Democracia aburrida, sociedad sana

España · Ricardo Benjumea
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11 marzo 2015
España arranca un apasionante y largo año electoral con las encuestas pronosticando opciones de triunfo para 4 partidos. Nuestro sistema de partidos atraviesa una crisis profunda, aunque no muy distinta a la que afecta a los principales países de nuestro entorno: Francia, Reino Unido… e incluso la siempre estable Alemania.

España arranca un apasionante y largo año electoral con las encuestas pronosticando opciones de triunfo para 4 partidos. Nuestro sistema de partidos atraviesa una crisis profunda, aunque no muy distinta a la que afecta a los principales países de nuestro entorno: Francia, Reino Unido… e incluso la siempre estable Alemania.

En Francia, que celebra elecciones locales los días 22 y 29 de marzo, las encuestas muestran que el Frente Nacional se afianza en la primera posición alcanzada en las europeas y obtendría poco más del 30% de los votos, seguido de cerca por la UMP de Sarkozy, con los socialistas relegados a un tercer puesto, 10 puntos por debajo.

Reino Unido afronta también unas inciertas elecciones en mayo, con la incógnita sólo de hasta qué punto el sistema electoral mayoritario británico corregirá el descalabro histórico de conservadores y laboristas. En 1951, ambos partidos acaparaban el 97% de los votos. En mayo, las encuestas les otorgan a cada uno apenas un tercio. Los liberal-demócratas se desploman, pero irrumpen con fuerza en Westminster los verdes, los nacionalistas escoceses y el temible UKIP, primo hermano del Frente Nacional francés. Si, como parece previsible, no hay una mayoría absoluta, es de esperar que los nuevos partidos vendan muy caro su apoyo.

La situación británica es, en ese sentido, más parecida a la de España (los novatos están obligados a marcar diferencias y a hacerse notar) que a la de Alemania, donde la erosión de los dos grandes partidos se inició hace varias décadas y va avanzando muy lentamente. Desde que Angela Merkel desalojó a Gerhard Schröder, el foco venía poniéndose en los socialdemócratas, pero ahora es la CDU la que muestra preocupantes síntomas de crisis. La estrategia de la canciller de “modernizar” o “centrar” a los democristianos fue provocando, en pasados comicios, un aumento lento pero sostenido de la abstención entre las bases tradicionales del partido, singularmente el electorado católico. Pero esta erosión quedaba mitigada por la incomparablemente peor situación del principal rival. Las elecciones al Land de Hamburgo de febrero apuntan ahora la posibilidad, sin embargo, de que la CDU esté empezando a sufrir una peligrosa hemorragia de votos, que ya no se quedan sólo en la abstención, sino que emigran hacia los demás partidos.

Con un 15,9%, la CDU obtuvo el peor resultado de su historia en Hamburgo (21,9% en 2011). Los democristianos lograron 560 mil votos; perdieron unos 8 mil, que fueron a parar al SPD (el centroizquierda revalidó su victoria con el 45,6%). Otros 9 mil antiguos votantes conservadores se marcharon hacia los liberales del FDP, que regresan al parlamento regional con un digno 7,4%, un aviso a quienes daban ya a este partido por muerto. Y otros 8 mil votos se le escaparon a la CDU hacia Alternativa por Alemania, formación conservadora y euroescéptica que claramente se va afianzando. De los grandes partidos, el único que no obtuvo un significativo trasvase de votos democristianos fueron los Verdes, pero tampoco esto supondría a estas alturas ya una gran novedad en Alemania. En Baden-Württemberg, tercer Land en población y riqueza del país, los eco-pacifistas no hubieran podido alcanzar el poder sin el espectacular trasvase de votos democristianos en las últimas elecciones.

Crisis de identidad

¿A qué se deben todas estas convulsiones? El impacto de la crisis económica y la tremenda inseguridad en la población –e incluso ansiedad– que provoca la incertidumbre generalizada sobre el futuro son causas a las que es posible atribuir un impacto significativo, pero sobre las que difícilmente es posible ejercer un control.

Otro factor importante es la crisis interna de los partidos. Está, por un lado, su indefinición ideológica y su pérdida de credibilidad, y tenemos, por otro, la corrupción. Con respecto a lo segundo, la experiencia de Italia demuestra que un sistema partidista corrupto puede saltar por los aires, y unos años después, recomponerse de forma estable. El caso de Israel, por el contrario, enseña que la inestabilidad se puede instalar como parte “estable” del sistema.

En cuanto a la crisis de identidad de los partidos, estamos claramente, más que ante un problema endógeno de la política, ante un aspecto singular más de un fenómeno generalizado hoy en la sociedad. Cameron, Merkel o Rajoy, por citar a tres políticos conservadores, son hijos de su tiempo, ni más ni menos. Frente a su estilo de liderazgo gris, algunos anhelan hoy liderazgos fuertes y carismáticos, con respuestas claras y rotundas frente a los desafíos del momento presente. Ésta es una de las explicaciones al auge de los populismos, que ofrecen un puñado de certezas muy simples (falsas, pero seductoras para importantes sectores de la población) en un contexto marcado por una profunda desorientación social, personal, familiar…

Visto así, el problema no son los liderazgos grises. No en sí mismos. Líderes grises e incluso débiles deberían, de hecho, ser una gran aspiración en una sociedad fuerte, que básicamente demandara de sus gobiernos que se dedicaran a construir carreteras y a corregir las desigualdades económicas.

La política, en democracia, debería ser siempre estable y aburrida. Sin grandes sobresaltos. Porque cuando la política empieza a convertirse en un asunto apasionante, suele ser síntoma de que algo marcha mal en la sociedad.

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