Entrevista a Marta Cartabia

Aprender de nuevo a estar juntos

Entrevistas · Nuno da Silva Gonçalves - Simone Sereni
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23 junio 2024
En esta entrevista Marta Cartabia responde a gran variedad de temas: el compromiso personal a nivel académico, la guerra en Ucrania, el futuro de Europa, los retos a los que se enfrenta la Iglesia en nuestro tiempo, los problemas de la juventud o la violencia sobre las mujeres.

Al comienzo de nuestro encuentro, la profesora Marta Cartabia se apresuró a señalar que no se sentía como un «personaje». Y así lo confirmó la fluidez de nuestro diálogo con ella en Villa Malta, sede de La Civiltà Cattolica, mientras respondía a las preguntas con franqueza, sencillez y la claridad de una experimentada profesora universitaria. En el transcurso de una conversación amplia, la profesora no rehuyó ningún tema, aunque consideró «muy difícil» una de nuestras preguntas. Su franqueza nos permitió sondear una gran variedad de temas: el compromiso personal a nivel académico y público; las amenazas a la democracia; las propuestas de reforma constitucional sobre la mesa en la Italia de hoy; la guerra en Ucrania y el futuro de Europa; y, por último, los retos a los que se enfrenta la Iglesia en nuestro tiempo, los problemas de la juventud y la reflexión sobre la violencia en la sociedad, en particular sobre las mujeres.

Nos llamó la atención la frecuencia con la que se refirió a la necesidad, a todos los niveles, de participar y compartir proyectos comunes que puedan incidir en los problemas concretos de la vida de las personas. Concretamente, en sus palabras, «se trata de volver a aprender a estar juntos, incluso entre orientaciones que no son necesariamente cercanas». Del mismo modo, cabe destacar la importancia que concede al papel de los profesores en la formación de los jóvenes. Y sobre los jóvenes, sus observaciones reflejan un contacto directo y un sentimiento de confianza: «buscan estilos de vida y caminos auténticos, no se dejan influir por modelos heredados». Por lo tanto, «démosles espacio y escuchemosles […], porque me parece que estos jóvenes, a pesar de sus dificultades, tienen las antenas para entender dónde encontrar puntos de referencia».

Agradecemos a la profesora Cartabia su disponibilidad y compartimos gustosamente con nuestros lectores nuestro diálogo con ella.

Profesora Cartabia, su ‘curriculum’ académico y profesional es del más alto nivel. Destacan su elección como Presidenta del Tribunal Constitucional (la primera mujer en Italia que ocupa este cargo, de diciembre de 2019 a septiembre de 2020) y su participación en el Gobierno Draghi, como Ministra de Justicia. Si tuviera que presentarse en pocas palabras, ¿qué diría de sí misma? ¿De dónde viene y a dónde va Marta Cartabia?

Me parece que mi vida ha sido completamente normal. Entiendo que algunos puestos pueden dar lugar a un sentimiento de excepcionalidad, pero las cosas se han desarrollado de una manera que me parece absolutamente normal. Provengo de una familia de clase media, firmemente arraigada en el catolicismo lombardo. Fui, si se quiere, una estudiante apasionada. Verdaderamente excepcionales en mi vida han sido los encuentros con los maestros que he tenido, tanto en la universidad como en la vida. Maestros a los que seguí porque me pareció que tenían un camino interesante que proponerme. Si algo fuera de lo común ocurrió en mi vida, se debió a estos encuentros especialmente significativos. Por lo demás, nada estaba pensado ni planeado. Es la trama de una vida que se ha desarrollado hasta ahora siguiendo oportunidades, encuentros y pasiones.

«Para mí sigue siendo decisiva la relación con los que tienen más experiencia, con los que tienen más madurez y trazan nuevos caminos a seguir»

Entre los maestros a los que se refiere, ¿hay alguno que le gustaría recordar? ¿Y por qué aspecto en particular?

Me limitaré a recordar a los maestros del principio: Valerio Onida, constitucionalista del Ateneo milanés, de quien aprendí lo que puede significar trabajar por una justicia con rostro humano; y Joseph Weiler, internacionalista de la Universidad de Nueva York, de quien aprendí el gusto por cruzar fronteras y la apertura al otro, a la diversidad.

Si tuviera que seguir, la lista sería muy larga, porque para mí sigue siendo decisiva la relación con los que tienen más experiencia, con los que tienen más madurez y trazan nuevos caminos a seguir: como Virgilio para Dante.

