Polémica por la reforma laboral

El primer derecho es el trabajo

Mundo · Alberto Fernández
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22 febrero 2012
Uno de nuestros lectores, Alberto Fernández, nos ha hecho llegar este comentario sobre el artículo publicado por Antonio Amate sobre la reforma laboral "Pagan justos por pecadores". Por su interés lo publicamos.

¿De qué sirve proteger al trabajador si no se protege el propio hecho del trabajo? Me explico. El debate sobre la conveniencia o no de una reforma laboral, a estas alturas de la película de debacle económica española, resultaría cansino cuando no redundante o, para algunos otros, improcedente. Por supuesto que podemos y debemos analizar, de manera crítica, la viabilidad e idoneidad de unas medidas que van afectar directamente a las personas empleadas en España. Dicho esto, meternos en disquisiciones con cierto precedente ecologista-naturalista y dirigidas a la protección de "las personas que trabajan" puede, cuanto menos, alejarnos del problema real y limitar cualquier esfuerzo dirigido a la "prioridad del trabajo". ¿Qué quiero decir? Me refiero a que el objeto de protección no puede ser "la persona que trabaja", como si de una tipología personal se tratara, únicamente diferenciada por el solo hecho de que "trabaja", frente a otra tipología de personas que, por múltiples causas, "no trabaja" (pensemos en los desempleados, además de los jubilados). De lo que se trata es de proteger el trabajo en sí mismo, el buen trabajo, el que genera productos y servicios con un valor adquirido por el propio trabajo y directamente proporcional, por tanto, al esfuerzo implicado (sea mental y/o físico). En esto, coincido con Antonio Amate, en que buen ejemplo darían los políticos, empresarios y sindicatos si renunciaran a seguir "viviendo generosamente del contribuyente y del erario público" y apostaran, únicamente, por la rentabilidad de su actuar profesional, político, empresarial o sindical, en función exclusivamente de su propio valor (el debate sobre la conveniencia, idoneidad y necesidad de la subvención está ya abierto -y me estoy tirando piedras a mi tejado-).

Podemos hablar de "demanda de empleo" como si se tratara de un producto más de los que el mercado nos ofrece, algo contable pero no cuantificable, algo medible pero no valorable más allá de la correspondiente cifra del INEM, o de la estadística ministerial de turno. ¿De qué demanda hablamos? ¿Qué rentabilidad puede dar a una empresa el trabajo laboral per se? ¿De dónde viene realmente la rentabilidad de las empresas? ¿Qué quiere decir innovar y para qué sirve? ¿Cuánto tiempo durarían los cotizantes de un trabajo devaluado? ¿Cómo se puede devaluar el trabajo? No nos engañemos, los empresarios podrán pagar más o menos por nuestro trabajo, pero el trabajo (en sí mismo) no podrá devaluarse, el trabajo de verdad. Al contrario, es el trabajo lo que da valor a las cosas que producimos, que vendemos, que servimos.

Estimado Señor Amate, coincido con usted en que hay que corregir los defectos del mercado de trabajo, pero ¿cómo voy a convenir "que estamos hablando de una realidad muy diferente a la del mercado inmobiliario", si no paro de ver a mi alrededor remuneraciones pagadas por un trabajo mediocre, desganado, desmotivado, y sin capacidad de generar un valor claro, objetivo, diferenciado y, por tanto, reconocible? No quisiera ser maleducado u olvidarme de la multiplicidad de circunstancias y situaciones que nos rodean, pero cuando hablamos de trabajo deberíamos hacerlo pensando en lo que nos motiva y en lo que generamos, pensando en cuál es el contenido del trabajo, de mi actuación profesional diaria. Si no, al final, efectivamente, pagan justos por pecadores: los que justamente trabajan por conseguir algo por los que pecan de exceso de confianza sindical y social en la protección del "trabajador de este país" (especie, cada vez más, en extinción).

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