Chicago, con las manos en alto

Sociedad · Federico Pichetto
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22 abril 2021
Otro video sacude América. Un policía mata en Chicago a un joven de trece años. La enésima tragedia que muestra en qué nos hemos convertido

Otro video sacude América. Un policía que sigue a un joven de 13 años, le pide que pare y él, tras un torpe intento de huir, al final se rinde con las manos en alto. Pero justo en ese momento, al ver un revólver que en el video parece no estar, el agente dispara y mata al chico. Estamos en Chicago, esta vez no se trata de racismo ni de medidas represivas sino directamente de abuso por parte del agente, con unas imágenes que la propia policía no solo no ha querido censurar sino que ha difundido casi a modo de disculpa.

Pero esas imágenes no solo muestran un pedazo de sociedad que desde nuestros salones burgueses europeos cuesta mucho llegar a describir, son el eco de algo más profundo que tiene que ver con todos nosotros, con nuestra capacidad para elegir qué hacer de entre todo lo que percibimos y sentimos. Las primeras décadas de este siglo han impuesto a Occidente una dinámica completamente nueva que no prevé soluciones de continuidad entre lo que percibimos y lo que después hacemos en consecuencia. El impulso ha sustituido al pensamiento, el miedo se ha apoderado de la reflexión, la emotividad ha ocupado el lugar del silencio. Si vemos una pistola, disparamos; si sentimos un escalofrío, traicionamos; si nos apetece, actuamos; si vemos un final que no nos gusta, nos indignamos. La periodista italiana Guia Soncini ha publicado un libro titulado “La era de la susceptibilidad”, indicando en ese breve e inquietante proceso psicológico la alternativa al razonamiento, a la necesidad que tenemos de ponderar y discernir antes de actuar.

La pandemia ha intentado imponernos tiempos nuevos en nuestros procesos de decisión, pero en un mundo que arde y se consume, eso se percibe como una violencia extenuante, hasta el punto de que, tras el famoso “querer volver a vivir como antes”, se esconde sobre todo la exigencia de querer volver a la velocidad de antes, cuando no hacía falta rumiar tanto antes de decidir y actuar.

En realidad, en el intervalo que seamos capaces de introducir entre lo que nos empuja y lo que decidimos hacer, se construye y se forma la osamenta de toda nuestra personalidad. El agente de Chicago probablemente no contará con atenuantes para su comportamiento, pero sin duda es un hijo de su tiempo, de una humanidad que se ha vuelto incapaz de esperar y dejarse sorprender. Y por eso cada vez es más mezquina y capaz de hacer daño. Y de matar.

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