Las democracias occidentales parecen vivir desde hace tiempo una deshilachada y lenta crisis de forma y de fondo. Teniendo en cuenta la época en que se formaron y el contexto actual, ¿cuáles cree que son sus principales debilidades? ¿Y cuáles son las amenazas más graves para una vida plenamente democrática?

Veo, entre otros, un problema fundamental: la extrema polarización y fragmentación de la sociedad, y especialmente entre los actores políticos. La democracia tiene en sí misma una vocación natural de competición entre sujetos diferentes: un gobierno democrático nace de una competición electoral; presupone un agonismo entre sujetos con visiones del mundo diferentes. En sí mismo, ese agonismo no es un problema, sino todo lo contrario. El problema surge cuando la competición degenera en enfrentamiento de partidarios, en conflicto permanente, en disensión deliberadamente cultivada que conduce a la incapacidad de unirse, de compartir proyectos comunes, incluso desde puntos de vista diferentes.

«El punto de crisis fundamental es esta incapacidad para discutir contenidos y construir proyectos comunes»

Tal vez esto se haya visto facilitado por la crisis y la pérdida de protagonismo de los actores mediadores tradicionales. Quizás también por la exasperación que aportan a la narración política los nuevos medios de comunicación, que producen una hipersimplificación de las posiciones, debido a la cual se pierden los matices que podrían convertirse en elementos de entendimiento mutuo y, por tanto, en puntos de encuentro. A estos factores se añade quizá también la pérdida de la finalidad principal de la política, que es la construcción de proyectos para el interés general, y no sólo para la afirmación del propio bando. El punto de crisis fundamental es esta incapacidad para discutir contenidos y construir proyectos comunes, incluso desde posiciones diferentes.

La situación de los países que luchan por formar gobierno es cada vez más generalizada. Si miramos fuera de Italia, vemos España, Polonia, Israel -incluso antes de la guerra-, Alemania, Bélgica… Hay una gran dificultad para permanecer juntos. Es una cuestión cultural y social, antes que política, pero sin el reconocimiento del valor del otro para la construcción común, la democracia no se sostiene.

Acabo de leer la noticia de la publicación de un libro que contiene una extensa correspondencia entre Pietro Nenni, socialista, y Aldo Moro, democristiano: más de 300 cartas, tarjetas y telegramas, que dan testimonio de su relación política y personal, aunque sus puntos de vista difirieran. Tal vez sea necesario detenerse en estos testimonios para redescubrir el valor de la relación con la diversidad.

Recientemente, entre las amenazas a la democracia, usted ha señalado en particular la del abstencionismo, del que sólo se habla en los días de comentario de las elecciones y poco más. En Italia, ha aumentado alrededor de un 30% desde 1976. ¿De qué cree que se «abstienen» los italianos, aparte de las urnas? ¿De qué se apartan? ¿Cuáles son los remedios prácticos, y quién está llamado a ponerlos en práctica?

Desde hace algún tiempo, el partido ganador de las elecciones es el que no vota. Y la tendencia va en aumento, sobre todo entre los jóvenes. Me llama mucho la atención el contraste con los orígenes, en la época del nacimiento de la República italiana. Hay una película preciosa de Paola Cortellesi, C’è ancora domani (Todavía hay mañana), que cuenta bien el significado de aquel 2 de junio de 1946. Para acudir a las urnas -con aquellas largas colas en los colegios electorales, y para las mujeres era la primera vez- la gente se preparaba como para una cita importante, largamente esperada. La gente iba a votar creyendo que estaba haciendo un gesto que podía afectar e incluso cambiar el destino de su vida personal. Tengo la sensación de que la desafección hacia la política, y por tanto también el abstencionismo, implican una desilusión con la capacidad de la representación política para intervenir en los problemas concretos de la vida de la gente. Es algo así como decir: «No encuentro a nadie con quien me sienta representado, pero al final poco importará que gane el partido A o el partido B». Todos harán lo mismo. Y todos harán una política que no sabe hacerse cargo de los problemas que aquejan a la gente.

Quizá podríamos decirlo así: los votantes se están desvinculando de la política, porque la política primero se desvinculó de ellos.

La sensación es que hay una tendencia a retirarse de los lugares de mediación incluso a un nivel más básico y cercano a la gente, como una asamblea de condóminos o los consejos de clase en las escuelas…

Sí, lo percibo sobre todo en la generación más joven. Para mi generación, estar presente en todos los diversos «parlamentos» de la vida común, en los lugares de participación era atractivo, porque estábamos animados por un gran deseo de cambiar las condiciones sociales. Tal vez, como decíamos, hoy exista un sentimiento de desilusión con la política, pero, en el caso de los jóvenes, creo que también existe el peso de cuestiones existenciales que presionan con mayor urgencia y dramatismo.

