En busca de un nuevo horizonte político

España · Jorge Martínez Lucena
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27 septiembre 2016
Los líderes políticos nos están dando una lección. Mariano Rajoy sigue la estrategia de la esfinge. Se pone de perfil y espera a que España cambie de opinión y vuelva a sus cabales, devolviéndole esa mayoría absoluta de la que se siente justo acreedor, porque así lo afirman en Europa. Pedro Sánchez no se rinde. Pese a la paliza que le han dado en las urnas gallegas y vascas y la samanta de palos que le están dando en su partido, ha declarado la guerra total a las baronías insurgentes, aunque eso suponga nuevas elecciones, como asumiendo la cultura política de nuevos partidos menos tradicionales que el suyo, más asamblearios y preocupados por la opinión de las bases. 

Los líderes políticos nos están dando una lección. Mariano Rajoy sigue la estrategia de la esfinge. Se pone de perfil y espera a que España cambie de opinión y vuelva a sus cabales, devolviéndole esa mayoría absoluta de la que se siente justo acreedor, porque así lo afirman en Europa. Pedro Sánchez no se rinde. Pese a la paliza que le han dado en las urnas gallegas y vascas y la samanta de palos que le están dando en su partido, ha declarado la guerra total a las baronías insurgentes, aunque eso suponga nuevas elecciones, como asumiendo la cultura política de nuevos partidos menos tradicionales que el suyo, más asamblearios y preocupados por la opinión de las bases. En el tercer rincón del cuadrilátero nacional tenemos la épica de Pablo Iglesias, que ahora mismo lucha a calzón quitado por mantener su pontificado púrpura, en busca de un pegamento suficientemente potente como para hacer confluir lo que ha separado la rebelión de los niños y conseguir así que el nuevo nombre de su partido en la próxima cita electoral no pase del número de caracteres máximos de un tuit. Y para terminar, y siguiendo el orden de escaños, tenemos a Albert Rivera, que ahora mismo ha dejado de representar el papel mediático de estadista dialogante y capaz de entendimiento, para vivir el desengaño de los “zero points” en las dos autonómicas citadas y sumirse en la elaboración del duelo, hundido en la sospecha de que el navajazo es mucho más rentable que el apretón de manos en la democracia española del espectáculo.

Todos ellos tienen ideales. No se puede negar. Rajoy busca la salvación por la economía, a través de una especie de materialismo dialéctico invertido donde el proletariado en lugar de alzarse se abaja progresivamente. Sánchez corre como un hámster atrapado en el bucle de la eterna legitimización por unas bases del partido que, a juzgar por los resultados electorales, se encuentran en cuarto menguante. Iglesias lucha puño en alto por la canalización del deseo de justicia social del pueblo, aunque parece que incluso la “gente” más cercana quiere llevar las aguas por otros derroteros. Rivera, con sonrisa profident, brinda soluciones dialogadas y pragmáticas, aunque los ciudadanos no parecen entrar en sintonía con sus moderneces de chico de ESADE, y entienden sus acercamientos a los demás como un signo de debilidad, de falta de convicción y de identidad.

Todo esto, avizorando ya las elecciones del 18 de diciembre, nos lleva a una reflexión. Parece que, por lo menos en abstracto, todo el mundo está de acuerdo en que es necesario el diálogo para que la nueva configuración del arco parlamentario español sea fructífera y nos dé un gobierno, entrando España así en una nueva era de su democracia, quedando atrás su endémico guerracivilismo. Sin embargo, cosa curiosa, a medida que se multiplican nuestras citas electorales sucesivas parece que el desánimo crece entre la población y se incremente el porcentaje de voto para aquellos que consiguen mantenerse firmes e idénticos sea cual sea la circunstancia. Parece que las urnas, contra los omnipresentes discursos de lo nuevo y de la relevancia del otro para ser uno mismo, se empecinan en la perennidad y la solidez del más de lo mismo y del Jesusito Jesusito que me quede como estoy.

Pero la obstinación nacional no da para tanto: las mayorías absolutas tendrán que esperar a que caiga sobre nosotros blandamente el olvido. Y, sin alternativas reales al PP, parecemos abocados al eterno día de la marmota/electoral. De hecho, los únicos que han trabajado en pro de la constitución de gobierno son los señores menos votados. Umbral solía citar a Schopenhauer diciendo que le gustaban los españoles porque hacían las cosas por cojones. Quizás es eso lo que penaliza a Rivera y cía., que el celo que ponen en el diálogo se lee en España como una falta de cojones y todo lo que sigue. O eso, o que a su propuesta le falta chicha.

En fin, la construcción de una cierta unidad en España que nos permita descubrir que el otro no es un obstáculo sino un aliado, pasa por ponerse alrededor de una mesa a pactar cosas concretas en las que seamos capaces de ponernos de acuerdo casi todos. Una posibilidad peregrina a este respecto sería la que sigue: igual que Schumann, Monet, De Gasperi, Adenauer, etc. se centraron en la contingencia de la unión metalúrgica para iniciar una unidad futura más completa, nuestros políticos, además de afilar los improperios para la inminente campaña electoral, podrían, digo yo, dedicarse, aunque fuese en segunda fila, a renovar y ampliar el pacto sobre las pensiones, comprometiéndose a velar, antes que nada, por las variables económicas y sociales que las garantizarían. No hay que olvidar que sin empleo de los más jóvenes y de los inmigrantes no se pueden/podrán pagar las facturas de los mayores, por mucho que estos se lo hayan ganado con sangre, sudor y lágrimas. De este modo, priorizando las pensiones, todos los grandes éxitos de nuestra política, como la corrupción, la independencia y la injusticia social, tendrían un nuevo horizonte dentro del que poder ser afrontados. Creo.

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