Gadafi contra los libios

Mundo · Pablo Hispán
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22 febrero 2011
De un modo imprevisto, sin que ningún analista o cualificado servicio de inteligencia lo anticipase, estamos asistiendo a un estallido social sin precedentes, que está convulsionando a todos y cada uno de los países del Magreb y Oriente Medio y, por lo pronto, ha puesto fin a los hasta hace unas pocas semanas aparentemente firmes y estables regímenes de Mubarak en Egipto y Ben Alí en Túnez.

Desde Marruecos hasta Irán todos los gobiernos están teniendo que hacer frente a una imparable contestación interna de unas sociedades hartas de la autocracia y corrupción de sus elites y frente a las que se han levantado con el único deseo de poder decidir libremente su futuro. La rápida y precipitada salida de Ben Alí sirvió para constatar la vulnerabilidad de estos regímenes y alentar nuevas protestas. Aunque Mubarak trató de resistir el pulso de los manifestantes con diversas estrategias, la combinación entre la presión internacional y un ejército no dispuesto a provocar una masacre llevó al exilio al dictador egipcio.

Los Gadafi han aprendido la lección de lo ocurrido en Túnez y Egipto y el heredero, Saif Al Islam acabó con cualquier espejismo de una solución incruenta a las protestas al afirmar que estaba dispuesto a llegar a la guerra civil. El propio Muamar el Gadafi ha declarado también que no está dispuesto a huir y que luchará "hasta la última gota de su sangre". Hasta ahora la sangre derramada en Libia ha sido la de los cientos de opositores a Gadafi que han sido masacrados, incluso desde el aire, por los leales al dictador. Mientras esto ocurre en casi una decena de ciudades libias incluida la capital, en el seno del régimen se han producido dimisiones y es una incógnita si Gadafi mantiene el control absoluto del ejército o si, por el contrario, este se está fraccionando y el país se encamina hacia un conflicto civil de trágicas dimensiones.

Libia es un país poco articulado socialmente, con una gran dependencia tribal y con una zona oriental en torno a Bengasi en la que el islamismo radical influenciado por los Hermanos Musulmanes egipcios tiene gran pujanza. Gadafi, que lleva en el poder desde el golpe de estado que dio junto a un grupo de oficiales en 1969, estaba desde hace unos años tratando de articular una reforma que permitiese dar continuidad a su régimen -Jamahiriya- un sistema opaco basado en pocas estructuras formales de toma de decisión y en recompensar las lealtades personales de la elite del régimen. Dentro de esta política de búsqueda de bases más firmes para su régimen de cara a su sucesión, recuperó en 2006 las relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Las protestas han venido en el momento más delicado para cualquier dictadura, cuando intentar cambiar, han provocado que se levante el velo que existía sobre la realidad del país y, aunque el dictador y su hijo no han dudado en sacar el manual de la agresión externa "sionista", "turcos", "corruptores de jóvenes", "Al Qaeda" y "Estados Unidos", la realidad es que se enfrenta a un levantamiento social semejante a los de Egipto o Túnez. Ahora que la comunidad internacional es consciente de que el dictador libio está dispuesto a llevar a cabo todo tipo de violaciones a los derechos de sus conciudadanos con tal de mantenerse en el poder, se comienza a plantear la necesidad de llevar a cabo acciones contundentes de presión. Merkel ha planteado ya la posibilidad de sanciones. En cualquier caso es un nuevo régimen que se está desmoronando y de nuevo se plantean dos incógnitas; cual será el siguiente y en qué dirección final se encaminan todas estas revoluciones. No sé si se puede decir que es el 1989 del mundo musulmán, pero ojalá que así sea porque nosotros lo estamos contemplando desde la orilla de enfrente.

Pablo Hispán es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Ceu-San Pablo

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