El libro de los buenos amigos

Cultura · Antonio R. Rubio Plo
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6 julio 2023
La amistad y el amor son aspectos esenciales de la misericordia cuenta David Cerdá en el prólogo de “El arte de ser un buen amigo”.

El descubrimiento de El arte de ser un buen amigo de Hugh Black (Ed. Rialp), que he podido leer recientemente en una magnífica traducción del filósofo David Cerdá, me ha hecho pensar en que podría haber sido más fascinante descubrirlo en alguna biblioteca de un college inglés o estadounidense, en la primera edición de 1898 o en las inmediatamente posteriores. Un pequeño libro con lomos de piel y hojas amarillentas, salpicado de citas de la Biblia y de poetas ingleses del siglo XIX, habría sido la delicia de un bibliófilo y una tentación para detraerlo de su estantería, a ser posible de estilo gótico. Pero nada de eso ha hecho falta y ahora tenemos una versión en español de poco más de un centenar de páginas que nos devuelve la sabiduría de unos tiempos que en realidad no se ha desvanecido, aunque yacen bajo el polvo de las bibliotecas en espera de que sucesivas, aunque a veces distantes entre sí, generaciones hagan su particular descubrimiento de Friendship, obra de un clérigo presbiteriano escocés residente en Estados Unidos.

El prólogo de David Cerdá no es un mero trámite de presentación e invita enseguida a leer el libro gracias al entusiasmo de alguien, como él, que ha investigado sobre el vínculo entre la amistad y la trascendencia. Transcribo esta cita de Cerdá que, sin duda, habría hecho suya Hugh Black: “La amistad y el amor son aspectos esenciales de la misericordia”. Decir esto en unos tiempos en los que la emoción es la reina de la calle y de las intimidades del ser humano no deja de ser sorprendente porque hoy está muy extendida la búsqueda de la amistad como un recurso para llenar la propia soledad o lo que es peor: para obtener algún tipo de beneficio. La amistad es instrumentalizada y se pierde la idea de lo que es realmente la amistad. Por eso es frecuente la protesta malhumorada y escéptica de que la amistad no existe. Libros como el de Hugh Black están ahí para demostrarnos que eso no es cierto, porque la verdadera amistad implica salir de uno mismo, tomar la iniciativa en vez de sentarnos a entonar la cantilena de que nadie nos quiere y nadie nos comprende. La amistad consiste en tender puentes para que otros lo crucen. De ahí la certera alusión en el prólogo del libro a Bridge over Troubled Water de Simon y Garfunkel.

El libro de Hugh Black está escrito para apreciar el don de la amistad. Hay quien lo persigue ansiosamente y está convencido de que puede ganarlo con su dinero o sus favores. El resultado suele ser el que tuvo Timón de Atenas, inmortalizado por William Shakespeare: sus supuestos amigos le abandonaron cuando sus negocios y dádivas le llevaron a la ruina. La reacción de Timón fue la misantropía, pero no tenía razón en acusar a la gente de ingratitud, pues él mismo había querido comprar el afecto y el respeto de los demás únicamente con bienes materiales. Esa amistad, en apariencia generosa, era mero utilitarismo. Por eso Black nos recuerda, entre otras cosas, que la amistad exige humildad y desinterés.

La amistad es una planta que hay que cuidar y por tanto, requiere esfuerzo. Sin embargo, es un esfuerzo que vale la pena, y para el autor, un creyente, la amistad entre los seres humanos es un camino que conduce al amor de Dios. Hay, al respecto, una interesante observación de Hugh Black en la que a veces no reparamos: “Muchos han perdido su fe en Dios porque han perdido su fe en el ser humano”. El gran problema de hoy es que nadie quiere ser vulnerable, y tanto el amor como la amistad entrañan ese riesgo. Esa hipersensibilidad alimenta la egolatría de nuestra época y lleva a las personas al aislamiento, aunque, paradójicamente, siguen reclamando amistad. Es verdad, por tanto, de quien no cree en el hombre, no cree en Dios, y menos todavía en un Dios con rostro humano como el del cristianismo. Con todo, siempre ha habido quienes dicen creer en el hombre, y no en Dios, pero el resultado es que suelen caer prisioneros de ideologías que seleccionan a las personas y distinguen a los buenos de los malos.

Hugh Black escribió un libro realista, pues no cae en una visión sentimentaloide de la amistad. Por de pronto, tiene muy claro, a diferencia de lo que mucha gente cree, que “el objetivo y la gloria de la amistad no es la identidad sino la unidad por medio de la diferencia”. En efecto, quien aspire a una amistad basada en la identidad no tendrá nunca muchos amigos y el paso del tiempo deteriorará inevitablemente esa relación, pues los intereses pueden ir cambiando en el transcurso de la vida. Se acaba, tarde o temprano, descubriendo que en la naturaleza “no hay dos hojas iguales”.

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