sorda y a veces rodeada detumultos. En la calle, acompañada por algunas de sus monjas, se cruza con unaprocesión encabezada por el arzobispo. Teresa se inclina para recibir labendición y entonces sucede lo inesperado: el prelado le ordena levantarse, searrodilla ante el estupor de todos y pide a la Madre que le bendiga. Añosdespués, en Alba de Tormes, sus últimas palabras serán como una proclamación deserena certeza después de tantas tempestades: al fin muero, hija de la Iglesia. 

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