Historias urbanas (II)

Mundo · Ángel Satué
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28 julio 2018
Parece que el hospital a las horas del mediodía se para y enmudece. Es como un gran trasatlántico, sigue navegando, pero más lento a medida que se acerca a la costa. Los pasajeros en sus camarotes. Los pacientes en sus habitaciones. La tripulación en la sala de máquinas, en la sala de mandos, en el puente, sobre cubierta. La plantilla de enfermeros en sus puestos, los médicos rotando.

Parece que el hospital a las horas del mediodía se para y enmudece. Es como un gran trasatlántico, sigue navegando, pero más lento a medida que se acerca a la costa. Los pasajeros en sus camarotes. Los pacientes en sus habitaciones. La tripulación en la sala de máquinas, en la sala de mandos, en el puente, sobre cubierta. La plantilla de enfermeros en sus puestos, los médicos rotando.

Cuando a Julián le llama un compañero para ir a comer, antes le pide que le acompañe. Ayer fue a visitar a una paciente ingresada, algo grave, y un amigo le ha pedido que le eche un vistazo. Poco más, porque Julián es anestesista y poco sabe ya de otras historias. Pero Julián acepta y le acompaña, muerto de hambre.

Según subía el día anterior a la habitación de esta paciente, con su bata blanca, se sabía receptor de las miradas de las decenas de ojos somnolientos que pueblan las esperas, de las orejas que hacen corros en torno a las máquinas expendedoras ya de todo, antes de café.

Hoy pasa de nuevo, pero cuando van dos médicos, además, esos ojos y orejas se abren a su paso, como si dos fuera una combinación impetuosa, como si avanzar acompañado por los pasillos diera un aire marcial a la marcha.

Julián no sabe qué pensará su colega, Pere, que le acompaña antes de irse juntos a llenar el estómago, porque comer es otra cosa, es disfrutar del tiempo, de la amistad, de la conversación. Difícil a una hora de operar.

Cuando entran en la habitación ella les recibe sonriendo. Está grave. Los términos médicos desaparecen cuando ella sonríe. Pere se queda estupefacto. Mira a Julián, que arquea la ceja derecha, como diciendo “ya ves macho, está jodida y sonríe”. Pere se pregunta por qué sonríe esta paciente, cuando debiera estar sollozando, mustia, triste. Todo lo contrario. Julián apenas ha intercambiado unas palabras ayer y hoy, pero ella se siente acompañada por una mano invisible que no, no es la del mercado, esa no existe, es la mano invisible que envía amigos de amigos a acompañarla. Pere está incómodo. Se interroga. Ahora no entiende por qué Julián lleva dos días yendo a esta habitación. Este Julián mira que se complica la vida. Y menos aún, no comprende si debe estar ahí, siendo médico, pero como hombre, ¿dónde va a estar mejor que acompañando a su amigo y colega, que acompaña a una completa desconocida?

El pasillo se vuelve a llenar. Se les ha pasado la hora de la comida. Han hablado demasiado. Pere piensa que ella no está derrotada, sino que es expresión de una vida de categoría que sí merece la pena. Nunca mejor dicho Pere, la pena, se dice él mismo. El derrotado en el día de hoy cae en la cuenta de que hubiera sido él. Pero esta sonrisa de esta muchacha le ha rescatado de unos pasillos bañados en luz artificial, de ojos somnolientos y de olor a limpio. Todo gracias a Julián, que pudo decir no.

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