De Franco a la globalización

Mundo · Ángel Satué
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27 diciembre 2016
Los líderes de los partidos españoles son todos niños más o menos formales y aplicados, de clase media, acostumbrados a perseguir balones imposibles en un patio de colegio, todos a una, a la melé, entre cuatro muros bien altos.

Los líderes de los partidos españoles son todos niños más o menos formales y aplicados, de clase media, acostumbrados a perseguir balones imposibles en un patio de colegio, todos a una, a la melé, entre cuatro muros bien altos.

Incluso los políticos que la propaganda llama antisistema –para beneficio de la polarización social– también forman parte en su mayoría (o aspiran a estar) de esa amplia clase media española creada por el franquismo, que lo soportó hasta su lecho de muerte, para más tarde superarlo y tunearlo como opción político-cultural-sociológica ya en democracia.

Se nos ha dicho como un mantra que la clase media es la única clase capaz de sustentar una democracia. Se olvida además que ésta, en España, comenzó a ampliar su base social durante la dictadura, por un esfuerzo consciente del estado. El sistema franquista manejaba un concepto de clase social economicista que buscaba, en mi opinión, ordenar la sociedad hacia la estabilidad, lo previsible, la seguridad en todos los órdenes, el orden y la paz social, lo que implicaba, y de hecho implicó, progreso del bienestar. Esto explica los bajos niveles de asociacionismo y participación política en España.

¿Dónde queda la libertad y la persona en esta ecuación? No están porque sencillamente no son necesarios para medir el progreso en términos de un cierto bienestar, cuando es el estado el que se encarga de buscar el bienestar necesario para la estabilidad social. La persona no es necesaria, no es el fin del estado, sino un medio para la estabilidad.

Por tanto, puede convenir que las personas, ante promesas de progreso del bienestar y de seguridad total, o totalizante, incluso en democracia, olviden el gusto por el ejercicio de su libertad y el goce del disfrute de un sistema de libertades occidental. Más si cabe en nuestra democracia, que está fuertemente imbuida de los principios estatalistas y paternalistas del estado franquista.

Aquí hay un riesgo para la libertad, que no se ha dado en todas sus posibilidades en los 38 años que llevamos de régimen democrático. Sin embargo, junto a cierto bienestar, la estabilidad de la sociedad española y del estado también se sustenta, y mucho, en la homogeneidad cultural, ideológica, religiosa, en valores, social, educativa, económica y racial de la clase media española y, en general, de todos los españoles.

Además, todos, absolutamente todos nuestros políticos con mando y plaza, son deístas del estado, antes centralista y franquista, ahora social y autonómico. Todos representantes de la clase media homogénea española. Unos forjados en el franquismo, otros modelados en democracia a la imagen de la clase media franquista. Unos disfrutan de las mieles del sistema desde los años 50, 60 y 70, otros aspiran a darle un toque original, pero en la línea.

Sucede, sin embargo, que el estado comienza a ser superado por una pujante red de nuevos actores globales (comerciantes, ongs, religiones, multinacionales, funcionarios internacionales), así como por retos globales (terrorismo, epidemias, catástrofes, cambio climático, crisis, migraciones, turismo) que van conformando un nuevo mundo. El mundo es global para una nueva clase global, cuyas decisiones afectan al conjunto de personas que aún piensan y actúan en local, como los políticos españoles, y los propios españoles.

Esta nueva situación supone un reto para la definición del papel del estado, y también para liberales e intervencionistas. Es decir, el estado está en pleno proceso de redefinición dejando atrás el estado – nacional, surgido de la Paz de Westfalia del siglo XVII, por una nueva tecnología institucional sin perfilar.

El paradigma ha cambiado. El estado no puede aspirar ya a ser homogéneo, ni a tener una amplia base social homogénea ni mucho menos a generar un bienestar suficiente para la estabilidad. Es lo que tiene que la clase media mundial se haya incrementado. Somos más y tocamos a menos.

¿Estamos preparados para conjugar menos homogeneidad social, mayor diversidad en los barrios, menor bienestar garantizado y menos seguridad por mayor globalización? ¿Y el estado?

El Papa Francisco el pasado 6 de mayo de 2016, al recibir el Premio Carlomagno, nos da una clave: se trata de lanzar procesos de integración y transformación, abordando una cultura del diálogo, del encuentro, que se basa en la libertad de actuar.

Por tanto, estos retos nos hablan de salir al encuentro de todo hombre y sus heridas, comunes en toda raza, religión y cultura. Y se trata de ver lo que sucede cuando se abraza la dignidad del que viene de lejos, cuando se abraza el problema del que vive cerca, cuando se abraza la celebración y la pena del nuevo y viejo vecino, y cuando no se espera al estado a hacer todo esto, sea la que sea la forma que adopte este.

¿Revolucionarios los de Podemos? Mire usté, antiguos. Desacomplejado, el Papa.

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