Protagonistas o nadie

Y aparece el otro tiempo, el presente*

Mundo · Fernando de Haro
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9 junio 2009
"Protagonistas o nadie". Ése es el título que habéis escogido para el Happening de este año. Me ha recordado la entrega de unos premios a actores de cine, políticos, líderes de comunicación de la radio y la televisión en la que participé hace algunos días en España. El acto emula a los Oscar de Hollywood. Fue una experiencia que me hizo darme cuenta de hasta qué punto ser protagonista es una necesidad. 

El hotel donde se alojan los premiados estaba rodeado de gente, había que recorrer una alfombra roja para entrar. Después hubo que pasear por el pueblo en carros de época. La gente se agolpaba en las calles y estaba contenta de ver a las que considera estrellas. Muchos de los premiados estaban a gusto, muy a gusto, con una situación que, en principio, resulta embarazosa. Estaban contentos de que les reconocieran. Se vio en la gala que se celebró después. Al dar las gracias por el premio, apuraban el tiempo que se les había asignado para explicar, casi todos, cómo habían salido de la nada y después de un gran esfuerzo habían llegado donde estaban.  Cuanto más banal era el motivo por el que habían alcanzado notoriedad, más estúpida la serie o el programa de televisión, más complacidos se les veía con ese sucedáneo de ser querido que es la fama. Uno de los que menos referencia hizo a sí mismo fue precisamente el más famoso de todos, Antonio Banderas, que salvó la noche. Dijo que lo que hace interesante la labor de un periodista, de un actor o de un político es la afirmación de la vida y la búsqueda de la verdad. "Protagonistas" es precisamente el nombre del programa del comunicador que entregaba el premio.

Había algo enfermizo en esa casi desesperada búsqueda del aplauso. Es sin duda la expresión más vulgar de cómo la cultura contemporánea busca atajos para alcanzar el protagonismo. La nueva forma de hacer programas de entretenimiento en televisión explota esta obsesión por ser conocido. Ya entrada la madrugada, de vuelta al hotel, se me hizo evidente que hasta en esa desviada y frívola búsqueda del protagonismo late el deseo de ser reconocido y amado, el deseo que nos impulsa a buscar el bien, la verdad y la belleza. Muchas de aquellas estrellas y pseudoestrellas no pueden vivir un instante sin que alguien les reconozca. Nosotros tampoco. Necesitamos percibir con rotundidad y afecto que no somos un destello fugaz, el producto del azar, en la inmensidad de la nada. No se puede elegir: el  problema no es ser reconocido o no ser reconocido sino la calidad del reconocimiento que tienes para vivir el instante. El reconocimiento del público no es capaz de sostener el yo, de dar sentido al tiempo, al esfuerzo, al sacrificio, de abrazarte cuando sufres el mal.  Un acontecimiento tan aparentemente insignificante como el de esa entrega de premios me hizo darme cuenta, una vez más, de lo serio y leal que hay que ser con uno mismo para examinar racionalmente si el tipo de reconocimiento que tienes o que buscas responde a la seriedad de tu deseo.

Todos en el laberinto

La búsqueda de la fama es una de las formas de resolver el deseo de protagonismo que no es capaz de satisfacernos. Otra de esas formas, que ha desarrollado la cultura contemporánea, es la del heroísmo. En El general en su laberinto, García Márquez cuenta los últimos días de un héroe que en Venezuela conocéis bien: Simón Bolívar. Es el relato del último viaje que emprende por el río Magdalena hacia la Quinta de San Pedro Alejandrino, propiedad del español don Joaquín de Mier. Bolívar muere el 17 de diciembre de 1830. Pocos días antes, cuando le ofrecen dictar testamento y confesarse, responde: "¿Qué es esto?… ¿Estaré tan malo para que se hable de testamento y de confesarme?… ¡Cómo saldré yo de este laberinto!". García Márquez retrata un Simón Bolívar derrotado porque, pese a las victorias iniciales, su gran proyecto no ha conseguido fraguar. Las glorias del personaje parecen pesadillas. Vuelven a su memoria los fracasos políticos y las traiciones, también los amores de bellísimas mujeres que no han sido capaces de satisfacerle. Al Bolívar de García Márquez le cuadran bien los versos de Rubén Darío: "plural ha sido la celeste historia de mi corazón, (…) mas a pesar del tiempo terco, mi sed no tiene fin".

