A propósito de Joseph

Sociedad · GONZALO MATEOS
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27 enero 2023
La fe, precisamente en cuanto fe, postula la razón. Ambas, siendo esenciales para la vida humana, pueden volverse locas. Solo la apertura, la colaboración y la crítica recíproca entre ambas pueden mantener al mundo sensato, justo y esperanzado.

Hay gestos que, aunque anecdóticos, muestran la verdadera estatura moral de una persona. Especialmente si ocurren de manera casual y espontánea. Ocurrió a finales de los ochenta. Se organizó un congreso de intelectuales católicos en Madrid al que se invitó como principal estrella al entonces prefecto para la doctrina de la fe, el conocidísimo Cardenal Joseph Ratzinger. Yo en aquel momento era un estudiante universitario de primer curso y junto a mi mejor amigo se nos ofreció trabajar voluntariamente en el servicio de orden a la entrada del auditorio. Nada más pasar por la puerta, el público en pie le dedicó una sonadísima ovación como yo hasta entonces no había escuchado fuera de un estadio. Parecía que lo único que cabía hacer era saludar y dejarse agasajar por vítores y aplausos. Joseph, por el contrario, azorado, se dio media vuelta, nos miró a los ojos y, cogiéndonos las manos, nos dio a los dos las gracias. No me acuerdo de nada de lo que dijo aquella mañana, pero siempre me acordaré de aquel gesto. Desde entonces consiguió toda mi atención.

El que acabó convirtiéndose en Benedicto XVI tuvo la sencilla pretensión de vivir su época, de mirar cara a cara a la realidad de su tiempo sin sentirse ni más ni menos que nadie. Y sin tener renunciar al tesoro de su fe que le había sido regalado junto por el amor por la música y por su familia. Se planteó las mismas preguntas que nos hacemos todos, las que realiza nuestra razón ante los acontecimientos, las que impulsan nuestra libertad, las que nos plantean los signos de los tiempos.

Ratzinger se preguntó si en el mundo en que se apaga la luz de Dios permanece encendida la luz del hombre. Y se puso a dialogar en aquellos lugares donde se generan las decisiones: en los laboratorios, en las universidades, en los parlamentos y en los templos donde se reúnen los hombres y mujeres de hoy. Acudió a los territorios donde nacen las convicciones implícitas presentándose a cara descubierta ante los poderes que determinan el devenir de la vida humana, la personal y la social, la política y la religiosa. Era de los que pensaba que las ideas siguen rigiendo el mundo. Y fue allí con el convencimiento de que es en la fe cristiana donde se manifiesta plenamente la razón. Que la fe, precisamente en cuanto fe, postula la razón. Y que ambas, siendo esenciales para la vida humana, pueden volverse locas. Y afirmó delante de todos que solo la apertura, la colaboración y la crítica recíproca entre ambas pueden mantener al mundo sensato, justo y esperanzado.

Se lo dijo reiteradamente a su entrevistador Peter Seewald: “Ser cristiano es en sí mismo algo vivo, algo moderno que configura y plasma toda mi modernidad y que, en ese sentido, la abraza en toda regla”. Siguiéndole, los cristianos comprendimos que podíamos asumir la buena, la correcta modernidad, rechazando aquella que se había convertido en una contrarreligión fundada sobre la irracionalidad. Como nos recordaba esta semana Borghessi la belleza y la bondad preceden, estética y existencialmente, a la verdad, pero no la sustituyen. La ponen de manifiesto. Por eso la fe, en vez de ser un conocimiento amoroso de la verdad se ha convertido para muchos, incluso para algunos cristianos, en una opción arbitraria, irracional, y puramente emotiva.

Ratzinger nos repetía que es tarea esencial de todos pensar para creer en la verdad y de creer para pensar hasta el fondo. Joseph sabía que lo que estaba en juego era la posibilidad y la conveniencia de la fe en Dios, y la amenaza a lo humano que implica la pérdida de la fe. Porque la razón acaba traicionándose a sí misma si renuncia al conocimiento de la verdad. La dimensión pública de la fe y la dimensión religiosa de la razón. Una osadía para muchos.

Su pensamiento sobre la política fue muy notable. Muy joven descubrió que el estado y la ideología irracional no podía constituir ni abarcar la esperanza humana. La política como mito es algo que acaba en la esclavitud y en la barbarie. También para la Iglesia cuando pretende ejercer el poder mundano como una autoridad de un partido. Iglesia y Estado tienen limitado su radio de acción, y la libertad sólo puede vivir en la zona de equilibrio de este dualismo dialéctico. Ambos actúan de límite y purificación para el otro. Esta intuición resultó profética.

El primer servicio que presta la fe a la política es liberar al hombre de esos mitos. Pidió sobriedad y realismo para evitar caer en el moralismo. “Para la consistencia futura de la democracia pluralista y para el desarrollo es necesario recuperar el coraje de admitir la imperfección de las cosas humanas. Son morales aquellos programas políticos que susciten este coraje e inmorales, a pesar de su moralismo, los que se contentan sólo con lo perfecto”. No puede existir una buena política sin el bien que se concreta en el ser y en el actuar. Todo diálogo entre creyentes y no creyentes tiene que asumir y sostener como horizonte lo finito, lo común. Sólo el poder que abraza la debilidad, el límite y el dolor puede ser entonces un poder efectivo. El poder demuestra así su grandeza en la renuncia a sí mismo, al tomar conciencia de su fin y, de este modo, permitiendo la posibilidad de acabar siendo realmente fructífero para la posterioridad.

Leo estos días la dimisión de la primera ministra neozelandesa, Jacinda Ardern, que abandona la primera línea dos años después de arrasar en unas elecciones y de asombrar al mundo por su juventud y empuje. «Me voy, porque con un papel tan privilegiado viene la responsabilidad. La responsabilidad de saber cuándo eres la persona adecuada para liderar y también cuándo no lo eres. Es así de simple».

Lee también: «El legado de Benedicto XVI a la Iglesia del tercer milenio«

Después de aquel Congreso volví a ver a Joseph, ya Benedicto XVI. Otra vez en Madrid y ante un auditorio mayor, el casi millón de personas de la JMJ que acudió a Cuatro Vientos. La emoción y el entusiasmo exaltado propio de la juventud flotaba en el aire. Al llegar, sin estar preparado, él se dio la vuelta, como lo hizo en los ochenta, y, plenamente consciente de la simbología de su acto, se arrodilló en silencio mirando lo que era la razón y la verdad de todo, también en ese instante de gloria personal. Mi libro favorito de Ratzinger se llama así: Mirar a Cristo. Otro gesto. Como cuando renunció, de manera histórica y misteriosa, a su papado. Me inspira imaginar el dialogo íntimo que debió tener antes de tomar aquella decisión, y lo que debía sentir segundos después de su salida del Vaticano.

Dostoievski se preguntaba: “Un hombre culto, un europeo de nuestros días, ¿puede creer, realmente creer, en la divinidad del Hijo de Dios, Jesucristo?”. Creo que Joseph pudo responder con su vida a esta provocación. Alcanzó la gracia de poder experimentar ser al mismo tiempo moderno y cristiano, limitado y valioso, finito y eterno. Gracias. Descansa en paz donde siempre anhelaste estar.

 

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