El amor del Papa por América

Mundo · Roberto Fontolán
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21 abril 2008
Era buena la intuición del semanario Time al presentar con una amplia y aguda portada la inminente visita: "Por qué el Papa ama a América". En los seis días del viaje con las únicas etapas de Washington y Nueva York, Benedicto XVI no ha ocultado su amor por los Estados Unidos. Ha elaborado todos sus discursos, incluso los más hostiles; ha sostenido todas las miradas, incluso las más severas.

Es cierto que para Benedicto XVI, América constituye un ejemplo histórico que señalar y destacar. En esta tierra Dios tiene plena y libre ciudadanía. En el discurso introductorio del viaje, había dicho: "Históricamente, no sólo los católicos, sino todos los creyentes, han encontrado aquí la libertad para adorar a Dios según los dictados de su conciencia, siendo al mismo tiempo aceptados como parte de una confederación en la que todo individuo y grupo puede hacer oír su propia voz". La fe no sólo como acto personal, sino como gesto completo en el espacio público, donde tiene plenas posibilidades expresivas y constructivas. Es el principio que el Papa ve traicionado por una Europa que renuncia a su propio pasado y camina en el presente según el principio contrario: la separación. Europa no puede escuchar aún ninguna palabra que tenga que ver con una experiencia religiosa declarada: hace pocos días ha sido rechazada la propuesta de un canal preferencial de asilo para los cristianos iraquíes porque sería como actuar "por razones confesionales", algo que Europa no puede permitir después de bla, bla, bla…

En América no hay muros entre la fe y la vida pública, al contrario. Y esto le gusta al Papa que, poco antes de ser Papa, señalaba como el verdadero antagonismo de la modernidad aquél que enfrenta a los que admiten a Dios en la res publica con los que Lo rechazan. Le gusta la apertura humana, que se refleja en la apertura de la sociedad y de la cultura; le gusta la posibilidad, erigida como fundamento mismo de la nación, de que los individuos, grupos, comunidades, iglesias, contribuyan con igual dignidad y respeto al bien público. Le gusta un sistema que quiere reducir la intervención del Estado para exaltar la fuerza operativa de los cuerpos intermedios. Pero el amor del Papa hacia América no es ciego ni irresponsable. Un amor auténtico no esconde nada y así ha sido en estos días. Al clero y a los obispos el Papa les ha indicado con vehemencia su grave responsabilidad respecto a la tragedia de la pedofilia; a los educadores católicos les ha repetido en casi todo su discurso que el único sentido de su trabajo es la persona de Jesucristo: "Toda institución educativa católica es un lugar en el que encontrar a Dios vivo" (luego ha mencionado la necesidad de asegurar el acceso a la educación para personas de todos los niveles económicos).

Las cansadas Naciones Unidas han sacado provecho del abrazo de Benedicto XVI a América, pues han sido sin duda el centro dramático, más que internacional, de este viaje transoceánico. A pesar del evidente y prolongado desgaste de esta institución, con un discurso de gran importancia, el jefe de la Iglesia ha renovado su credibilidad y confianza, subrayando su principio constitutivo más verdadero (y quizá el más abandonado), la "responsabilidad de proteger", y valorando enormemente el sexagésimo aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (que está pasando inadvertido), "basada sobre la ley natural inscrita en el corazón del hombre y presente en las diversas culturas y civilizaciones". Entre ellos, el derecho a la libertad religiosa, que Benedicto XVI ya había situado en el centro del encuentro en Washington con los líderes de otras confesiones, como si fuera la prueba que revela la calidad del tan invocado diálogo y que en la ONU ha descrito de un modo que no da lugar a equívocos: "Rituales, de culto, de educación, de difusión de información, como también la libertad de profesar o elegir una religión". Y éste no era un mensaje precisamente dirigido a los americanos.

 

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