Ya empezamos

Mundo · José Andrés-Gallego
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17 octubre 2013
Ya empezamos. Pero más vale -acaso- que empecemos. Un sociólogo italiano, catedrático y católico, ha publicado una recia crítica al actual obispo de Roma y ha tenido bastante eco. Le llama la atención que, en una reciente entrevista, a una pregunta sobre los homosexuales -creo-, responda: “¿Quién soy yo para juzgar”.

Ya empezamos. Pero más vale -acaso- que empecemos. Un sociólogo italiano, catedrático y católico, ha publicado una recia crítica al actual obispo de Roma y ha tenido bastante eco. Le llama la atención que, en una reciente entrevista, a una pregunta sobre los homosexuales -creo-, responda: “¿Quién soy yo para juzgar?”. Y el sociólogo da razones: (i) respuestas como esa chirrían, dice, con “la naturaleza profunda de la función petrina”; (ii) “el Papa juzga” (se entiende: tiene que juzgar, como vicario que es de Cristo). Luego, (iii) el mismo sociólogo ha leído la entrevista que ha concedido Francisco a ´La Civiltà Cattolica´ y relaciona lo de no juzgar con esta otra frase: “La injerencia espiritual en la vida personal no es posible”. Y, ante esto sí, (iv) dicta sentencia: “El Papa Bergoglio adopta aquí, involuntariamente, un lugar común típico de la postmodernidad, según el cual la decisión individual es, como tal, siempre buena o, al menos, está siempre dotada de valor en cuanto personal y libre tal como se piensa ingenuamente que es, por lo que es incuestionable”.

E insiste en criticar (v) sus “llamamientos a la sinceridad y al arrepentimiento del individuo, como si la sinceridad y el arrepentimiento cancelaran la naturaleza del pecado y prohibieran a la Iglesia llamarlo por su nombre”.

Y más aún (vi): dice Francisco que “la religión tiene derecho a expresar su propia opinión al servicio de la gente”, pero no debe interferir en la libertad, y el sociólogo entiende que, en tal caso, “ya no hay sitio ni para la Ley de Dios ni para la Caridad; la libertad en cuanto tal se convierte, verdaderamente, en lo absoluto, y, ciertamente, si `la religión` se reduce a grupo de opinión, no puede asumir la estatura de juez”.

Asombroso: (i) Francisco empieza por preguntarse quién es él para juzgar y acaba por atribuírsele la afirmación de que cualquier decisión individual es incuestionable.  (ii) Francisco llama a la sinceridad y al arrepentimiento y suponen que lo que quiere decir es que eso cancela la naturaleza del pecado e impide a la Iglesia llamarlo por su nombre. (iii) Francisco dice que la religión tiene derecho etcétera y le dicen que, en ese caso, no valen para nada ni la ley de Dios ni la caridad.

Lo mismo sucedió con Juan Pablo II cuando se decidió a algo de mucho mayor alcance: rezar en Asís en unión de creyentes de otras religiones, en algunas de las cuales consideran el cristianismo un enemigo. De ahí dedujeron que eso podía interpretarse como indiferentismo religioso y, sobre esa suposición, hubo quien escribió tres tomos para probar que el obispo de Roma era un hereje peligroso.

Todo esto resulta un poco espeso para unas pocas líneas; pero me arriesgo a dejar constancia de que hay quien piensa lo siguiente: (i) otro gallo cantaría si nos tomásemos en serio -todos- la advertencia evangélica -de Jesucristo mismo- “No juzguéis y no seréis juzgados”. Para mí que Francisco lo entiende igual que el que suscribe y se niega a juzgar, por muy Papa que sea. (ii) “El Papa juzga” -igual que todo hijo de vecino- sobre hechos; no juzga a las personas y, si lo hiciera, haría mal. Porque una cosa es ser vicario de Cristo y otra reemplazarlo. (iv) Afirmar que toda decisión individual tiene el valor de ser personal y libre no significa que sea incuestionable; significa algo que está en las antípodas: que esa decisión individual es responsable. Confundir la responsabilidad personal del que decide con la incuestionabilidad de su decisión es confundir el ipurdi con las témporas. (v) Justo por eso, el obispo de Roma (yo no hubiera dicho “la religión”, eso es cierto) tiene derecho a expresar su propia opinión al servicio de la gente. Y no entiendo cómo eso puede llegar a suponer infidelidad a la ley de Dios y a la caridad. (vi) Ruego a Francisco -encarecidamente- que me llame a la sinceridad y al arrepentimiento, por más que eso no cancele la naturaleza de mis pecados ni impida a la Iglesia llamarlos por su nombre. Al revés, si -además- los llama por su nombre, mejor; me quedará más claro.

Referencia al artículo de Pietro De Marco, “Un mensaje `líquido`”, publicado en http://magister.blogautore.espresso.repubblica.it.

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