Cuando calla la voz

Editorial · Fernando de Haro
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23 abril 2022
Siempre vuelve la voz. Esa voz conocida de los intelectuales nuevos y viejos, de los clérigos viejos y nuevos, de los moralistas, de los revolucionarios que ahora son conservadores y de los conservadores que ahora son revolucionarios.

La voz te dice que hay que buscar la “tercera vía”, que el todo es la síntesis de las partes (es conveniente que cada parte renuncie a algo), la voz de la equidistancia, la voz del justo medio. Es la voz que en el colegio nos decía que con esfuerzo se podía alcanzar una virtud y que, alcanzada esa virtud, habría orden. Porque se trataba y se trata de ser un hombre ordenado, sin excesos. Y cuando te decían eso, todos los errores, todos los malos pensamientos, todas las omisiones quedaban como un material de desecho. Como si todos aquellos pecados no sirvieran para nada (feliz culpa). Como si todo aquello no sirviera más que para pudrir las heridas, infectarlas y generar un escepticismo granítico. ¿Te acuerdas de cuando te decían que no había que hacer esto o aquello para que no se dividiera la clase, para que no se dividiera la familia? Había que mantener el orden. Repito: al todo por la suma de las partes. Eso sí, antes hay que pulir cada parte para que encaje en el todo. Pero luego la suma nunca sale. Luego solo hay poder. Luego solo hay un todo como la nada porque es político.

Hay que dejar las cosas en el justo término, dice la voz. Y no es necesario ponerse dramáticos, siempre hay cosas bonitas de las que se puede hablar, siempre se puede disfrutar de una buena cena donde brille la amistad. Es lo que te dice la voz. Pero luego te vas a la cama y te vuelves a levantar más solo que un perro.

Para mantener el orden, para no dividir a la clase, para no echarse a perder hay que poner un cierto límite al deseo, hay que vigilarlo. Hay que consultar a los intelectuales, a los moralistas, y preguntarles si el deseo está siendo administrado en su justa medida. Ellos saben y conviene obedecerles porque te puedes estar equivocando. Hay que tener cuidado con la soberbia que te hace pensar que llevas razón, te dice la voz. Moderación. El deseo está muy bien, te dice la voz, te dicen los viejos revolucionarios que ahora son conservadores o los conservadores que ahora son revolucionarios. El deseo es un don de la naturaleza pero hay que atemperarlo porque los tiempos son oscuros. Y puedes acabar dedicándote a la poesía, al poliamor, puedes querer cambiar de sexo, abandonar para siempre el sexo, o puedes acabar enamorándote de alguien del otro sexo sin tener dudas, con la certeza indiscutible de que esa es la persona a la que quieres. Cuidado, dice la voz. Siempre hay someterse al buen criterio de quién sabe. Te dirá a quién deseas. Hay personas que conocen el misterio de la vida, tú no. No dividas la clase, no desees mucho y no desees sin consultar a los expertos. Pule la parte para que sea posible un todo armónico, bonito, inatacable, dice la voz.

Pero por mucho que la voz nos hable a todas horas del día no puede impedir que, de pronto, uno se desordene y no quiera saber nada del justo término. Siempre estamos sometidos a extrañas emboscadas que dan al traste, que hacen imposible, el equilibrio planificado. Casi sin decidir, escuchando las noticias de las fosas comunes en Mariupol, piensas y sientes que quieres justicia, una justicia aparentemente inalcanzable. Casi sin decidir, el mal gesto del jefe te hace verte menospreciado y quieres reparación. Casi sin decidir, estás pasando la tarde en redes sociales y sabes que estás perdiendo mucho el tiempo y sabes que el nuevo poder, el poder del capitalismo digital ha atrapado tu atención y aparece una insatisfacción que no hay manera de gobernar. Y entonces la voz del orden, la voz del justo término, queda derrotada. Porque tú, casi sin decidir, pero decidiendo, sabes que no quieres el consejo “de los que saben”. No quieres que haya equilibrios, quieres que haya justicia, quieres que el tiempo perdido vuelva, de otro modo, sin el aliento podrido del hastío. Y estás dispuesto a remover el mundo entero para encontrarlo.

Otras veces la cosa es diferente. La emboscada tiene la forma de una alegría sencilla: una canción escuchada en los pasillos del metro, un alumno al que le brillan los ojos porque quiere ser un buen periodista, alguien que dice la verdad, una sonrisa de un mendigo, un trabajo bien hecho. Esas emboscadas son peligrosas porque te invade una añoranza, una melancolía y una nostalgia que ningún justo medio puede silenciar.

Pero todavía hay una emboscada con más riesgo. La de unos ojos que te miran con una ternura que nunca habías imaginado. No hay en ellos reproche, ni exhortaciones morales. Te miran y tú dices: ¡es esto, es esto! No lo habías pensado antes pero te das cuenta de que era lo que estabas esperando: esa inteligencia, esa capacidad de querer, de hacerse cargo de todo. Y entonces la voz calla porque, casi sin decidirlo, quieres vivir en el exceso, en el exceso de esa mirada. Sabes que lo que ha pasado no es “naif”, sabes que no tienes que consultar con nadie, sabes que en esa parte está todo.

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