El general, en sus últimos momentos, está preso en un laberinto, el de su proyecto incumplido que no sobrevive a la muerte. "La mula -escribe García Márquez- que le estaba reservada era la mejor de una recua de cien que un comerciante español le había dado al Gobierno a cambio de la destrucción de su sumario.  El general tenía ya la bota en el estribo que le ofreció el palafrenero, cuando el ministro de guerra lo llamó: ‘Excelencia'. Él permaneció inmóvil, con el pie en el estribo, y agarrado de la silla con las dos manos. ‘Quédese', le dijo el ministro, ‘y haga un último sacrificio para salvar la patria'. ‘No, Herman', replicó él, ‘ya no tengo patria por la cual sacrificarme. Era el fin. El general Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios se iba para siempre. Había arrebatado al dominio español un imperio cinco veces más vasto que las Europeas, había dirigido veinte años de guerras para mantenerlo libre y unido; y lo había gobernado con pulso firme hasta la semana anterior, pero a la hora de irse no se llevaba ni siquiera el consuelo de que se lo creyeran". "No tengo patria por la que sacrificarme", dice el Bolívar de García Márquez. No queda nada en pie, a la hora de la muerte no queda nada que sostenga el instante, que acompañe en la enfermedad. En realidad el laberinto al que Bolívar se refiere en sus últimas palabras no es el de un proyecto frustrado ni el de la muerte. Más bien el de la vida entregada a un proyecto incapaz de satisfacer esa sed de amor sin fin de la que hablaba Rubén Darío y de la que está hecha el corazón del hombre. Sin acusar esa insuficiencia uno se queda en el umbral de un camino verdaderamente humano.

El tiempo de Octavio Paz

Octavio Paz denunció con precisión las consecuencias que tuvieron en el siglo XX las soluciones que aspiraban a resolver la necesidad humana sólo con proyectos políticos, apoyados en las ideologías. Lo hizo al recibir el Premio Nobel. Todas esas ideologías, decía Octavio Paz, se han apoyado en un concepto de razón divinizada. Es un proceso que podemos reconocer fácilmente en la cultura que nos rodea y también en un nuestra vida personal cuando nuestra razón no es fiel a su vocación, cuando no se abre a una medida diferente, al Misterio y al signo de la realidad. Esa razón divinizada acaba diluyendo el protagonismo de la persona. Para esa concepción, "para la nueva concepción- decía Octavio Paz en una aguda denuncia que sigue teniendo actualidad- a pesar del fin del comunismo, el sujeto histórico no es el alma individual sino el género humano, a veces concebido como un todo y otras a través de un grupo escogido que los representa: las naciones adelantadas de Occidente, el proletariado, la raza blanca o cualquier ente. (…) La modernidad es la punta del movimiento histórico, la encarnación de la evolución o de la revolución". Y añade, después de referirse a las dos guerras mundiales, los despotismos y los campos de concentración: "los cadalsos y las tiranías eran el precio del progreso, el rescate de sangre que había que pagar al dios de la historia. ¿Un dios? Sí, la razón misma divinizada y rica en crueles astucias".