«El populismo ahoga la pluralidad y tiene tendencia a ocupar todos los espacios de poder»

¿Sigue siendo el populismo una amenaza real para la democracia, o es un movimiento «institucionalizado»? ¿Cómo lo definiría?

Es un fenómeno que se extiende y es muy preocupante. También está en la raíz de algunos de esos problemas con la democracia de los que hemos estado hablando, así como de la desafección de la gente hacia la participación pública. El populismo es una caricatura, una reducción de la democracia. Se han dado muchas definiciones del fenómeno, pero el elemento central del populismo -que puede ser de derechas o de izquierdas- es la presencia de un líder o un partido que se ve a sí mismo como el único intérprete de la voluntad del pueblo. A veces esta fuerza política expresa una mayoría, pero en muchos casos, también a causa del abstencionismo, es la expresión de una minoría más fuerte que las demás. El populismo ahoga la pluralidad; y, tras una victoria electoral, tiene tendencia a ocupar todos los espacios de poder: el populismo es la antítesis del pluralismo del que se nutre la democracia. En un país libre, el pueblo no habla con una sola voz, sino que está formado por una multiplicidad, y la voluntad general es el resultado del trabajo conjunto para llegar a un acuerdo. Por eso el populismo puede considerarse una degeneración de la democracia: porque pierde el sentido del otro y porque pierde el sentido del límite del poder. Hoy, el populismo no se presenta bajo las formas que hemos conocido en el pasado con los totalitarismos agresivos y opresivos de la primera mitad del siglo XX. Es más sutil, pero genera una pérdida de espacios de libertad que apenas se siente. No es casual que sea muy intolerante con el constitucionalismo y la justicia constitucional, porque las constituciones -y los tribunales constitucionales que son sus guardianes- sirven precisamente para eso: para poner límites al poder de la mayoría sobre la base de valores compartidos. El gran Costantino Mortati, uno de nuestros padres constituyentes, escribió que «la concordia discors, sobre la que descansa todo orden democrático y promueve su pacífico desarrollo, presupone una conciencia constitucional generalmente difundida, ya que es de ella de donde la dialéctica de los contrarios encuentra, junto con su alimento, el sentido de sus propios límites».

Reformas institucionales y revisión constitucional. El debate sobre el llamado «premierato» se ha reabierto en Italia. Las democracias cansan, a algunos les parecen ineficaces y se intenta hacerlas más pragmáticas: ¿cuáles son los riesgos y cuáles las oportunidades?

Personalmente, he insistido repetidamente en el hecho de que la necesidad de la que parten algunas de las propuestas de reforma puede ser compartida. No se puede negar la necesidad de abordar la cuestión de la inestabilidad gubernamental, que es un problema real. En 76 años de democracia, hemos tenido 68 gobiernos. Esto significa que la duración media de un gobierno apenas supera el año, con 31 gobiernos que ni siquiera han llegado al año. Esto hace más difícil abordar políticas a largo plazo. Esta inestabilidad consume mucha energía en las altas esferas del gobierno, y hace perder mucho tiempo en las transiciones: tiempo que podría utilizarse para resolver problemas en la vida de la gente. Esta situación no es buena y debe abordarse.

La verdadera cuestión es si las propuestas que están sobre la mesa son capaces de ofrecer una solución al problema. Apuntan a la elección directa del presidente del Consejo de Ministros, con un sistema electoral aún por definir, pero que debería contar con la mayoría de votos dentro de las Cámaras. Es decir, se confía en la fuerza del líder para dar estabilidad. Se trata, en mi opinión, de una elección muy discutible, porque si el problema es la inestabilidad de las coaliciones, la cuestión vuelve a ser la de preparar dispositivos institucionales que apoyen la capacidad de gobernar juntos incluso cuando las orientaciones divergen. Confiar la resistencia y la durabilidad de un gobierno a la capacidad del líder es, en mi opinión, una simplificación muy arriesgada.

Entre otras cosas, al hacerlo se vacía de contenido el papel del Presidente de la República, que ha sido fundamental en la historia reciente de nuestro país. Es cierto que la reforma no afecta formalmente a los poderes del Jefe del Estado, pero con la centralidad otorgada a la figura del Primer Ministro, se vacían de hecho los dos poderes más importantes del Presidente: el de nombrar un nuevo Primer Ministro, para que pueda formarse un nuevo Gobierno en caso de crisis, y el de disolver las Cámaras.

