España, a 12 de octubre de 2014.

España · Ángel Satué
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11 octubre 2014
España, a 12 de octubre de 2014, se enfrenta a tres graves desafíos. Crisis del sistema institucional y social (económico-financiero-industrial-político-religioso-militar), crisis de soberanía, y crisis sanitaria. Los analizaré estas próximas semanas divagando sobre las tarjetas de cajamadrid, la secesión de Cataluña y el ébola (y lo que vaya saliendo), tras una introducción.

Todo creo que se puede reducir a una crisis de identidad, propia de la adolescencia en que los españoles vivimos, incluidas sus instituciones. Somos nuevos ricos, nuevos demócratas y nuevos ciudadanos, olvidando que antes somos personas, que viven entre personas, y dependen de otros hasta para nacer.

Comprobamos que las decisiones que tomamos tienen consecuencias. Y las que toman por nosotros, mucho más. Estamos viendo que no todo tiene solución científica o técnica, pero ya ni pensamos en la vida más allá de esta, pues todo es preservativo, aborto, y donde la meto o por donde me meten. Nuestro mundo de certezas, certidumbres y verdades se desmorona con cada noticia que aparece a velocidad de vértigo, pero nos encanta estar conectados sin mirar el azul del cielo o los ojos de nuestra mujer. La vida, cuando se vive con miedo, es menos vida. La vida sin significado, sin relaciones personales, sin hijos, sin estabilidad emocional, es menos bonita. Tenemos una capacidad innata para desearlo todo, y tenemos una limitación física más que evidente para tenerlo todo, entenderlo todo y vivirlo todo, pero actuamos como si no fuera así. Diría que como dioses, o mini dioses-mortales. Ni siquiera héroes inmortales de gestas imposibles.

Podríamos decir que la sociedad española se ha ido banalizando, o mejor dicho, nos hemos ido haciendo caprichosos. No es ni siquiera la banalización del mal, acaso la del mal menor. Los españoles somos unos niños caprichosos, y es propio de esta edad buscar en los padres o tutores, todo. Y todo, es Todo. Nosotros los españoles, franquistas de izquierdas de toda la vida, para eso tenemos el estado.

Al confiarlo todo a una carta, el estado, perdemos parte de nuestra libertad, y al perder parte de nuestra libertad, perdemos parte de nuestra responsabilidad, y al perder parte de esta, nos volvemos niños caprichosos. Pero  el estado somos todos, porque lo forman personas en cargos, y estas personas esperan que los demás esperemos que les corresponde a ellos actuar para lo bueno, y para lo malo, todos los días de nuestra vida, hasta que la muerte nos separe. Del estado, que como he dicho está formado por personas, solo cabe esperar que se relacione con otros intereses, grupos de intereses u otras organizaciones que verán en el control por aquel del 50% del PIB un suculento incentivo para estrechar relaciones, personales, muy personales y hasta de francachelas y conflictos de interés. Así funcionamos, porque así somos.

Deístas del estado somos, y consumidores del momento. Además, todos buscamos el amor, que nos quieran, ser queridos, pero qué pocos buscan amar a los demás y hacerles la vida más fácil. El niño caprichoso es egoísta y “ombligocéntrico”, y su grito desgarrado es avaro, cortoplacista, hedonista e insolidario. Puro marketing y goce de los sentidos, que como se, varían hoy sí y mañana también. ¿Dónde echo el ancla?

España hizo el mundo el doble de grande, y los españoles somos universales por nacer españoles. Primero españoles y luego universales, diría Don Miguel de Unamuno, pero la Nación desfallece porque no nos conocemos y el miedo nos paraliza. Los españoles declinamos defender su unidad secular, sus lazos fraternos y trascendentes. Los españoles flaqueamos al abandonar nuestros puestos de trabajo, mal pagados y temporales (que por otro lado permitimos sin el empuje de los tercios de antaño), ante enfermedades incurables. Los españoles lo somos menos cuando permitimos la dirección de los que hacen dejación de funciones, adoptan decisiones precipitadas, acomplejadas y buenistas por la solidaridad y la paz del mundo, cuando el amor a los demás ha de comenzar por nosotros mismos, y cuando ayudar no es solucionar los problemas sino acompañar en tales trances. Nosotros, españoles del siglo XXI,  tenemos miedo a la vida. Nos creemos con derecho a todo, a costa de todos, y por nuestro bien, que es lo más limitado que tenemos pues somos limitados, y yo, cómo no, el primero de todos.

Confiemos en el futuro, aprendamos del presente, aceptemos el pasado. Seamos, simplemente, españoles de todos los tiempos y de todas las regiones del mundo.

Me uno al grito emocionado de muchos compatriotas cuando digo, pensando en mi mujer y mis hijas, Viva España, Viva el Rey, Viva el pueblo español, Abajo la tiranía del miedo y Viva la libertad.

A lo concreto: CATALUÑA. ÉBOLA. TARJETAS NEGRAS.

España, a 12 de octubre de 2014, se enfrenta a tres graves desafíos. Crisis del sistema institucional y social (económico-financiero-industrial-político-religioso-militar), crisis de soberanía, y crisis sanitaria. Los analizaré estas próximas semanas divagando sobre las tarjetas de cajamadrid, la secesión de Cataluña y el ébola (y lo que vaya saliendo), tras una introducción.

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