El error de quien confunde las diferencias con la “diversidad”

Cultura · Luca Doninelli
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15 diciembre 2021
Hablar de Alain Finkielkraut en Francia significa tomar partido. Si estás de acuerdo con él, aunque solo sea en una cosa, te encuentras formando parte de un grupo que piensa y dice toda una serie de cosas que otro grupo desprecia o condena, y eso te marcará, te contagiará.

No solo pasa en Francia. Hay un grupo de contagio que supera tanto la emergencia sanitaria como el estallido mediático. Una especie de sordera selectiva y degenerativa que empieza por lo que no nos interesa –es algo crónico– y luego se extiende por todo lo demás. En definitiva, ¿lees a Finkielkraut? Entonces eres de derechas, estás con Le Pen, con Zemmour.

Sin embargo, yo estoy convencido de que leer a Finkielkraut, aceptando también su intemperancia, es bueno (para todos, también para sus enemigos) por la razón contraria: por la lucidez ilustrada con que este gran discípulo de Roland Barthes nos ayuda a reconocer las trampas culturales, también las de aquellos que querrían ser sus compañeros de camino.

Su último libro se titula L’après littérature, algo así como la post-literatura. Es como siempre un libro muy “francés”, con referencias a la actualidad nacional que los lectores de fuera desconocemos y leemos por tanto entre líneas. Pero el tema central es la pérdida de significado de ciertas palabras. La primera de esas palabras es “diferencia”. Una palabra difícil, peligrosa, imposible de manejar fuera de un ejercicio serio del pensamiento. La sociedad está hecha de diferencias. Yo no soy tú y el “nosotros” es un equilibrio complicado, del que nuestra época parece ser totalmente ajeno en nombre de sentimientos indiscutibles. La diferencia discrimina, y de qué manera.

“Nuestro tiempo, desvinculado de la sabiduría de los antiguos, no conoce más ley que el ímpetu de su propia compasión”. Se sustituye una “diferencia” difícil con una “diversidad” fácil, de pensamiento débil y generadora de dictados morales. La cultura que nuestra civilización ha generado ya no se ve cuestionada, celebramos a Dante, Shakespeare, Esquilo o Rembrandt sin pedirles ninguna luz.

La razón es simple y terrible. “No necesitan realizar un largo camino para acceder a la verdad porque están convencidos de que ya la poseen”. En Norteamérica lo llaman cancel culture. Una línea de sutiles tintes nazis, alimentada por la ignorancia, atraviesa los bandos contrarios. La historia ya no tiene nada que enseñarnos, nosotros somos los jueves. En nombre del “todo es cultura”, se elimina la cultura, se abolen las jerarquías y se elimina a los maestros.

Varias páginas del libro se dedican a la batalla por la emancipación femenina. ¿Dónde está el enemigo? No tanto en los contenidos de una batalla sagrada, sino en un presunto humanismo, que produce un discurso pobre (incluso a nivel lingüístico) pero gritón.

La razón se presenta como un motivo económico. Todo debe reducirse a algo que se pueda comprar o vender. El me too (con excepción de los aspectos penales) pertenece, como muchas otras cosas, a esta ley mercantil. Pero el problema es ideológico, no económico. La reducción del mundo (y sus infinitas diferencias, que según Aristóteles constituyen la fuente misma del conocimiento humano) a algo que se puede adquirir o vender (incluido el útero de una mujer) no afecta en primer lugar al bolsillo, sino al pensamiento.

La riqueza de los antiguos era melancólica. ¿Acaso se podía adquirir la belleza de una flor, su perfume, la sonrisa de un niño? Pero el principio ideológico ha silenciado la poesía y la belleza, que pierden fuerza ante el cuidado del planeta, la biodiversidad, lo verde… Palabras que se pueden negociar en una agenda internacional, a diferencia de los jazmines.

¿Qué queda fuera de las agendas? Qué sé yo, el aumento del hambre en el mundo, el destino de pueblos enteros que se quedan sin patria, la situación de las vacunas en los países pobres, etcétera.

Nuestra civilización –dice Finkielkraut– ha erigido dos grandes baluartes contra la barbarie: el derecho y la literatura. Uno y otra celebran la diferencia, que comprende la unicidad total de cada ser humano, la dificultad para juzgarlo y la complejidad de los cuerpos sociales. Uno y otra están hoy en peligro de extinción bajo los golpes de un igualitarismo ciego.

Recuerda un poco a Los gritos del silencio (1984), un film de R. Joffé donde la furia ideológica de los jemeres rojos llega a adjudicar a los niños la tarea de vigilar para capturar en los ojos de la gente hasta el más mínimo reflejo de rebelión. ¿Por qué a los niños? Porque no tienen memoria, no tienen pasado, y por eso no tienen piedad.

Sin embargo, este nuevo mundo que está naciendo también conoce sus debacles. A pesar de todo, no avanza de manera compacta hacia un futuro ecológico, paritario y verde. Y no por culpa de todas las ausencias que pueblan el mundo, ni por el rencor de quien no ha recibido de la sociedad un sentido para vivir, ni tampoco por el egoísmo de los ricos, sino por una contradicción inherente al propio modelo.

Lo afirma Finkielkraut a propósito de las aspas eólicas, que desfiguran el paisaje que deberían proteger y que son el símbolo de una especie de némesis del mito del progreso, el sueño que nació con “Descartes y Bacon de hacernos amos y dominadores de la naturaleza para acabar con las fatalidades y miserias del género humano”.

El ruido de fondo del trabajo humano es sublime “por su esfuerzo dedicado a que la Tierra deje de ser un valle de lágrimas”. Pero ante nuestra mirada, observa el filósofo francés, “la tierra implora piedad mientras el cielo hace lo que le parece. Cuanto más avanzan las posibilidades de la tecnología, más avanza la oscuridad. El progreso, ayer victorioso, se ha vuelto compulsivo e incontrolable. Todo funciona y, al mismo tiempo, todo descarrila. Todo depende del hombre, hasta el clima, pero nada va como le gustaría. La naturaleza entra en la historia y no es una buena noticia porque la locomotora de la historia ya no tiene quien la guíe”.

No sabemos quién será ese guía. Sin duda, no un líder político ni un gurú informático. Quizás, más modestamente, esa referencia a otro (lo “totalmente otro”, como lo llamaba Horkheimer) que la creación de una ciudad totalmente terrena, sin más referencias que a sí misma (a pesar de todas las iglesias, mezquitas y pagodas), siempre ha intentado eliminar, y que la poesía y el arte no han hecho más que repetir a unos oídos cada vez más sordos.

En su última novela, citada por Finkielkraut, Nemesis, Philip Roth habla de un hombre que sufre un dolor inaguantable. Pero su decepción ante un Dios que no responde al absurdo de la existencia se transforma en una decepción aún más profunda ante sí mismo.

Hemos derribado a un Dios para ensalzar al hombre con su pretensión de aclararlo todo, preverlo todo, explicarlo todo. Hemos salido más presuntuosos, violentos y sobre todo vacíos. Nos queda lo que Musil llamaba “el principio de razón insuficiente”, es decir, “la devolución del carácter frágil, fortuito, intempestivo y aleatorio de los acontecimientos”.

Algo que, tal vez, vuelva a abrir los ojos a todos.

Il Giornale

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