I can´t get satisfaction

Editorial · Fernando de Haro
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5 junio 2022
Nos sorprende la crisis alimentaria por la falta de trigo. Su origen no está solo en la guerra en Ucrania, también es importante el funcionamiento del mercado mundial de cereales: un mercado de futuros (en el que es fácil especular) con sede en Chicago.

Y aunque nos sorprendamos tiene su lógica: tiene mucho que ver con nuestra forma de entendernos y de entender la economía. Nos sorprende que la revolución digital haya creado grandes monopolios. Nos sorprende la nostalgia de un Estado fuerte, de un hombre fuerte. Y todo tiene su lógica. Es la consecuencia de entender el mundo, es decir a los hombres, como víctimas de un envenenamiento definitivo, de una corrupción heredada genéticamente y aumentada por la maldad de los tiempos, por las nuevas y viejas ideologías. Es la consecuencia de atribuirle al poder una capacidad ilimitada de sacar al hombre de su centro.

Los clérigos, los intelectuales y los moralistas se han convertido en profetas de una calamidad insuperable. Es una forma de pereza, una forma de defenderse para no tener que estar atento, para no mirar, para no buscar, para dar la cuestión por zanjada: no hay centro que resista al descentramiento. Tan profundo es el envenenamiento que todas las aspiraciones, también el anhelo de justicia, están distorsionadas. No hay que fiarse de esas aspiraciones porque llevan a la desmesura, no hay que fiarse del anhelo de justicia porque inmediatamente se pudre. Es lo que predican los clérigos, los intelectuales y los moralistas. Menos mal que los Rolling Stone siguen cantando I can´t get satisfaction (No puedo alcanzar satisfacción). El centro resiste en ese malestar.

Hay una diferencia esencial entre estar herido y estar corrompido. La herida escuece, duele, es demanda (y signo mudo) de una posible curación. El hombre herido espera una solución y si no lo espera, cuando aparece el remedio lo reconoce. Pero dicen los intelectuales que el poder ha tenido un éxito absoluto: en la noche de la impotencia y del sufrimiento ya no es posible reconocer la luz que proviene del malestar. El malestar señala que el centro está vivo. Cuando todo parece nada, se abre paso, a través del hastío, el ansia de alguna forma de satisfacción. Pero los clérigos, los intelectuales y los moralistas sostienen que eso no cuenta. El impulso está envenado, dicen, y la prueba es que tanto anhelo genera grandes errores: falta de atención, confusión sexual, identidades conflictivas, rechazo de la herencia moral… la lista es larga. No parecen darse cuenta de que todo ese movimiento desmiente que la corrupción sea absoluta. Todo ese movimiento lleno de errores, algunos con consecuencias muy dolorosas, es la confirmación de que el centro es indisoluble.

Estamos heridos, pero no desintegrados. Buscamos muchas veces a ciegas, pero hay algo en nosotros y en los demás que resiste, algo extraño, algo misterioso.

Cuando se habla tanto de la debilidad de la condición humana y de la maldad de los tiempos no queda más remedio que promover un Estado fuerte. La idea de que el veneno es universal siembra dudas sobre la aportación que pueden hacer las personas y los grupos de personas al desarrollo social, a la lucha por la justicia. Se minusvaloran los cambios numéricamente poco relevantes pero esclarecedores. Se minusvaloran porque se piensa que la oscuridad universal no puede disiparse con pequeñas luces con nombres y apellidos. Hay que ser más, crecer como sea.

Si se considera que el deterioro es irreversible no queda más remedio, para poner orden, que apoyar un Estado fuerte (algo imposible después de la globalización) o una buena organización en la que la obediencia esté alimentada por el temor a la disgregación. Ya se sabe que cuando se predica mucho sobre la corrupción humana siempre aparece un príncipe alemán para resolver la situación. Un príncipe alemán, un clérigo, un intelectual o un moralista.

Cuando se piensa que no hay impulso ni centro en el hombre que no se haya descentrado, se concluye que todos sus actos son egoístas. Y se vive como si el verdadero motor de la historia fuera el interés particular. Luego, para fomentar cierto tipo de progreso se alaba ese egoísmo y se nos dice que una mano invisible en forma de mercado transforma el mal en bien. La suma de egoísmos individuales es igual a la riqueza general. Pero la ecuación no cuadra. Falta trigo. Absolutización del Estado y del mercado tienen la misma raíz: la corrupción de la naturaleza humana como dogma. Por eso vuelven los autócratas, vuelven los monopolios.

A los profetas de la calamidad les vendría bien abandonar por un momento su salmodia de lamentos, la pereza que les exime de cualquier curiosidad y seguir con atención la gira de los Rolling por Europa (¿la última?). I can´t get satisfaction. Luminosa insatisfacción.

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