También me gustaría señalar que nuestros gobiernos son inestables, es decir, duran poco, pero no son en absoluto débiles. Desde hace mucho tiempo han encontrado la manera de tomar decisiones incluso de manera puntual, especialmente mediante un uso muy frecuente de los decretos-leyes. No hay ningún obstáculo para la toma de decisiones. Y no a partir de ahora. El instrumento para dar poder al gobierno, que fue diseñado para situaciones excepcionales, y del que muchos gobiernos también han abusado a menudo, está ahí. El Parlamento, como lugar donde se hacen las leyes y las reformas, está en crisis. El Gobierno anticipa las decisiones con el decreto-ley y el Parlamento luego las confirma, posiblemente modificando algunos pequeños aspectos, y se ha perdido la alteridad entre Gobierno y Parlamento.

«Con la inestabilidad de los gobiernos se están perdiendo las políticas a largo plazo»

Por otra parte, lo que se está perdiendo con la inestabilidad de los gobiernos son las políticas a largo plazo, es decir, aquellos problemas, como la cuestión demográfica, la cuestión educativa o el cambio climático, que sólo pueden abordarse en un plazo amplio. ¿Quién aborda estas cuestiones? En estos ámbitos, las reformas sólo se hacen porque existe un contexto europeo, un marco institucional que impone una limitación y un estímulo externos a la iniciativa. De ahí la importancia de la participación en el sistema europeo.

Este tema de la dificultad de estar juntos vuelve a aparecer en sus palabras. Desde un punto de vista jurídico e institucional, ¿ha identificado un momento, un hecho histórico que haya provocado definitivamente esta fractura?

Sí, en mi opinión este factor se puede identificar en el momento en el que empezamos a enamorarnos de las democracias mayoritarias, es decir, con el final de la llamada «Primera República», que, además, se produjo por una serie de fenómenos que fueron de todo menos encomiables. La corrupción surgida en aquellos años fue la causa justa del cierre de una época. En aquella época -con las reformas electorales de principios de los noventa, y varios intentos de reformas constitucionales que nunca se aprobaron- empezamos a enamorarnos de la idea de simplificar el sistema político en torno a sólo dos grandes sujetos que compitieran entre sí. En realidad, esta simplificación nunca se ha producido, porque nuestras mayorías siempre han estado formadas por coaliciones y, por tanto, nunca ha desaparecido esa conflictividad, incluso dentro de las fuerzas mayoritarias, que produce inestabilidad en el gobierno. Lo que sí se ha perdido es la capacidad de mediación y la necesidad de buscar objetivos comunes.

Toda la era política que se inició con el final de la Segunda Guerra Mundial y el proceso constituyente vio fuerzas políticas que no tenían menos motivos de división que las que surgen hoy, sino todo lo contrario. Incluso la Declaración Universal de los Derechos Humanos fue redactada por los protagonistas de un mundo que se dividía entre las dos superpotencias. La propia Europa nació tras una guerra, y sin embargo el proyecto europeo logró que países vencedores y vencidos se sentaran a la misma mesa. Esa capacidad de «hacer prevalecer lo que nos une sobre lo que nos separa» se perdió en pos del modelo mayoritario, que, por otra parte, nunca ha llegado a realizarse en nuestro país.

Por tanto, ¿el modelo mayoritario y la polarización son fenómenos relacionados?

En mi opinión, sí; con exasperaciones recientes, debidas también al modelo de comunicación de los nuevos medios, que ha favorecido la polarización, y con la exasperada acentuación del papel de los líderes. Las nuevas tecnologías, como sabemos, tienden a encerrar a la gente en sus propios grupos de referencia, en esas famosas cámaras de eco donde la gente sólo busca a los que piensan igual.

La guerra de Ucrania ha vuelto a urgir a Europa a ir más allá de la integración económica financiera. ¿Qué camino jurídico ve posible? ¿Cómo reformar los procesos de toma de decisiones, teniendo en cuenta una posible nueva ampliación?

Como ha ocurrido a menudo en la historia de Europa, los momentos de crisis han coincidido con pasos adelante en términos de cohesión. Pensemos en la fase pandémica, con el reparto unitario de vacunas, el PNR y los demás planes de financiación. Incluso ante la crisis ucraniana, la respuesta europea fue bastante unitaria. Lo que vemos es que en la escena internacional Europa necesita cada vez más hablar con una sola voz, sobre todo ante todos los conflictos y desafíos geopolíticos. Para ello, pronto habrá que ponerse manos a la obra con reformas que contemplen la superación de la regla de la unanimidad, tanto para las reformas de los tratados como sobre determinadas opciones políticas, teniendo en cuenta además que para 2030 se vislumbra la entrada de 10 nuevos países, entre ellos Ucrania.

