El futuro del avispero afgano (parte III)

Mundo · Ángel Satué
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23 septiembre 2021
Tras analizar los planos ideológico y estratégico, conviene hacer un ejercicio de cierta prospectiva, pues se prevé que la zona va a quedar inestable por décadas.

Precisamente vivimos un momento de empuje y pujanza de Asia Central (muy parecida y próxima a la región pivote de “Heartland”, del geógrafo y político Mackinder para “quien la domine, pasará a controlar el mundo”).

Esa región, de la que Europa es una simple afortunada península, es la zona de influencia de la mitad de la población mundial y del 30% del PIB, por ella transcurre la Ruta de la Seda de China, y así lo demuestra la existencia de la muy poco conocida en España Organización de Cooperación de Shanghái (China, India, Rusia, Pakistán y cuatro ex repúblicas soviéticas), una especie de Unión Europea a la asiática.

Esta relevancia se pone de manifiesto por la aproximación diplomática tanto de China como de Rusia, centradas ambas en la seguridad y la persecución de la droga, tras la marcha americana, que dejan a los europeos el tema de la protección de las minorías, de las mujeres y, en general, de los derechos humanos. Sin duda alguna, los derechos humanos son importantes, y por eso competería más bien a una organización como la ONU, debidamente reformada, el cumplimiento por todos los estados de los valores de la Carta de las Naciones Unidas, o a una liga de democracias, siguiendo a Fukuyama. Pese lo que les pese a los antiglobalistas, los asuntos del mundo merecen ser gobernados, con transparencia, en foros de ámbito global, con los cauces de representación oportunos. Y esto no es ir contra el Estado nación, sino preservarlo de la barbarie.

La situación del país es un avispero –y un caldo de cultivo para el Covid-19-, pues a la situación de la población civil en general, y la ausencia de futuro, ni industria (que siempre es el futuro), los talibanes están enfrentados al Isis-K (su marca en Siria la derrotaron los rusos), y se encuentran armadas todas las etnias y grupos tribales, y lo que quede del ejército afgano. Hay conatos de rebelión de otras tribus y territorios, como el que lidera el nuevo león de Panjshir –gracias a Mikel Ayesterán, de ABC, sabemos que Panjshir significa “cinco leones”–, Ahmed Massoud, de etnia tayika y señor de la guerra.

Todo hace augurar un auge del terrorismo o de las guerrillas, de una guerra civil más o menos larvada o explícita, así como un posible resurgir de grupos latentes o sin actividad aparente, como el de la minoría musulmana perseguida en el oeste de la China (campos de reeducación mediante), denominado Movimiento Islámico de Turkmenistán Oriental (MITO), que para EE.UU. dejaron de ser un peligro el año pasado. Además, a todo lo anterior, se une el incremento que viene dándose, según Naciones Unidas, desde 2001 de la producción de opio (y de su consumo, por desgracia en EE.UU. y en Rusia, y es de suponer que en China –que ya tuvo sus Guerras del Opio en el siglo XIX– y en Europa).

Y para guinda, el gas natural. Que tiene el don de enturbiarlo todo en geopolítica (caso de Siria). Hasta lograr la neutralidad climática en el mundo (en Europa al menos, en 2040-2050), el gas –combustible fósil– jugará aún un papel importante. Pues bien, resulta que estaba previsto (y sigue en proyecto) hacer un gaseoducto que una Turkmenistán, atravesando Afganistán y Pakistán, hasta llegar a India (TAPI). En este gaseoducto, ni EE.UU. ni Qatar participan, siendo el emirato que acogió las negociaciones con los talibanes el exportador del 75% de su producción, hacia India, Japón, Corea del Sur y China. Turkmenistán, la sexta reserva de gas de todo el planeta, podría socavar esta posición catarí.

En definitiva, el tiempo dirá si esta retirada, que lo apuesta todo a la comunidad internacional y/o al caos y al desorden, fue una nimia derrota o una gran victoria. En cualquier caso, se pone fin a una forma de expansión de la democracia, en un mundo sometido a tendencias autocráticas preocupantes. Este abandono no debe ser el de la causa de la libertad para todos los pueblos del orbe, sino, acaso, del método hasta ahora utilizado.

Se hace perentoria, por tanto, una nueva convención global de las naciones, para plantear que determinados asuntos tengan una especie de reserva de globalidad, en el marco de una federación mundial. Si no, efectivamente, habremos fallado a un alto coste. Y extraigamos como lección que el coste de expandir la democracia no puede ser no contar con el hecho cultural y religioso de los pueblos dominados o conquistados. Fue un error en tiempos de Roma, y es un error en nuestros tiempos.

Habrá que posar la mirada en una tradición tan milenaria como la china, la de la Iglesia católica. Si bien propugnó las cruzadas en 1099 (por la persecución a la que se vieron sometidos los cristianos peregrinos por los turcos selúcidas, bárbaros de Asia central), de esa misma época, encontramos en cambio otra forma de estar en las “relaciones internacionales”, cuando los franciscanos se quedaron a custodiar los Santos Lugares, por una gracia de Saladino, encontrando una forma de entrar en relación y transformar las comunidades y las zonas donde se les ha permitido mantener una presencia, que al fin y a la postre da sus frutos, en cosechas que se cuentan por centurias, no en tuits. La Escuela de Traductores de Toledo puede ser otro método, como lo es la revista Oasis, del cardenal Scola, para entrar en diálogo con el mundo musulmán, desde el Occidente, pues se trata de economía y poder, pero es también religión y cultura –una concepción del hombre y de Dios, y de la relación entre ambos– lo que subyace en estos pretendidos conflictos entre el Oriente y el Occidente, que a veces chocan en una encrucijada: Asia Central, a veces en nuestro propio fuero interno. DEP los valientes soldados y policías españoles caídos, por España, en aquella tierra maldita.

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