El corazón agudiza el ingenio

Mundo · Maurizio Vitali
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24 noviembre 2021
“Hoy el mundo y Polonia necesitan hombres de corazón grande, que sirvan con humildad y amor, que bendigan y no maldigan, que conquisten la tierra con la bendición”. Esta frase es del polaco san Juan Pablo II, que la pronunció en 1999 y que ahora recordaba Francisco.

Santas palabras que causan escalofríos si pensamos en lo vergonzoso que es lo que está pasando en la frontera entre Polonia y Bielorrusia con los refugiados iraquíes, afganos y kurdos, detenidos, rechazados, reducidos a meros instrumentos de presión y chantaje en un juego inhumano que nadie parece querer o saber frenar. Tal vez sean diez mil personas las que se exponen al frío verdugo de esas latitudes, a la desolación de bosques y estepas desiertas, y al hambre.

Hombres de gran corazón no parecen ser los grandes directores de este juego despiadado, actores de una partida en la que se juegan enormes intereses estratégicos, económicos, energéticos, y parece que lo hacen sin escrúpulos. Para encontrar hombres de gran corazón hay que acercarse de noche a los caseríos y granjas de los campesinos polacos que no viven lejos de la línea fronteriza. Allí ves tirados por el suelo un par de calabazas, más allá alguna col, en otro lado patatas o pan, como si se hubieran caído de una bolsa o de un carrito. También puedes ver una cazadora, un par de botas. Todo ello parece que alguien lo ha perdido, ¿pero cómo? Obviamente parece intencionado. A la mañana siguiente nada de eso sigue allí. Algunos voluntarios lo recogen todo durante la noche y siguiendo senderos apartados que solo unos pocos conocen lo llevan hasta la alambrada que separa el suelo polaco de las tiendas de los refugiados rehenes del bielorruso Lukashenko.

Ayudar a los refugiados está prohibido por la ley polaca y la sanción puede implicar hasta una pena de cárcel. Los “recogedores” hacen su labor y puede que las fuerzas de seguridad miren un poco hacia otro lado. Campesinos y voluntarios recuerdan lo que algunos llaman el “método Wojtyła”, que consistiría en algo así como desobedecer pero de manera legal: “perder comida u olvidar alguna prenda en el corral o en el bosque, es algo que puede suceder, no está penado por la ley”.

Cuando la necesidad aprieta, se agudiza el ingenio. Pero no es la miseria lo que agudiza, como dice un proverbio, sino el corazón, como demuestran estos campesinos polacos. En 1943, en medio de las atrocidades de la segunda guerra mundial, en un mundo plagado de víctimas y verdugos, Simone Weil afirmaba que, más allá de las desigualdades, todos los seres humanos son totalmente idénticos por la exigencia de bien que les constituye. Dejó escrito que “desde la primera infancia hasta la tumba, existe en el corazón de todo ser humano algo que, pese a la experiencia de los crímenes cometidos, sufridos y observados, espera invencible que se le haga el bien y no el mal” (La persona y lo sagrado, Hermida).

Hay que mirar el sufrimiento, no censurarlo para arrancarlo de nuestra mirada y de nuestros pies. Hay que mirar los gestos, como los de estos campesinos polacos, porque nos dicen cómo está hecho, mejor dicho, cómo ha sido hecho, el ser humano.

Son por tanto gestos que interpelan nuestra conciencia europea. Svetlana Alexievich, escritora bielorrusa y premio Nobel de literatura, firmó un llamamiento donde se proclama: “Para nosotros, la UE es una comunidad moral basada en las reglas de la solidaridad interpersonal”. Gestos que interpelan incluso nuestra conciencia ecológica, ya que tenemos reciente los ecos de la Cop26, con Greta&Co. “No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las directrices para alcanzar la solución exigen un enfoque integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y al mismo tiempo para cuidar la naturaleza”. Es la idea central de la plataforma de iniciativas Laudato si’, puesta en marcha durante la Jornada Mundial de los Pobres convocada por el papa Bergoglio.

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