Adamuz: ¿es justa la vida?

Lo último que piensas cuando coges un tren para volver a casa un domingo por la tarde es que tienes la muerte cerca. Todos nos acordamos en estas horas de nuestro último viaje a bordo de un tren de alta velocidad: ninguno de nosotros pensó al pasar el control que la muerte estaba cerca. Tampoco lo pensaron los que han sido víctimas del accidente. A menudo, salvo que nos asalte una tragedia como la que ha segado decenas de vidas en Adamuz, vivimos distraídos, sin ser conscientes de que la vida es muy frágil. Y ahora esa distracción se evapora y nos damos cuenta de que bastan 20 segundos para que varios vagones lleno de personas se conviertan en un infierno.
El ministro de Transportes, Oscar Puente, ha señalado que el accidente se ha producido en unas circunstancias muy extrañas. El tren era moderno, la vía estaba renovada y el siniestro se ha producido en una recta. Habrá tiempo para que se realice la investigación pertinente. Habrá que hacer todas las averiguaciones necesarias, exigir responsabilidades. El respeto a las víctimas exigiría que el accidente no se convirtiera, como en otras ocasiones, en un motivo de polarización política. Pero nada de eso será suficiente para calmar el dolor de las familias ni los muchos años que le quedan por delante a la mayoría de los heridos que sobrevivan.
Cuando sucede una tragedia como esta te das cuenta de cómo vives. Vivimos pensando que seremos felices cuando tengamos pareja, seremos felices cuando podamos conseguir más independencia de la pareja; seremos felices cuando tengamos hijos, seremos felices cuando los hijos crezcan y recuperemos nuestra vida; seremos felices cuando tengamos trabajo, seremos felices cuando tengamos menos trabajo. Y de pronto, descarrila el tren, y el tiempo se acaba sin que hayas vivido el presente. Mueren decenas de personas y por un segundo nos hacemos el propósito de no perder más el tiempo y de dedicarnos a lo que realmente merece la pena. Pero luego nos volvemos a olvidar de la extraña grandeza que supone nuestra vida, una vida tejida con una lana muy frágil. Los propósitos son casi siempre útiles, lo que de verdad sirve es tener cerca a alguien que nos ayude a no aplazar ese dinamismo que nos hace buscar en todas las cosas la plenitud.
¿Es justa la vida cuando la puedes perder en 20 segundos? ¿Podemos decir que el hombre no es un ser condenado a la muerte y la destrucción? ¿Hay algo en este momento que nos permita afirmar la victoria de la vida? Esas son las preguntas que nos hacen humanos ante una tragedia como la de Adamuz.
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