Europa ya vivió en 2004 la situación de una gran ampliación sin una reforma adecuada para agilizar los procedimientos y, en mi opinión, con todos estos países hay que superar la regla de la unanimidad, pues de lo contrario el mecanismo por el que un solo país pequeño puede bloquear la actividad de toda la UE, otorgándole de hecho un poder de veto, será cada vez más importante.

También hay que introducir elementos de flexibilidad, con vistas a profundizar en la integración, por ejemplo, en materia de política presupuestaria, exterior y de defensa, porque no es seguro que todos los países estén preparados al mismo tiempo. Como ocurrió con la introducción del euro y con Schengen, debemos imaginar la posibilidad de una integración gradual y variable. Para decirlo en una frase: la Unión no debe tener miedo al pluralismo interno, sino aprender a tener una sola voz hacia el exterior.

«Imaginemos la historia reciente si no hubiera habido Unión Europea»

Pero hay una corriente de pensamiento que carece absolutamente de estima y confianza respecto a la UE y su papel, así como respecto a las instituciones internacionales. Digamos, mucho más que euroescépticos…

Soy una optimista incurable respecto a Europa. Aunque veo sus límites y su fatiga, aunque soy consciente de que se podría hacer mucho más, también pienso que Europa es una de las mayores adquisiciones político-institucionales que nos regaló la generación anterior. Partíamos de una situación de devastación total, de enemistad, de hostilidad radical y de conflicto permanente en el continente europeo: y, sin embargo, entre crisis y crisis, con un paso adelante y dos atrás, Europa se mantiene en pie y avanza. Y, en mi opinión, está aportando una modernización bastante tangible de la vida social en nuestros países. Nuestros jóvenes se conciben normalmente en una dimensión europea: Erasmus ha hecho maravillas… ¿Qué sería de este continente si no hubiera habido un proceso de integración europea? Soy la primera en decir que hay que hacer reformas, pero, en mi opinión, el balance no es negativo. De hecho, imagine la historia reciente si no hubiera habido Unión Europea…

Usted enseña Derecho Constitucional en la Universidad Bocconi: ¿quiénes son los jóvenes que llegan hoy a la universidad? ¿Qué miedos, expectativas, esperanzas ve en sus estudiantes? ¿Ve jóvenes más solos que los de generaciones anteriores?

Tengo delante a jóvenes de la universidad, y también a algunos chicos de la misma edad… Digamos que mi punto de observación es bastante privilegiado, porque a Bocconi vienen jóvenes muy motivados. No necesariamente privilegiados desde el punto de vista económico, pero ciertamente seleccionados. Y para mí, entrar en clase es un placer que se renueva cada día, porque veo chicos con ganas de entender, comprometidos, serios con sus estudios. Digamos, pues, que tengo un punto de vista especial.

«Los jóvenes tienen miedo de tomar decisiones equivocadas pero buscan estilos de vida y caminos auténticos»

Al salir de mi aula universitaria y ampliar un poco la mirada, me parece ciertamente que estos jóvenes tienen una inseguridad y una fragilidad personal más acusadas que otras generaciones, como si fueran más propensos a las crisis. Dudan de su valía. Para nada piensan que «están equivocados». Quizá el impacto de la pandemia también haya influido mucho, pero ahora veo que antes de encontrar su camino, cambian repetidamente y prueban diferentes vías de estudio, y hablo también de jóvenes muy capaces. Tienen miedo de tomar decisiones equivocadas y se sienten muy juzgados por el peso de sus elecciones. Sin embargo, lo que realmente me gusta es que buscan estilos de vida y caminos auténticos: no se dejan influir por modelos heredados. Por ejemplo, cuestionan bastante cierta centralidad del trabajo y la dedicación casi total al compromiso profesional típicos de nuestra generación. Y ésta no es sólo mi impresión, sino un rasgo que también se desprende de algunos datos, como los de AlmaLaurea (ndr: Consorcio Interuniversitario nacido en Italia en 1994): piden un mayor equilibrio entre el espacio de vida profesional y el personal, lo que debería plantear algunos interrogantes a nuestra generación. También cuestionan un poco el modelo metropolitano y urbano, prefiriendo el contacto con la naturaleza. Y, sin embargo, veo que no rechazan, es más, buscan una relación con adultos creíbles. Yo digo: démosles espacio y escuchemosles, porque no son a priori contestatarios de las generaciones anteriores. Si ven figuras de referencia autorizadas en las que pueden confiar, las buscan.

