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Google Glass y Whatsapp matan a Pico

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23 febrero 2014
El sábado pasado fue un día de angustia. El servicio de mensajes móviles que hace furor estuvo inactivo durante dos horas. Para sus más de 450 millones de usuarios de todo el mundo el fallo de Whatsapp constituyó una auténtica catástrofe. El amor, la política, el negocio y todo tipo de comentarios pasan para muchos por esta aplicación creada por el ucraniano Jan Kou. Ha vivido en la indigencia y ahora es multimillonario.

El sábado pasado fue un día de angustia. El servicio de mensajes móviles que hace furor estuvo inactivo durante dos horas. Para sus más de 450 millones de usuarios de todo el mundo el fallo de Whatsapp constituyó una auténtica catástrofe. El amor, la política, el negocio y todo tipo de comentarios pasan para muchos por esta aplicación creada por el ucraniano Jan Kou. Ha vivido en la indigencia y ahora es multimillonario.

Su compañía, con solo 40 empleados, era la más cortejada del mundo tecnológico hasta la semana pasada. El error en su servicio ha sido más notorio porque acababa de ser adquirida por Facebook. La empresa de Zuckerberg ha pagado 4.000 millones de dólares en efectivo y 12.000 millones en acciones por ella. Una auténtica locura que algunos ven difícil rentabilizar.

La batalla entre Facebook y Google está en lo más álgido. Para ganarla se pagan cifras que recuerdan la época de la burbuja de las punto com a principio de siglo. Google había intentado antes la adquisición de Whatsapp sin conseguirlo y su gran apuesta ahora son las Google Glass y el internet de las cosas, por eso se ha hecho con Net.

Con esta lucha, en la que se utiliza la más sofisticada tecnología y cifras astronómicas de dinero, se quiere dominar un mercado que ofrece servicios para la vida cotidiana, herramientas que sirven para mejorar actividades muy elementales. En eso consiste su fuerza. El nombre de la aplicación Whatsapp es una simplificación de la expresión coloquial inglesa What`s up? (¿qué pasa?, ¿qué está ocurriendo?). Su uso, febril en muchos casos, atiende a esa necesidad de estar en permanente diálogo que tanto dice de nosotros desde que salimos del Rift Valley como Homo Sapiens Sapiens. Diálogo y urgencia de ser vistos. Por la aplicación corren en todo el mundo millones de fotos, especialmente selfis (autorretratos). Cada una de ellas es un grito, una petición de ser mirado. Ser mirado (abrazado) y mirar. ¿Hay algo que nos distinga más? Las gafas de Google que hacen furor tienen como gran virtud proporcionar lo que se denomina “realidad aumentada”. Al ojo se le ensancha la mirada, proporcionándole acceso a datos e información que están en lo que se ve pero que no se perciben a simple vista.

Quizás la tecnología, mejorando el diálogo y la capacidad de mirar, nos estén devolviendo algo que nos quitó Pico de Mirandola cuando escribió en 1492 su Oración por la dignidad humana. En aquel texto, con el que se inició una de las formas de ser moderno, se aseguraba que la dignidad humana no reside en lo que se recibe sino en lo que se hace. Lo que cuenta a partir de ese momento es ser autor. Pierde importancia la pasiva: ser escuchado, mirar para ver lo dado. Desde ese optimismo renacentista es fácil seguir la pista que conduce a esa ideología sin apellido que nos domina a todos. Una forma de sentir y de pensar que se expresa en un resentimiento no confesado al mundo tal y como se nos ofrece, a los datos que no controlamos. Somos lo que hemos conseguido hacer de nosotros y del mundo, lo que cuenta es lo que hemos podido controlar y construir. Todo cabe en nuestros esquemas. Todo tiene una “explicación adecuada” en el sistema que hemos puesto en pie. Y así el diálogo se convierte en monólogo, la realidad se reduce a una estructura binaria, el mal siempre tiene origen político, las cosas no sorprenden, lo imprevisto es imposible e indeseable, el otro una amenaza o algo prescindible. En este universo nunca sucede nada. La ideología ha hecho creer que para que ocurra algo tiene que haber un motivo adecuado y ese motivo siempre tiene la hechura de lo que ya había sido programado de antemano.

Y hete aquí que la tecnología parece venir a derrotar a la ideología, al menos en el terreno de la metáfora. Los que critican la dependencia excesiva de las pantallas están demasiado preocupados por la moral. No saben ver la sed que corre como un río por debajo de los nuevos hábitos y que nos dice más del hombre que muchos discursos sobre los valores. Multitudes se abalanzan a por el icono verde de Whatsapp en su móvil. En la mayoría de los casos no teclean ningún mensaje práctico, quieren hablar con otro, buscan un mundo distinto al propio para sentirse escuchados y valorados. Sucede incluso cuando ese diálogo es banal. Estamos hechos así. Hasta cuando estamos solos nuestro pensamiento tiene la forma de una conversación. Llevamos inscritos en nuestra mente y en el modo de pronunciar nuestro nombre la gramática de la relación.

Esa gramática es también la que hace posible el éxito de la “realidad aumentada”. Mirar y ver en lo que siempre vemos algo diferente, nuevo, es una de nuestras aspiraciones más profundas. Las cosas, y lo que hay detrás de ellas, nos siguen interesando. Precisamente porque son diferentes, porque no las hemos hecho nosotros. Buscamos que nuestras aplicaciones nos ayuden a recuperar un mundo que nos ponga en movimiento. Por mucho que le pese a Mirandola y a todos sus seguidores.

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