El misterio de la muerte de Neruda

Cultura · Joshua Nicolosi
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20 julio 2021
Una relación fraterna unió a dos intelectuales que compartieron una vida siempre en las barricadas contra el horror

Un pintor y un poeta. Bien pensado, son dos caras de la misma moneda. Intérpretes sublimes de la misma habilidad: incidir en los corazones hambrientos de belleza, sacarlos de la apatía sumergiéndoles en la tempestad del sentimiento, curarlos de la soledad conectándoles con los secretos del mundo. Uno con la agilidad y la expresividad de una pincelada, otro con el persuasivo suspiro de la palabra. Una afinidad selectiva y necesaria que desvela, con la misma melancolía desesperada, las verdades y cicatrices de la historia, sus vacíos y sus culpas. Así fue la unión entre Renato Guttuso y Pablo Neruda: un llamamiento a la piedad y al amor dando rienda suelta a esas mezquindades humanas que aún hoy nos sobrecogen. Ambos vivieron vidas casi paralelas, aunque con desarrollos totalmente opuestos. El siciliano conoció en su juventud las atrocidades de la Italia mussoliniana, a las que se opuso activamente en sus primeras expresiones artísticas. El chileno en 1973, a una edad bastante avanzada, tuvo el tiempo justo de asistir al alzamiento dictatorial de Pinochet antes de perder la vida apenas unos diez días después. Entre medias, un encuentro que les consagraría para siempre como compañeros de lucha. Unidos espiritualmente como si fueran hermanos.

En 1952 ya tenemos noticias del acercamiento entre ambos. En la edición de las Poesías de Neruda que la editorial italiana Einaudi encargó traducir a la delicada pluma de Salvatore Quasimodo, el texto va acompañado de las espléndidas ilustraciones de Guttuso, que evidentemente mostraba su cercanía a esa sensibilidad tan peculiar. Eran además años muy prolíficos para el pintor. En 1938, con el polémico Fusilamiento en el campo dedicado a la ejecución de Federico García Lorca, su fama se difundió considerablemente, llegando a la cima con su presencia fija en la Bienal de Venecia, donde expuso todos los años entre 1952 y 1956. Podemos pensar que estas circunstancias favorecieron el contacto entre ellos en los círculos culturales europeos más importantes de la época, y que estrecharon un profundo vínculo de amistad. Confirma esta tesis un curioso y significativo episodio de 1956. Guttuso se casó con su amada musa y compañera Mimise y para la ocasión, Neruda no solo les dedicó un poema, sino que incluso participó como testigo de su boda.

Sin embargo, por si eso no fuera suficiente, para enmarcar la dimensión completa de la grandeza que caracterizó su relación, habría que remontarse a 1973, concretamente a los últimos instantes en la vida del poeta chileno. Desde el principio, la versión oficial del régimen, según la cual Neruda habría muerto a causa de un tumor que sufría, no convenció a la opinión pública sudamericana, ni a la internacional en general. Neruda, que nunca escatimó en esfuerzos políticos por su nación, ya había sido amenazado con el exilio. Era demasiado incómodo para las ambiciones de Pinochet aquel opositor que en 1969 fue invitado por el partido socialista a presentarse a las elecciones a presidente de la República, demasiado abultado el disenso de una figura tan grande como para recibir el Premio Nobel de Literatura en 1971. No fue hasta hace poco que su chófer y su guardaespaldas sacaron el valor de testimoniar cómo asistieron, en la clínica en la que estaba ingresado, a una misteriosa inyección que agravó rápidamente su estado. Aunque ya había quien sospechaba de homicidio. Precisamente Guttuso. Que se apresuró a enviar a su amigo un dibujo realizado en cartulina, donde Neruda, cuya postura recuerda al Marat que pintó David, al final de su vida, agarra por última vez con la mano derecha su inseparable pluma, arma pacífica de liberación y símbolo universal del rechazo a toda forma de opresión. A la izquierda, un folio muestra un texto bastante elocuente: Nixon, Frei, Pinochet (a los que el propio Neruda había acusado en su último poema, Las satrapías). En la parte inferior, una sencilla pero conmovedora despedida: “A Pablo, Renato”.

Vidas y procedencias lejanas, las de Guttuso y Neruda, pero trenzadas por una concepción rebelde y apasionada del arte, cruzadas por la búsqueda de un destino que mediante sus experiencias deseaba mostrar a los hombres dispuestos a escuchar lo frágil y trágica que es nuestra existencia si dejamos que predomine la obtusidad o el ansia de poder. Vidas pasadas en la trinchera, devueltas a la memoria colectiva por los claroscuros de una tela o la musicalidad de un verso. Testimonios hechos de lágrimas y de sangre, pero también de sus antídotos providenciales, que transforman el horror en resistencia. Y las tinieblas de la muerte en luminosa esperanza. Como decía Neruda, “pero porque pido silencio / no crean que voy a morirme: me pasa todo lo contrario: / sucede que voy a vivirme”.

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