“El autoconocimiento es una aventura que puede estar llena de sorpresas”

Entrevistas · Ángel Satué
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27 enero 2022
Michele M. Wucker (1969) es una autora, comentarista y analista política estadounidense especializada en economía mundial y anticipación de crisis.

En 2015, fundó Gray Rhino & Company. Es autora, entre otros, de The Gray Rhino y su nuevo libro, YOU ARE WHAT YOU RISK: The New Art and Science of Navigating an Uncertain World (Pegasus Books, abril de 2021), adopta una visión mucho más personal de lo que hace que cada uno de nosotros sea propenso a adoptar, evitar o afrontar los riesgos a los que nos enfrentamos. Muestra cómo la cultura, los valores y las normas sociales interactúan con nuestra personalidad innata, las experiencias que nos han formado, el contexto social y los hábitos que podemos desarrollar para tomar mejores decisiones sobre el riesgo. Y proporciona un nuevo vocabulario para pensar y hablar del riesgo.

En un contexto de vulnerabilidad, complejo, volátil y cambiante como el que vivimos, donde todo parece rehacerse de la nada, posamos la mirada en la persona. Pues los riesgos nos hablan de las personas.

Su vida está dedicada en los últimos años al estudio de los riesgos globales, del riesgo. ¿Por qué? ¿Hay algo mágico en la relación del hombre con el riesgo, la incertidumbre?

Mi interés por el riesgo comenzó cuando escribía sobre los mercados de capitales, especialmente sobre la negociación de la deuda y el riesgo de crédito soberano en América Latina. La metáfora del rinoceronte gris comenzó con una pregunta sobre por qué Argentina no actuó a tiempo para evitar que su crisis crediticia se saliera de control. Me he interesado por el aspecto humano mucho más recientemente, y me he dado cuenta de que he estado estudiando el riesgo desde antes de reconocerlo conscientemente. El primer capítulo de mi primer libro, “Why the Cocks Fight: Dominicans, Haitians, and the Struggle for Hispaniola?”, comienza con una cita del famoso ensayo del antropólogo Clifford Geertz sobre una pelea de gallos balinesa: «Lo que [la pelea de gallos] dice no es simplemente que el riesgo es excitante, la pérdida deprimente o el triunfo gratificante, sino que es de estas emociones, así examinadas, que la sociedad se construye y los individuos se arman». Ese libro se publicó en 1999. Cuando escribí “¿Por qué se pelean los gallos?”, me interesaban las cuestiones de cómo se construye la sociedad, pero a través de una lente de antropología, historia, sociología, ciencia política, economía y literatura. Así que ahora supongo que estoy rellenando la pieza que faltaba –el riesgo– y que estaba ahí todo el tiempo.

En su libro, viene a decir que somos o nos hacemos en función de los riesgos que tomamos. ¿Somos prisioneros de nuestra percepción del riesgo, como el héroe mitológico Orestes, prisionero de “las Furias”?

Las personas que no son conscientes de sí mismas son prisioneras de sus percepciones del riesgo. Cada uno de nosotros tiene una «huella dactilar de riesgo» distinta, formada por nuestra personalidad innata, nuestra educación y experiencias, nuestro entorno y nuestros hábitos, que interactúan entre sí. Ser conscientes de estas influencias puede darnos cierta sensación de control sobre nuestras decisiones, aunque no podamos cambiar nuestro pasado ni nuestra personalidad. La gente me pregunta a menudo si existe un tipo de personalidad de riesgo «ideal». No hay un tipo ideal porque parte de la riqueza de la humanidad es la variedad de perspectivas que las personas aportan a la vida. Necesitamos audaces buscadores de riesgos y aventureros, pero también necesitamos tipos cuidadosos y metódicos que mantengan las luces encendidas y todo tipo de personalidades intermedias. Las personas suelen gravitar hacia profesiones que se ajustan a sus personalidades, mientras que otras que no son felices en sus trabajos pueden simplemente no encajar en una cultura de empresa o profesión que no aprovecha al máximo los puntos fuertes de su huella digital de riesgo.

