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El miedo siempre es estéril

Editorial · Fernando de Haro
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5 junio 2016
Window of opportunity. El sociólogo español de referencia, Víctor Pérez Díaz, muy norteamericano por formación, utiliza una expresión anglosajona –ventana de oportunidad- para describir lo que puede suponer la actual crisis económica y política. En vísperas de unas elecciones, percibidas por muchos como una amenaza por el posible pacto de izquierdas que lleve el populismo al poder, Pérez Díaz habla de una ocasión para superar viejas lacras. El académico acaba de publicar un papel titulado ´La calidad del debate público en España´, en el que recoge una conversación entre intelectuales, periodistas y responsables de fundaciones.

Window of opportunity. El sociólogo español de referencia, Víctor Pérez Díaz, muy norteamericano por formación, utiliza una expresión anglosajona –ventana de oportunidad- para describir lo que puede suponer la actual crisis económica y política. En vísperas de unas elecciones, percibidas por muchos como una amenaza por el posible pacto de izquierdas que lleve el populismo al poder, Pérez Díaz habla de una ocasión para superar viejas lacras. El académico acaba de publicar un papel titulado ´La calidad del debate público en España´, en el que recoge una conversación entre intelectuales, periodistas y responsables de fundaciones.

Las crisis, que son comunes a toda Europa, han sacado a la luz relieves del paisaje que, por habituales, hasta ahora se distinguían mal. Uno es la dinámica de la tribu en la que la izquierda o la derecha ya no representan hipótesis de interpretación sino identidades que alimentan la pereza, el pretexto para no escuchar o para no dialogar. Otro es el cainismo que busca un chivo expiatorio en el otro. A lo que se añade la consideración del adversario político como enemigo y una excitación emocional que engrandece las objeciones al diálogo. El bien común solo está de una parte. La confianza es solo posible entre los míos, si acaso en el círculo próximo o en la familia.

No hay nada de ingenuidad en considerar el momento como una oportunidad. La ocasión quizá lo sea porque muestra que la agenda pública sigue determinada por gobiernos cada vez más impotentes; revela la falta de adecuación de los partidos políticos al reto del momento; y pone de manifiesto una concepción de la democracia que la reduce a un sistema de turnos en el que las mayorías del momento se imponen a las que por un tiempo son minorías. Si de la descripción social e institucional pasáramos al retrato antropológico tendríamos que utilizar los colores que dejan en la paleta los tonos del desierto. Son muchos. Todos desoladores.

Lo interesante es comparar. Donde unos ven una ventana otros señalan una amenaza. Los segundos consideran que la crisis política supone un grave riesgo para las libertades. La brecha abierta por el populismo puede dar al traste con el poco espacio que quedaba para la iniciativa social, puede hacer entrar a los neo-totalitarismos, puede poner en peligro el sistema del bienestar. Eso en lo político, en el capítulo de los valores habría, por ejemplo, que redoblar las defensas contra una ideología de género. Ideología que, como en el pasado el marxismo, pretende derribar lo más propio de la tradición occidental.

La diferencia está sin duda en la profundidad y en el realismo de la mirada sobre lo que sucede. La posición que subraya la amenaza señala factores sin duda determinantes. Pero paradójicamente no lleva hasta sus últimas consecuencias el diagnóstico sobre el significado de los síntomas que están ante los ojos de todos. Si están en peligro las libertades es porque la evidencia del valor del otro ha desaparecido y es la propia convivencia la que se ha quedado sin fundamento. Si el populismo avanza es porque instrumentaliza un deseo de autenticidad en la vida pública que un triunfo aritmético del constitucionalismo no solucionará. Si la ideología de género prospera es porque en estas condiciones es absolutamente imposible percibir como positivo que la propia identidad es un don.

Una mirada dispuesta a hacerse cargo de la profundidad del cambio de época relativiza, que no desprecia, las soluciones provisionales y puramente defensivas. Las contempla con sana ironía. Las soluciones tienen que ser siempre graduales, pero tienen que ser soluciones. Y no es solución poner un parche en el agujero del muro cuando no hay casa. La casa en la que Occidente ha vivido en los últimos doscientos años ha desaparecido. Es inútil disponer algunas sillas en torno a una estufa en un solar sin paredes. Una mirada que hace las cuentas con la verdadera situación descubre con simpatía las ocasiones en las que aparece la necesidad con todo su carácter perentorio.

El miedo es siempre estéril. Más cuando es miedo a perder algo que ya no se tiene.

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