Hay un ejemplo indiscutible de esta actitud: los jóvenes admiran al Presidente Mattarella. Y esto es llamativo, porque es un hombre de más de 80 años; y ni siquiera es el tipo de persona que se hace pasar por líder del pueblo, ni rapea con los chavales. Se queda en sus zapatos, pero no sólo se le respeta por ser una figura institucional: se le respeta por todos, y también por los jóvenes, que encuentran en él a una persona a la que se puede seguir. Quizá este hecho deba hacernos reflexionar sobre qué tipo de líder reconocemos en el tiempo. Tengo esperanzas, porque me parece que estos jóvenes, a pesar de sus dificultades, tienen las antenas para entender dónde encontrar puntos de referencia. Eso me parece interesante.

Estoy convencida que hay profesores que te marcan y expresan una forma de vida y una manera de tomar decisiones que pueden dejar una huella a seguir. Pueden cometer errores y desviarse, pueden tener contratiempos, pero creo que los niños pueden captar eso. Y es extraordinario.

La cuestión es más bien sobre nosotros, los adultos: ¿tenemos relaciones que ofrecerles en las que puedan confiar? ¿Somos capaces de apoyar sus deseos y aspiraciones, sin cargarles con la preocupación de señalarles la (nuestra) «opción correcta»?

Somos conscientes de la gran diversidad que existe en el mundo universitario. Pero, ¿cómo están las universidades, en términos de salud?

Bueno, ¡la mía está muy bien! En cualquier caso, donde hay másteres, las universidades van bien. Se puede y se debe pensar en muchas reformas también para nuestras universidades; y yo empezaría por dar más valor a la enseñanza y por la apertura internacional. En cualquier caso, la universidad permite una experiencia de crecimiento, si se encuentran figuras de referencia importantes. Y en cualquier caso es un espacio de comparación con los demás, con gente de toda Italia, de Europa y de otras partes. Un espacio de libertad, de experimentación y elaboración del conocimiento, que refuerza la personalidad y la capacidad crítica de una persona. Allí, cuando pienso en estas cosas, no veo universidades en crisis.

Cristianismo y vida pública. ¿Podría decirnos de qué manera concreta su formación católica se ha impreso y luego expresado en su compromiso académico y cívico?

Mi identidad, mi arraigo en la vida de la Iglesia nunca ha sido un misterio, pero nunca me he molestado en subrayarlo, y menos aún en alardear de ello. Es conocida, y eso es bueno. Nunca he tenido la preocupación de tener que demostrarlo. Pero siempre he puesto todo mi empeño en mi compromiso como profesora, como investigadora, como juez constitucional, como ministra. Mirando hacia atrás, me doy cuenta de ciertos rasgos de mi compromiso público que remonto a esa formación. Por ejemplo, del universo jurídico, siempre me ha apasionado todo lo que concierne a lo humano, a la persona, a los derechos fundamentales. Pienso en la cárcel, en la cuestión del castigo y de la condición de los presos; pienso en los espacios de libertad de la persona en relación con el poder.

Y luego, desde el punto de vista del método, reconozco que ciertas enseñanzas han trabajado profundamente en mí, que sé bien qué matriz tienen. Por ejemplo, fue iluminador para mí leer la Encíclica Spe salvi de Benedicto XVI, en particular los párrafos 24-25, donde habla precisamente de la esperanza en los sistemas políticos. El Papa dice que la esperanza no deriva del hecho de que sepamos construir órdenes perfectos, porque, al contrario, el orden perfecto -en ese contexto se refería a las ideologías- elimina la libertad humana y, por tanto, no es perfecto en absoluto. Para mí, este pasaje fue fundamental, de modo que no tuve miedo de comprometerme en la construcción incluso de sistemas normativos en los que el trigo y la paja están juntos. Porque, al final, en las cosas humanas y terrenales es así: puedes verte implicado en asumir la responsabilidad de opciones que no son las que tú harías, porque no reflejan de forma coherente todo lo que crees que es correcto en la vida. Esa lectura fue liberadora, porque no es eso lo que se me exige. Hay un límite fijado por la realidad y la libertad del otro que especialmente quienes se dedican a la esfera pública deben aprender a aceptar.

