Gestos que son más que palabras

Mundo · Fernando de Haro, Ben du Zhuang
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9 marzo 2018
Seguimos en Hebei. Anoche, después de que allanaran la puerta del apartamento, me acosté con la decisión de parar. De acuerdo. El Gran Hermano me ha derrotado. Ha conseguido su propósito. Llevo más de una semana en China y el cerco se ha hecho más fuerte. Allí donde voy, llevo la amenaza, el miedo. ¿Qué sentido tiene continuar? Después de un confinamiento, un arresto y un allanamiento de morada, hay que saber dónde está el límite. Sobre todo por lo que voy sembrando. Pero el día ha amanecido despejado, ha desaparecido la neblina que llena el corazón de frío. Y cambio de opinión. Les había dicho a Jessica y a Ignacio que íbamos a dedicar la jornada a grabar mercados y tráfico. Les informo del cambio de planes. Nos vamos a buscar a Ben Du Zhuang, un pueblo de católicos y, después, a Zhaoxian, una ciudad de la provincia de Hebei donde unas hermanas abrieron el primer orfanato tras la apertura de Deng Xiaoping.

Seguimos en Hebei. Anoche, después de que allanaran la puerta del apartamento, me acosté con la decisión de parar. De acuerdo. El Gran Hermano me ha derrotado. Ha conseguido su propósito. Llevo más de una semana en China y el cerco se ha hecho más fuerte. Allí donde voy, llevo la amenaza, el miedo. ¿Qué sentido tiene continuar? Después de un confinamiento, un arresto y un allanamiento de morada, hay que saber dónde está el límite. Sobre todo por lo que voy sembrando. Pero el día ha amanecido despejado, ha desaparecido la neblina que llena el corazón de frío. Y cambio de opinión. Les había dicho a Jessica y a Ignacio que íbamos a dedicar la jornada a grabar mercados y tráfico. Les informo del cambio de planes. Nos vamos a buscar a Ben Du Zhuang, un pueblo de católicos y, después, a Zhaoxian, una ciudad de la provincia de Hebei donde unas hermanas abrieron el primer orfanato tras la apertura de Deng Xiaoping.

El taxista se confunde y nos deja lejos de la entrada de Ben Du Zhuang. Caminamos con el equipo a cuestas durante un par de kilómetros. Nos sigue el coche de lunas tintadas de rigor. En la entrada al pueblo hay un par de vigilantes uniformados. Segundos antes de que los alcancemos aparece un motocarro, su conductor les da instrucciones. Le dicen a Jessica que no se puede pasar al pueblo y Jessica pone el grito en el cielo asegurando que ella es católica y que va a rezar a la iglesia. Los dejo discutiendo y me voy con Ignacio a grabar. Un grupo de hombres juega al dominó chino en un gran tablero de madera. Caras curtidas, gente de campo. Ríen y disfrutan de la partida. Jessica se nos ha unido ya. Le pido que les pregunte si son católicos y cuando van a responderme se acerca uno de los vigilantes y les grita: “nadie puede hablar”. Cambia el rostro de los jugadores. Ahora se muestran serios. Le pido a Ignacio la cámara pequeña y empiezo a grabar descaradamente a los vigilantes. Eso les mantiene un rato alejados. Pero luego se acerca uno de ellos y me señala con el dedo. Le contesto en español, enseñándole mi visado de periodista y diciéndole que no puede amenazarme. Se retira unos metros. Mientras sigo grabando le pido a Jessica que intente otra entrevista en el pequeño colmado que tenemos al lado. Lo hace y aparece otro matón para amenazar a la dependienta. Nos internamos en el pueblo. Un grupo nos sigue de lejos. Conseguimos hablar con una familia que está arreglando su casa. La mujer nos cuenta que como católicos tienen algunas dificultades que no pueden explicar. Y después de una conversación de minutos aparece un matón en bicicleta. La cara de la mujer se transforma.

Se han acabado las entrevistas. Los niños juegan en la plaza. Un electricista itinerante arregla una báscula a una vecina. Los hombres de la partida se han duplicado. Los matones y los vigilantes se quedan tranquilos cuando nos marchamos.

Rumbo a Zhaoxian. Sabemos lo que nos vamos a encontrar. El taxista se pierde. Tardamos en llegar. El orfanato es grande, se levantó a las afueras del pueblo. Un orfanato en un país donde los abortos selectivos, para eliminar a las niñas que van a nacer, son muy frecuentes. Ya estamos a la puerta de otra verja. La hermana que sale a saludarnos y a darnos explicaciones es encantadora. La superiora no está y no volverá hasta la semana que viene. La semana que viene podrá hablar, esta no. Le pido a Ignacio que encienda la cámara, y lo que las hermanas no pueden decir lo digo yo: “a las hermanas del orfanato de Zhaoxian no las dejan hablar con nosotros. No importa, ellas ya han hecho el discurso más elocuente que se pueda hacer, llevan hablando desde hace años, su caridad es la palabra más clara que ningún periodista del mundo podrá decir nunca”. Así hablan los cristianos del silencio, con elocuencia. Miro a los policías que nos acompañan y, después de haber escuchado a las hermanas de Zhaoxian, pienso que tienen nombre y familia. También ellos, como yo, están necesitados de las palabras elocuentes de estos cristianos del silencio.

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