Cuando el mal parece vencer

Mundo · José Luis Restán
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19 julio 2016
Este fin de semana he tenido la oportunidad de participar en varios coloquios con el abad general de la Orden Cisterciense, P. Mauro Giuseppe Lepori, que ha pasado unos días en España. En un momento dado le pregunté sobre el temor que nos causan acontecimientos como el terrible atentado de Niza, o la desazón de ver que la Iglesia pierde vigor en Europa (esa Europa que creció al calor de los monasterios benedictinos). 

Este fin de semana he tenido la oportunidad de participar en varios coloquios con el abad general de la Orden Cisterciense, P. Mauro Giuseppe Lepori, que ha pasado unos días en España. En un momento dado le pregunté sobre el temor que nos causan acontecimientos como el terrible atentado de Niza, o la desazón de ver que la Iglesia pierde vigor en Europa (esa Europa que creció al calor de los monasterios benedictinos). Le confesé que algunas mañanas, tras la obligada lectura del periódico, me invade un malestar de la razón y un miedo ante el futuro, como si la tentación de la desesperanza acechara también entre quienes vivimos, aunque sea torpemente, de la fe. Me parecía pertinente preguntar al superior de una de las órdenes monásticas más importantes sobre la esperanza, la “pequeña esperanza” que diría Péguy, la más “difícil” de las virtudes, que para caminar necesita ir sostenida por sus hermanas mayores, la fe y la caridad. Así que le pregunté cómo vive él este desafío, también cuando mira las estadísticas de su Orden en la vieja Europa, o cuando se despierta bajo el mazazo de una noticia como la que nos llegó de Niza la pasada semana, y uno siente, por un momento, que el mal vence.

El P. Lepori comenzó recordando que cuando San Benito murió no podía tener idea de lo que el movimiento benedictino sería más tarde para Europa. En ese sentido, él no tuvo lo que podríamos llamar un “proyecto europeo”. De hecho, los pocos monasterios que estaban en pie cuando murió desparecieron casi todos. Así que su esperanza nunca pudo radicar en el esplendor de su obra. La esperanza cristiana no se apoya en el análisis de los hechos que tenemos delante, que en todo caso, afirmo yo, tendremos necesariamente que hacer. Por ejemplo, una proclama como la realizada por el presidente Hollande tras el horror de Niza, afirmando que el Estado no será vencido por el terror, no es la expresión de la virtud de la esperanza, es un voluntarismo, o todo lo más un cálculo de probabilidades y una expresión de buenas intenciones para mitigar el miedo.

Nuestra esperanza radica en que Cristo ya ha vencido y ha redimido al mundo. No sabemos cómo se desarrollará la historia, no podemos saber en qué forma y en qué tiempos Cristo tomará posesión de todo. Pero a través del testimonio de la resurrección que llega hasta el presente, a través de Su presencia actual en medio de su Iglesia, a través del cambio que realiza en aquellos que le acogen y le siguen, sí podemos tener experiencia concreta de que Él vence. Vence incluso dentro de circunstancias que resultan trágicas, como muchas de las que marcan esta hora de la historia. Eso es lo que nos permite atravesar la apariencia de que el mal vence y tiene la última palabra.

El abad Lepori dijo que nuestra gran tarea es ofrecer hoy al mundo lo que denominó “la caridad de la esperanza”, el testimonio de esta victoria misteriosa pero real de Cristo, que atraviesa todas las apariencias y que permite seguir presentes en medio de nuestro mundo tal como es. San Benito y sus monjes fueron ante todo testigos de la misericordia de Dios que es la verdadera novedad, el auténtico límite impuesto al mal (que también en su tiempo resultaba obsceno y prepotente), el principio de una construcción que se levanta una y otra vez, como tantas veces hemos visto en la dramática historia europea.

Tras escucharle me vinieron a la mente estas palabras de Joseph Ratzinger en una de sus homilías de Pentling: “No nos corresponde aclarar cómo terminará la historia… es estrictamente cierto que desde la pequeña y parcial perspectiva de nuestra vida, no podemos ver y comprender todo. La tarea que nos ha dado el Señor es otra: ¡no elucubrar, sino vivir! Vivir en la confianza, que quiere decir conducir nuestra vida delante de Él y, hasta donde sea posible, ayudar a los otros a conducir la suya, del mismo modo que ellos nos ayudan a llevar la nuestra”.

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