La razón de la historia divinizada. Octavio Paz decía en 1990 que esta divinización de la razón, que exalta el proceso revolucionario y que busca el protagonismo de la persona en su disolución en el proceso histórico, había fracasado y  daba paso a una sociedad sólo dominada por el consumo. Lo cierto es que esa divinización de la historia ha adquirido nuevas formas. Y convive junto a un nihilismo que todos conocéis bien. Pero lo más interesante de esa intervención era cómo el poeta y ensayista quería salir del laberinto, cómo acaba su intervención. "Perseguimos la modernidad -dice Octavio Paz (perseguimos un auténtico protagonismo, una plenitud en la vida", podemos añadir nosotros)- y nunca logramos asirla. Se escapa siempre: cada encuentro es una fuga. La abrazamos y al punto se disipa: sólo era un poco de aire. Es el instante, ese pájaro que está en todas partes y en ninguna.  Queremos asirlo vivo pero abre las alas y se desvanece, vuelto en un puñado de sílabas. Nos quedamos con las manos vacías. Entonces las puertas de la percepción se entreabren y aparece el otro tiempo, el verdadero, el que buscamos sin saberlo: el presente, la presencia".

El protagonismo no está en el proyecto revolucionario o en el proyecto contrarrevolucionario.  El protagonismo está en el presente, en la presencia del Ser, en la presencia de todas las cosas, en el signo. Octavio Paz, que no era creyente, decía en otros sus escritos "Alguien me deletrea". "Se entreabren las puertas de la percepción y aparece la presencia". Se entreabren las puertas de la Revelación -podemos decir los que participamos en una experiencia cristiana- y aparece la presencia, la Presencia de Dios encarnado que permite que las cosas no se desvanezcan y que el yo recupere su verdadero protagonismo.

Alguien me deletrea

En los últimos cinco años he tenido ocasión, junto a un grupo de amigos, de recuperar con más intensidad este camino que te permite ser verdaderamente protagonista. Como sabéis, en España se ha producido un giro político muy importante. La llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero ha supuesto una importante modificación del contenido de nuestro sistema democrático, ha cambiado el contenido material de la Constitución. Muchos católicos, liberales y conservadores  españoles se han movilizado ante la política educativa, familiar y ante la política antiterrorista de un Gobierno que parece empeñado en restringir la libertad de educación y legislar contra las certezas fundamentales que sobre el matrimonio, el derecho a la vida y la forma de conseguir la paz tiene un amplio sector de la población. Las numerosas manifestaciones que se han producido en la calle han sido una expresión de esa movilización.

El propio Zapatero critica que la izquierda tradicional haya hablado mucho de economía y de cuestiones colectivas. Sus energías están puestas en lo que él mismo denomina, en una entrevista que le hizo Flores d´Arcais, en la revista  Micromega, "la ampliación de los derechos civiles". Ampliación basada en el presupuesto de que "no es la verdad la que nos hace libres sino la libertad la que nos hace verdaderos". Es el deseo, sí, pero entendido sólo como una referencia subjetivista sin vocación de verdad y belleza, el que se convierte en fuente de la nueva generación de derechos, entre los que están el matrimonio entre personas del mismo sexo, la clonación humana y el divorcio exprés. Las reformas jurídicas surten rápidamente efecto, contribuyendo a minar algunas evidencias que perviven en la sociedad española. Esa agresión ha provocado que algunas organizaciones de cuadros y grupos de opinión que languidecían, o que no se habían desarrollado suficientemente, hayan ganado vitalidad.

Un sector de la sociedad civil ha despertado de su individualismo con el deseo de oponerse a Zapatero. Ese despertar ha provocado sin embargo el sueño de que se podría construir, con una intensa militancia, un frente de resistencia para gestionar una mayoría silenciosa. Es el sueño -no puede utilizarse otra palabra para describirlo- de recuperar cierta hegemonía social que encierra una profunda debilidad. No es que sea irreal sobre la capacidad que tiene el catolicismo español de recuperar ciertas cuotas de poder. Lo que lo condena al fracaso es que no hace las cuentas con la naturaleza de la verdad, pretende encontrar un atajo que rompa el binomio verdad-libertad. Se pueden recuperar espacios y "criar intelectuales" para difundir ideas y valores verdaderos, principios claros, desde una posición menos precaria que la que hasta ahora han tenido los católicos. Pero, aunque así fuera, la vida de la gente-gente transcurre por otros derroteros. El protagonismo volvería a estar ahora basado en un proyecto social, católico. En esta circunstancia se nos ha hecho especialmente necesario recuperar el recorrido que, para nuestro modo de entender las cosas, ha proporcionado la fe en los últimos 25 años. 