«El Papa Francisco es muy claro: no es necesario llegar mañana a la perfección, pero siempre se puede dar un paso adelante»

Igualmente fundamentales para mí, como verdaderos compañeros de camino, son los cuatro principios metodológicos enunciados por el Papa Francisco en Evangelii gaudium: el todo es superior a la parte; el tiempo es superior al espacio -ese proceso iniciador del que tantas veces habló el Papa-; la unidad es superior al conflicto; y luego, sobre todo, la realidad es superior a la idea. Esto en particular me pareció extraordinariamente sorprendente, porque una persona parte de sus propias ideas, incluso animada por las mejores intenciones, pero choca con los recursos disponibles, con otra persona que te desafía, con la necesidad de tomar decisiones con personas que se interponen. El realismo es una característica profundamente cristiana; estar injertado en la historia, con todos los condicionamientos que conlleva, es profundamente cristiano: al fin y al cabo, el cristianismo es Dios entrando en la historia.

Tengo que decir que si hay algo que me ha sostenido profundamente desde el punto de vista humano, incluso a la hora de presentar reformas complicadas y controvertidas, es este tipo de perspectiva sobre el compromiso del hombre con el mundo, que no consiste en realizar la ciudad de Dios, sino en realizar una ciudad del hombre que sea lo más… humana posible.

En esto, el Papa Francisco es muy claro: no es necesario llegar mañana a la perfección, pero siempre se puede dar un paso adelante.

Es así. Es realmente verse a uno mismo dentro de un camino histórico en el que uno hace la aportación que puede, sabiendo que luego habrá otro que llevará las cosas adelante.

Iglesia en Italia: ¿qué dificultades y qué signos de esperanza ve?

Una pregunta muy difícil para mí. Las dificultades se ven. Resumiendo: las iglesias se vacían, el número de sacerdotes disminuye progresivamente y hay una cierta desafección de la gente hacia las prácticas religiosas. Sin embargo, veo que, en comparación con la época en que crecimos, hay muchos menos prejuicios contra la Iglesia. En mis primeras salidas públicas, identificarme como católico también significaba atraer la desconfianza o la sospecha de algunos (y a veces incluso algunos ataques personales). Hoy esto suele ocurrir mucho menos, se respeta mi identidad.

También observo un cuestionamiento cada vez más generalizado del sentido de la vida y, por robar una expresión del Card. Zuppi, ésta es precisamente «la especialidad de la casa» para la Iglesia: estar presente allí donde hay una demanda de sentido. Esta sed de sentido que se percibe en las personas que luchan ante las pruebas de la vida -porque realmente no se puede seguir por inercia- es un terreno potencialmente muy fértil. Yo partiría de aquí: de la necesidad de un encuentro que permita a las personas redescubrir el sentido de vivir. En cambio, para demasiados italianos la Iglesia sigue siendo identificada como institución de poder o como maestra de moral, más que como interlocutora de la exigencia de sentido del hombre. Sin embargo, para decirlo sin rodeos: las iglesias y los seminarios pueden estar vacíos, pero por Italia he visto muchas realidades eclesiales vivas. Si yo tuviera una responsabilidad eclesial, partiría de ahí: iría «a la caza» de signos de vitalidad.

Hay muchas experiencias que no hacen ruido, pero que cambian la historia: en nuestros días el «cristianismo» está menos difundido, en el sentido de una cultura cristiana compartida, pero hay focos de vida nueva, y yo partiría de ahí. Permítanme poner sólo un ejemplo, tomado también de la dramática actualidad de estos días: deberíamos ir a ver la Comunidad Kayros, fundada por don Claudio Burgio para jóvenes con vidas complejas, trayectorias marcadas por las penalidades. Veo allí una expresión de vida nueva, enraizada en la fe de este hombre, que está generando una novedad social, reconocida por todos. Un atisbo de esperanza.

El Papa Francisco ha nombrado a varias mujeres para puestos de responsabilidad en la Curia Romana y en la Ciudad del Vaticano. También ha subrayado en numerosas ocasiones la importancia de las mujeres en la vida de la Iglesia. ¿Cómo ve esta evolución? ¿Qué especificidades ve en la contribución de las mujeres, tanto en la Iglesia como en la sociedad?

Creo que el Papa Francisco lo ha hecho muy bien, y diría que es una pena que hasta ahora la Iglesia se haya privado o no haya aprovechado suficientemente la contribución de tantas mujeres. Hay tantas mujeres con dones extraordinarios que sería una pena no comprometerlas también en funciones de responsabilidad.

