El hombre de acero

Cultura · Víctor Alvarado
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24 junio 2013
Jerry Siegel y Joel Shuster fueron los creadores de este icono americano, publicando en 1938 el número 1, que está muy valorado por los coleccionistas. El último, que se ha encontrado, alcanzó un valor de tan “sólo” unos 130.000 dólares porque se encontraba en mal estado. Por otra parte, este superhéroe ha recibido adaptaciones radiofónicas, tres series de televisión como la obra clásica de los años cincuenta protagonizada por George Reeve, Lois y Clark o Smallville. El hombre de acero (2013) es la cuarta adaptación que se hace de este personaje, aunque la tetralogía de Christopher Reeve parece insuperable por su fidelidad al original y porque nadie se ponía y se quitaba las gafas de pasta tan bien como él.

Jerry Siegel y Joel Shuster fueron los creadores de este icono americano, publicando en 1938 el número 1, que está muy valorado por los coleccionistas. El último, que se ha encontrado, alcanzó un valor de tan “sólo” unos 130.000 dólares porque se encontraba en mal estado. Por otra parte, este superhéroe ha recibido adaptaciones radiofónicas, tres series de televisión como la obra clásica de los años cincuenta protagonizada por George Reeve, Lois y Clark o Smallville. El hombre de acero (2013) es la cuarta adaptación que se hace de este personaje, aunque la tetralogía de Christopher Reeve parece insuperable por su fidelidad al original y porque nadie se ponía y se quitaba las gafas de pasta tan bien como él.

La dirección corre a cargo de Zack Snyder, que ha adaptado dos novelas gráficas como 300 de Frank Miller, editado por Norma Editorial y Watchmen de Alan Moore, editado por ECC, con lo que se puede decir que entiende del tema. El guión recae en David S. Goyer y producido por Christopher Nolan, autor de la obra maestra de la trilogía de Batman, cuya mano se percibe en el trascurso de la proyección

La historia que se cuenta podrá gustar más o menos, puesto que no se ajusta a la visión más clásica que tenemos de Superman, pero a lo largo de los setenta y cinco años de existencia del mítico superhéroe muchas han sido las interpretaciones que se han hecho. Cada uno de los dibujantes y guionistas han mostrado su particular punto de vista. En esta ocasión, este cineasta nos explica los orígenes de Kal-El que se encuentra desorientado y necesita conocerse a sí mismo para saber lo que le pide Dios que haga y cuál es la misión de su vida. La primera parte tiene una gran carga dramática, y muchas de las escenas recuerdan a la manera de filmar y de plantear los temas de Terrence Malick, mientras que la segunda la acción está sobredimensionada. Quizás eso explique que Superman haya perdido su calzoncillo rojo. Por cierto, el humor tan característico de los tebeos ha sido borrado casi totalmente, siendo este su punto más negro.

El reparto lo componen: Amy Adams como la valiente Lois Lane; Russel Crowe como el padre biológico; Kevin Costner y Diane Lane como los padres adoptivos (los dos están soberbios); y Henry Cavill como Superman, que ha firmado por tres entregas. Como dato curioso, el actor ha pasado varias horas por el gimnasio y el traje, al ser tan ajustado, se rompía, por lo que recibió algún que otro remiendo con hilo y aguja. Hay momentos que, no se si de forma intencionada, se intenta que el intérprete se parezca a Christopher Reeve.

La película es de gran riqueza antropológica, pues todos conocen el deseo de Superman de descubrir su vocación y de sacrificarse por lo demás, pues él siente la obligación moral de hacer el bien para ser feliz, guardando varios paralelismos con la figura más representativa del cristianismo (Jesucristo) como el hecho de poner la otra mejilla o la S que lleva en el pecho que, en este caso, significa esperanza. La escena en la que Clark conversa con un sacerdote, que le ayuda a encontrarse, es bastante clarificadora. La relación entre padre adoptivo e hijo es de una belleza extraordinaria, sirviendo para explicar que el ejemplo arrastra. Por último, se hace una crítica a la clonación humana a la carta en una de las primeras escenas, ya que limita la libertad del individuo para ser lo que quiera y, en ella, se muestran los peligros de jugar a ser dioses.

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