After

España · Juan Orellana
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3 octubre 2013
El director español Alberto Rodríguez, que debutó con la excelente El traje y decepcionó con 7 vírgenes, se suma ahora a las numerosas películas que constatan la crisis que viven tantos treintañeros y cuarentones que, seducidos por el síndrome de Peter Pan, conducen su vida hacia el desastre. Manuel, Ana y Julio llevan una vida profesional muy satisfactoria. Manuel, incluso, está casado y tiene un hijo. Pero la aparente plenitud que viven no es más que la careta de una insatisfacción radical y un rencor hacia la vida.

La película pone el dedo en la llaga. A los jóvenes de hace veinte años les engañaron -como a los de ahora-. Les prometieron que con el dinero y el éxito profesional les llegaría la felicidad. Como nuestros personajes han comprobado que eso no es así, y que su vida naufraga en un rutina asfixiante, emprenden una huida hacia atrás, hacia el carpe diem de la adolescencia perdida más irresponsable. En este sentido declaraba el director: "Gente que lo tiene todo, pero son infelices, ven cómo su vida se va cerrando". Respecto al engaño de fondo, el falso paraíso prometido, la película apunta a una sociedad que ha hecho crecer a los jóvenes sin referentes, haciendo de ellos mismos su propio ideal. Este narcisismo ha embarrancado a los treintañeros en una permanente y destructiva adolescencia. Continúa por ello el cineasta: "En esta sociedad hay una auténtica defensa de la juventud como si fuera un bien supremo, sobrevalorado, y en cuyo interior residiera parte de la felicidad. Es más, la propuesta de esta sociedad es mantenernos independientes, guapos, altos, libres, triunfadores, decididos…".

Este diagnóstico certero es inseparable de la constatación que hace el director de que nada en la vida llena plenamente el corazón del hombre. Aunque él no identifica eso con el sentido religioso, el hecho es que su descripción es afinada: "Creemos que en algún momento vamos a alcanzar un estadio que nos haga estar satisfechos y plenos, pero siempre que llegamos a una nueva fase vemos expectantes que aún buscamos desesperadamente lo que hay después". En el film, esta insatisfacción radical la expresa muy bien Manuel cuando tira la botella contra la pared, sin ningún motivo aparente, o cuando Julio se pone a llorar al preguntarle la telefonista del hotel que si se encuentra bien. También los primeros diálogos sobre la "nostalgia" recuerdan las deliciosas reflexiones que sobre ella se hacían en Princesas de Fernando León. Es muy hermosa la reiterada metáfora en la que a cada personaje le brilla radiante un corazón luminoso de adorno en el torso, como el Ícaro de Matisse, expresión de un deseo radical siempre insatisfecho.

Alcohol, cocaína y sexo constituyen la anestesia con la que tratan de ocultar su fracaso. Tras la apariencia feliz, Manuel es un padre y marido ausente -recordemos el dibujo de su hijo, en el que Manuel sale pintado fuera de casa, junto al perro- , Julio es un egoísta encerrado en sí mismo y Ana sufre la soledad de ser una mujer objeto. Pero el refugio en la droga y el sexo les deja mucho peor de lo que estaban, pues se exacerban sus contradicciones y frustraciones internas. La fiesta acaba mal. La supuesta amistad entre los tres termina siendo violenta manipulación, ansia desesperada de poseer al otro, mueca que oculta un grito de soledad. En este sentido la película ofrece excesiva sordidez al mostrar los efectos de la droga, y unas relaciones sexuales tan toscas como demasiado explícitas.

Tristán Ulloa, Guillermo Toledo y Blanca Romero encarnan con eficacia este drama desesperanzado, de imágenes muy fuertes y desasosegadoras. La película tiene pulso narrativo y visual, pero al igual que otros títulos en la misma línea (Historias del Kronen, Trainspotting, Mentiras y gordas…) la excesiva explicitud no la hacen recomendable para muchas sensibilidades.

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