Tras leer su último libro diría que, en cierto modo, vivir es igual a los riesgos que nos aventuramos a tomar, pero que tomar riesgos no es arriesgarse a lo loco. ¿Cree usted que el tomar riesgos implica una aventura por conocernos, por conocer nuestro entorno, conocer las percepciones de riesgos de los demás?

Me encanta cómo lo has expresado. El autoconocimiento es una aventura que puede estar llena de sorpresas, tanto de cosas que no nos gusta ver como de otras que son una delicia. Algunas personas tienen miedo de asumir este riesgo, pero son las que más se beneficiarían de explorar el terreno incierto de sus propias personalidades y mentes.

¿Por qué acuñó hace unos años el término de Rinoceronte Gris para referirse a riesgos que, de uno u otro modo, se pueden anticipar? ¿No serían los riesgos más como toros, que se pueden torear, pero hay que saber?

Quería hablar de lo que marca la diferencia entre las personas que ven un peligro y actúan en consecuencia, y las que miran hacia otro lado o se quedan paralizadas. Me imaginé un gran peligro que se acercaba a ti y te daba la posibilidad de elegir qué hacer. Así que la metáfora se convirtió en un rinoceronte, porque es grande y su cuerno es peligroso; y gris, porque es obvio que el rinoceronte es gris. El color también sugiere lo sorprendentemente vulnerables que somos los humanos a no ver lo que tenemos delante, ya que tanto la especie del «rinoceronte negro» como la del «rinoceronte blanco» son grises y ninguna coincide con el color de su nombre. El uso de un animal siguió la tradición de Esopo y otros narradores a lo largo de la historia.

Dijo el pensador personalista E. Mounier que “la masa de los hombres prefiere la servidumbre en la seguridad al riesgo de la independencia; a la aventura humana”. ¿Nos hemos olvidado de vivir, al menos en Occidente, en el sentido de tomar riesgos?

No es una coincidencia que las sociedades occidentales estén llenas de padres helicóptero sobreprotectores al mismo tiempo que otras personas pagan mucho dinero para practicar deportes extremos y otros pasatiempos peligrosos. Creo que muchos occidentales olvidan el riesgo que supone «ir a lo seguro». Gran parte de nuestra asunción de riesgos es pasiva, en el sentido de no hacer los cambios necesarios ante un peligro inminente, en contraposición a la asunción activa de riesgos por elección. Cuando pensamos que estamos evitando los riesgos, no es que no los estemos asumiendo, sino que estamos asumiendo riesgos diferentes. Por desgracia, a menudo no hacer nada es el mayor riesgo de todos. Necesitamos un cambio de mentalidad, que sopese los aspectos positivos y negativos de actuar o no actuar.

Ha escrito sobre los riesgos, pero ¿ha pensado sobre los miedos?

El riesgo es un acto de equilibrio constante entre las esperanzas y los temores. Cada uno de nosotros aborda el riesgo con una mezcla distinta de lo que espera y lo que teme, ya veamos la asunción de riesgos como un peligro o como una oportunidad o una mezcla de ambas, y cómo nos sintamos de cómodos con nuestras esperanzas y temores. Algunos tememos que nuestras esperanzas se hagan realidad.

Educar es un riesgo, en la medida que parte de la libertad del alumno, del otro, y eso es incontrolable. ¿Nos educan en ese riesgo que es confiar en la libertad del otro?

Las investigaciones de Paul Slovic y otros demuestran que cuanto más control tienen las personas sobre una situación, menos riesgo perciben y más riesgo toleran. En relación con esto está el fenómeno de que cuanto más sabe la gente sobre una situación, más cómoda se siente. El conocimiento puede parecer control. Pero el verdadero conocimiento proviene de la participación en ideas nuevas y sorprendentes, de la capacidad de tener en cuenta múltiples hechos aparentemente contradictorios y de arrancar la verdad de nuestros prejuicios internos y sociales. Es discutible el grado de libertad de los estudiantes de hoy en día; basta con ver algunas de las guerras culturales en los campus. A mucha gente le resulta más fácil instalarse cómodamente en una u otra camarilla ideológica en lugar de tomar el camino más difícil e independiente que toma lo mejor y rechaza lo peor de cada camarilla.

