Dios espera con paciencia al niño que hay en nosotros

Cultura · Klaartje Roegiers
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29 julio 2014
En el seno de una famosa serie llamada “Écrivains de toujours” (en edición de bolsillo) editada en París, figura un librito de apenas 190 páginas, con muchas ilustraciones, de Albert Béguin, Bernanos, de 1954. Sus libros son abismos, hay que leerlos varias veces para llegar a tocar el fondo; he leído varios de ellos y algunos más de una vez, pero nunca había leído un libro que representase así a este gran novelista del siglo pasado.

En el seno de una famosa serie llamada “Écrivains de toujours” (en edición de bolsillo) editada en París, figura un librito de apenas 190 páginas, con muchas ilustraciones, de Albert Béguin, Bernanos, de 1954. Sus libros son abismos, hay que leerlos varias veces para llegar a tocar el fondo; he leído varios de ellos y algunos más de una vez, pero nunca había leído un libro que representase así a este gran novelista del siglo pasado. Por un artículo en una revista, supe de ciertos propósitos de este autor que me impresionaron mucho. Busqué el librito en cuestión, del que se tomaban las citas en dicho artículo, y resultó ser toda una revelación para mí.

Habla de la vida de Bernanos, aunque no se puede calificar como una biografía propiamente dicha. Durante la mayor parte del tiempo, es el propio Bernanos el que habla y, mediante fragmentos de sus novelas, de su diario y de sus cartas, expresa quién es él íntimamente, qué es lo que más le importa y qué es lo que le anima a escribir.

Cuando estaba ya enfermo, seis meses antes de morir, Bernanos anota en su diario, el 24 de enero de 1948: “Él quiere, pero no sabemos lo que queremos, no nos conocemos, el pecado nos hace vivir en la superficie de nosotros mismos, solo entramos en nosotros para morir, es ahí donde Él nos aguarda”. Él espera al niño que fuimos una vez y que hemos olvidado, rechazado, aunque nunca del todo, porque no somos capaces de extirparlo completamente. Dios espera pacientemente a que este niño vuelva a tomar las riendas. Y lo hará si se lo permitimos: “Y sin embargo, llegada la hora, será él quien retomará su puesto a la cabeza de mi vida, reunirá mis pobres años hasta el último, y como un joven jefe con sus veteranos, reagrupando la tropa en desorden, entrará el primero en la Casa del Padre”.

Son los sueños y angustias de su infancia –sobre todo su miedo desmedido a la muerte, a causa de una mala salud–, las rebeliones de su juventud, que dan vida a gran parte de sus personajes: “en cuanto agarro la pluma, lo que se despierta dentro de mí es mi infancia, mi infancia tan normal, tan parecida a la de otros y de la que, sin embargo, tomo todo lo que escribo como una fuente inagotable de sueños. Los rostros y paisajes de mi infancia, todos mezclados, confusos, agitados en este espacio de memoria inconsciente que hace de mí lo que soy, un novelista y, si Dios quiere, también un poeta”.

El universo tal como él lo concibe, señala Albert Béguin, “no se divide entre buenos y malos sino entre los santos, que permanecieron fieles a su infancia, y los infelices, que la perdieron”. Y que, antes o después, “se vuelven hacia ella” e, incluso en los momentos más oscuros de su vida, la echan de menos o la recuperan estando cerca de los “santos” que les rodean.

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