Cuando me preguntan cuál es la contribución específica de las mujeres en la vida política, siempre me siento un poco perdida. Quizás el Papa tenga una idea más clara de cuál es el rasgo específico de las mujeres en la vida de la Iglesia. No puedo profundizar en esta especificidad, porque veo a mi alrededor mujeres con personalidades muy diferentes. Lo que realmente aprecio de esta renovada sensibilidad hacia la presencia de las mujeres es que ahora surgen tantos talentos en el universo femenino que antes permanecían ocultos: por ejemplo, cuando se organizan eventos, siempre intentamos incluir un cierto número de mujeres entre los ponentes. Antes no se prestaba tanta atención, no porque no hubiera mujeres con talento, sino porque no se las buscaba. ¡Lástima que no nos diéramos cuenta antes!

«No siempre tenemos claro cuál es la matriz cultural de los feminicidios»

Una de las expresiones más trágicas de la violencia en la sociedad en la que vivimos es la violencia contra las mujeres, hasta llegar al «feminicidio». ¿Qué intervenciones sigue considerando necesarias a nivel jurídico y cultural? ¿Qué tipo de prevención se puede hacer?

En los últimos años, desde el punto de vista jurídico, se han dado pasos de gigante. Pienso en el «Código Rojo» en Italia, pero también en el Convenio de Estambul a nivel internacional. Por lo que he podido ver, desde el punto de vista legislativo, los instrumentos ya están ahí. Sin embargo, y un jurista puede decírselo, las leyes, incluso las buenas leyes, son necesarias, pero no son suficientes. Porque al final hay que dar vida a esas leyes, de lo contrario son como armaduras inanimadas. Las leyes deben apoyarse en un trabajo cultural, en una renovación de la mentalidad. Uno de los problemas de la violencia de género, y de la violencia doméstica, de hecho, es que a menudo las mujeres no denuncian.

Personalmente, estoy convencida de que no siempre tenemos claro cuál es la matriz cultural de los feminicidios, y si sólo hay una. Por un lado, atribuimos a la matriz patriarcal las formas de abuso de poder que llegan hasta la violencia, a las relaciones asimétricas entre hombres y mujeres, en las que la dominación del hombre sobre la mujer llega hasta agredir en el cuerpo. Y ciertamente esto es así en parte. Pero en casos como el de Giulia Cecchettin, la sensación es que también puede haber otros componentes. Me parece que ahí hay una fragilidad que se transforma en rabia y resentimiento, y luego en violencia. Parece que en el origen hay una incapacidad para aceptar la derrota, el rechazo y, por tanto, la emancipación y la autonomía de una chica que elige su propio camino en la vida. Aquí no veo a un hombre fuerte dominando a la mujer, sino al contrario, veo la violencia como expresión de una incapacidad para aceptar que a veces la vida no va como tú piensas y te cierra puertas. Cuando la mujer hace valer su autonomía, no es aceptada por su pareja masculina.

Tenemos que entender dónde está la raíz de esa violencia. Tenemos que profundizar en el tema. De lo contrario, combatimos los síntomas sin comprender el origen de la enfermedad. Una de las últimas cosas que hice como Ministra de Justicia fue crear un Observatorio sobre la violencia de género. Había heredado una legislación que ya era muy buena de gobiernos anteriores, pero sentí que lo que faltaba era entender dónde no funciona la ley, para poder ofrecer herramientas que eviten gestos extremos. ¿Por qué las mujeres no confían? ¿Por qué no acuden al centro antiviolencia? ¿Por qué no es posible interceptar el riesgo antes de que degenere en una situación irreparable?

Sin conciencia cultural, el trabajo en el frente jurídico es siempre insuficiente. Derecho y cultura son dos patas que deben moverse de forma coordinada para dar un paso equilibrado y eficaz. En este sentido, la misión de ir escuela por escuela para contar la experiencia de su familia, que se dio Gino Cecchettin, puede lograr mucho. Incluso teniendo en cuenta que, en este caso, con su testimonio digno y sereno, no se alimenta la indignación ni el resentimiento. Su compromiso es valioso y debemos estarle agradecidos.

 

Marta Cartabia es ex Ministra de Justicia italiana en el Gobierno de Mario Draghi y es Vicepresidenta de la Comisión de Venecia

Nuno da Silva Gonçalves es director de «La Civiltà Cattolica»

Artículo publicado en La Civiltà Cattolica


Lee también: La secularización como vocación

 


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