El Sínodo y la trampa de D’Annunzio

Sociedad · Maurizio Vitali
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20 octubre 2021
El Papa ha inaugurado el Sínodo de los obispos. El desafío de anunciar a Cristo al mundo entero no es un programa pastoral. Primero está su Presencia viva

El papa Francisco ha abierto el Sínodo de los obispos de todo el mundo, inaugurando un camino complicado que culminará en 2023 y que pretende implicar también a la “base”, es decir, a las comunidades cristianas de los cinco continentes. Se trata de una noticia histórica, aunque la mayoría de los medios no lo hayan reflejado, tan solo los especializados en información religiosa. Lo cual muestra un dato de hecho: la pertinencia de la Iglesia con los intereses humanos, y por tanto su “notoriedad”, solo se percibe dentro del perímetro del terreno de juego y de la agenda de intereses que establece la mentalidad dominante. La posible novedad (palabra sinónima de noticia) presente en la vida de la Iglesia, por tanto, no se percibe y queda decididamente suprimida. ¿Es la  humanidad la que ha abandonado a la Iglesia –dan ganas de preguntarse con Thomas Stearns Eliot– o es la Iglesia quien ha abandonado a la humanidad?

Claramente, ambas afirmaciones no se excluyen entre sí. Sin embargo, parece innegable que Francisco no emprende el camino sinodal para que se elaboren análisis sobre las dinámicas de la secularización y descristianización de las sociedades occidentales (historia por otro lado bastante vieja) sino para interrogarnos, poniéndonos en cuestión, sobre la autenticidad de la pertenencia a la Iglesia de cada uno de los creyentes y sobre el modo de guiar el pueblo de Dios por parte de sus pastores. El Papa invita de hecho a quitarse de encima el formalismo, el intelectualismo y el inmovilismo, tres vicios que paralizan la vida eclesial como las tres fieras que asediaban al pobre Dante en la selva oscura, para volver a poner en marcha las dimensiones de la comunión, la participación y la misión (Juan Pablo II usó casi las mismas palabras –comunión y liberación– para decir que resumían perfectamente el corazón del Concilio: imposible no recordarlo). Francisco también ha dicho otra cosa importante: que el protagonista del evento es el Espíritu Santo No es una manera de hablar: “Si no está el Espíritu, no habrá Sínodo”.

Ponerse en guardia ante el formalismo debería hacer aflorar una pregunta sobre la pertinencia de la fe en la vida del hombre. Hace décadas, Luigi Giussani ya se declaraba “persuadido de que una fe que no pudiera percibirse y encontrarse en la experiencia presente, que no pudiera verse confirmada por ella, que no pudiera ser útil para responder a sus exigencias, no podía ser una fe en condiciones de resistir en un mundo donde todo, todo, decía y dice lo opuesto”. Este trabajo, por lo que parece, no se suele hacer normalmente en los ámbitos de iglesia. Cristo se considera como un presupuesto, que solo permanece como inspiración y no como fuerza activa de la acción, incluso de la llamada pastoral. Y si no funciona, es culpa de otros (los “alejados”) que no se enteran o son malvados. Lo que está en juego no es menor que lo que plantea una pregunta impresionante que refiere el evangelio de Lucas: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”.

La memoria del Papa sobre el Espíritu también es de gran valor. No conocía la frase de D’Annunzio –“yo tengo lo que he dado”– hasta que la oí citada por don Giussani, que contestaba su falsedad; en vez de “yo tengo lo que he dado”, “yo tengo lo que se me ha dado”. La frase de D’Annunzio, curiosamente pero hasta cierto punto, se presta bien a describir el animus del catolicismo del “presupuesto” –que tal vez no sea propio del superhombres, pero sin duda sí moralista– como una variante clerical de la ideología moderna. Dada una cierta premisa (análisis laico-científico o inspiración ético-religiosa), depende de mí, de mi praxis, su realización. “Yo soy el compromiso que he dedicado”, la generosidad con que he realizado mi voluntariado, etcétera.

Para los apóstoles, no era así. Se sentían bien porque lo poco o nada que eran lo sentían amado incondicionalmente por Jesús. Vivir –sentirse persona, estar en una compañía fraterna, comunicar a otros (comunión, participación, misión)– consistía en estar en su presencia. Su pregunta era la misma de todos: ¿cómo vivir? Y la respuesta estaba en el encuentro con una Presencia excepcional.

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