2020 años y un destino bueno

Mundo · Giuseppe Frangi
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9 enero 2020
Es imposible no quedarse con la boca abierta ante una pequeña escultura de bronce que reapareció clamorosamente en las excavaciones de una necrópolis italiana, en San Gimignano. Se trata de la figura de un hombre joven, vertiginosamente longilínea, que se presentó al público por primera vez el pasado mes de noviembre, después de ser restaurada. La han llamado la “Sombra de San Gimignano”, haciéndose eco de otra famosa escultura etrusca encontrada en el año 1700 y bautizada como la “Sombra de la noche”, también por su alargada figura.

Es imposible no quedarse con la boca abierta ante una pequeña escultura de bronce que reapareció clamorosamente en las excavaciones de una necrópolis italiana, en San Gimignano. Se trata de la figura de un hombre joven, vertiginosamente longilínea, que se presentó al público por primera vez el pasado mes de noviembre, después de ser restaurada. La han llamado la “Sombra de San Gimignano”, haciéndose eco de otra famosa escultura etrusca encontrada en el año 1700 y bautizada como la “Sombra de la noche”, también por su alargada figura.

Parece que ahora aparece el “hermano” de aquella famosa escultura. Igualmente de bronce, aún más esbelta, con sus 64 cm de altura y muy pocos de circunferencia. Pero la “Sombra de San Gimignano” no es una sombra. Representa a un hombre, evidentemente muerto a una edad joven. Tiene un rostro que podría ser el de un joven de nuestros días, con el pelo ondulado y una profunda mirada que escruta lo que tiene ante sí. Lleva puesta una toga que dibuja pliegues muy elegantes y que deja un hombro al descubierto. Es un joven en “ofrenda”, como muestra la patena que sostiene su mano y, sobre todo, como revela la otra mano que sale de la toga y extiende la palma hacia el exterior, una mano que remite al motivo que más veces reprodujo el gran Le Corbusier en sus obras arquitectónicas.

Hay elementos, como los zapatos del joven, que hacen pensar en una fecha en torno al siglo III antes de Cristo, por lo que más de dos mil años nos separan de él. Más de dos mil años, pero es como si no lo fuera. De hecho, camina con un paso que resulta actual, parece nuestro, propio de hombres dispuestos a afrontar un año nuevo, con esperanzas y deseos no muy diferentes de los de ese joven que ha sido devuelto a la luz de la tierra donde quedó resguardado durante tantos siglos. Conmueve pensar en la permanencia de la condición humana, emblema de una silueta que se hace sutil, como reducida a lo esencial, casi como si quisiera surcar el inescrutable intersticio que separa la vida de la muerte. Conmueve esa mano sobre la que el escultor quiso poner un acento especial ampliando sus proporciones. Una mano que habla de una espera, de un querer confiarse a un destino bueno, capaz de abrazar tanto la vida como la muerte.

En el libre flujo de pensamientos y lecturas de estos días que pasan de un año a otro, no he podido evitar ligar la imagen de este joven con ciertas páginas de ‘El primer hombre’, el maravilloso libro póstumo de Albert Camus (del que se cumplen 60 años de su muerte). El escritor habla del protagonista, que ha llegado ante la tumba de su padre, que murió cuando él apenas era un niño (un reclamo autobiográfico), y Camus escribe: “Solo, era ese corazón angustiado, ávido de vivir, que se rebelaba contra el orden mortal del mundo que lo había acompañado durante 40 años y que se golpeaba siempre con la misma fuerza contra el muro que lo separaba del secreto de toda vida, queriendo ir más lejos, más allá, y saber, saber antes de morirse, saber por fin para ser, una sola vez, un solo segundo, pero para siempre”.

Un deseo de “saber” que podemos imaginar que palpitaba exactamente igual en el corazón de esta Sombra de San Gimignano. Igual que palpita en el fondo de cada corazón. Feliz 2020 a todos.

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