En su libro se adentra en el concepto de “paraguas de riesgo”. Me parece un concepto muy interesante por desarrollar, desde el plano de las políticas públicas y el contrato social. ¿Va a cambiar nuestra relación como ciudadanos con el estado y como parte de la sociedad, tras esta pandemia?

Apenas hemos empezado a abordar las cuestiones que la pandemia ha planteado respecto a la relación entre los ciudadanos y el Estado. Sin embargo, ésta va a ser la cuestión más importante que determine nuestro futuro: ¿qué tipo de paraguas contra el riesgo proporcionarán los gobiernos, las empresas y la sociedad civil? Desde los primeros grupos de cavernícolas acurrucados en torno al fuego hasta las primeras ciudades-estado, pasando por las naciones y las organizaciones multilaterales de hoy en día, las personas se han unido para compartir las responsabilidades de defenderse del riesgo. La legitimidad de los gobiernos depende de lo bien que protejan a sus ciudadanos, incluso inspirando a sus ciudadanos a hacer su parte para protegerse mutuamente. Hemos visto una amplia gama de opciones políticas y mensajes de riesgo durante la pandemia, relacionados con la salud pública, las redes de seguridad social y otras protecciones. Es muy preocupante ver a grandes grupos de personas que se niegan a protegerse a sí mismos y a los demás rechazando las mascarillas y las vacunas sin razones médicas legítimas para hacerlo. Cuando la situación del virus sea menos urgente, veremos qué cambios se mantienen, cómo evolucionan otros y cuáles vuelven a la media o incluso retroceden.

¿Cree usted que la manera de construir una sociedad civil global es partiendo de que es posible tomar cierto control, al menos parcialmente, de algunos de los riesgos globales?

El sentido de agencia humana –el sentimiento de que cada uno de nosotros tiene el poder de cambiar– es esencial para afrontar los riesgos globales y locales. Cuando la gente siente que no puede crear un impacto significativo, es menos probable que haga algo. Parte del reto de los riesgos globales, como el cambio climático y las pandemias, es que se sienten tan grandes que es difícil imaginar cómo una sola persona puede marcar la diferencia. Pero para resolver estos retos, necesitamos que el mayor número posible de personas hagan lo que puedan, tanto para cambiar su propio comportamiento como para presionar a los gobiernos y a las empresas para que hagan su parte. Necesitamos que cada gobierno, cada organización y cada ciudadano haga su parte. Eso creará un círculo virtuoso de acción positiva.

Para terminar, nos habla mucho del sentido de propósito para situar el riesgo en su justa medida. Incluso Dante tuvo que pedir a Virgilio ser guiado para salir de esa “oscura selva” (pecados, vicios) en la que estaba. En nuestro mundo VUCA, ¿qué o quién sería nuestro Virgilio?

Cada persona tiene que encontrar su propio Virgilio o estrella guía, porque cada uno de nosotros ve su propósito de forma diferente. Así que no hay un único oráculo. El riesgo consiste en tomar decisiones, que a su vez se basan en las prioridades. Cuando tu propósito y tus prioridades están claros, ganas en claridad cuando te enfrentas a decisiones difíciles. En Estados Unidos, por ejemplo, estamos viendo un número récord de personas que dejan sus trabajos. Algunos observadores lo califican de «tomar mayores riesgos». No. Estoy completamente en desacuerdo. Durante la pandemia, la gente ha pasado más tiempo pensando en lo que más le importa –en otras palabras, su propósito– y ha reordenado sus prioridades. También han empezado a ver el riesgo inherente a quedarse quietos.

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