Somos un grupo de amigos que se formó, gracias a una experiencia cristiana, en los primeros cuatro años del pontificado de Juan Pablo II. Juntos dimos el paso de adherirnos al movimiento de Comunión y Liberación y juntos, entonces como ahora en los últimos 4 ó 5 años, hemos visto cómo la relación con don Giussani, el fundador de CL, y la participación en la vida del movimiento nos ayuda a entender en qué consiste en estas circunstancias ser protagonista. De especial ayuda ha sido recuperar la sucesión de intervenciones y diálogos que protagonizó don Giussani a lo largo de los años 70 y al comienzo de los años 80. Las circunstancias de aquellos años son similares a las circunstancias en la que nos encontramos nosotros. Un mundo se derrumba. Para nosotros ha sido importante una intervención que luego se llamó Hombres sin patria

Se había celebrado una de las manifestaciones más masivas de todos los tiempos en España. Habíamos tomado la calle: un millón de personas. Habíamos trabajado intensamente, habíamos convocado a la gente desde la radio y la televisión.  El Gobierno se ocupó durante semanas y meses de la cuestión. Al final de la manifestación nos llamamos por teléfono varios amigos. Nos sentíamos insatisfechos. Y nos dijimos: hay que volver a leer Hombres sin patria.  Vosotros no tenéis patria, dice Giussani recuperando unas palabras de Juan Pablo II. No tenéis proyecto del que hacer depender vuestro protagonismo. Todo se apoya en el yo, en un yo que es capaz de reconocer a Cristo. En los últimos 25  años la experiencia cristiana se nos ha hecho razonable porque ha hecho más humana la vida. Y ahora don Giuss nos decía algo esencial tanto para cuando las manifestaciones eran un éxito como para cuando volvía a ganar Zapatero. "Sólo hay una cosa irreductible en la historia: el yo. El yo que parece la cosa más frágil. Pero esta irreductibilidad sería una pretensión ridícula si no estuviese constituida de la relación con la gran Presencia. La gran Presencia es la que hace irreductible el yo. Soy reductible sólo a la relación con esta Presencia, soy reductible sólo a ser amado y a amar esta Presencia".

Una presencia original

Retomar esta mirada es lo que nos permite recomenzar. En 1975, al grupo de universitarios con los que hablaba Giussani les pasaba lo mismo. Se habían comprometido muy seriamente en la creación de una alternativa a la izquierda del 68. "La tarea -decía entonces- no es que exista un movimiento nuevo en el ámbito político o cultural, sino que exista una humanidad realmente nueva. Sólo la comunión crea el sujeto adecuado para las iniciativas. Éste es el acontecimiento nuevo: la fe, que es reconocer a Cristo presente, en mí y en medio de nosotros".

Ha sido también para nosotros decisivo retomar un diálogo del 76 con universitarios, que luego se tituló  De la utopía a la presencia. Giussani dijo entonces cosas que parecen escritas para nosotros, me parece que a vosotros también os pueden interesar en la situación de Venezuela. La nuestra, en la vida social, en nuestros ambientes, no puede ser una presencia reactiva o reaccionaria, dominada por el proyecto del poder al que nos oponemos. La nuestra es una presencia que está llamada a ser original y es original nuestra propia identidad, lo que somos, cristianos. ¿Y por qué somos cristianos? ¿Por qué hemos seguido siendo cristianos cada vez más interesados por la fe? Por lo que dice Benedicto XVI al comienzo de la Deus Caritas Est: "no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida".

Somos cristianos porque en la relación con esa Persona tenemos la ocasión de comprobar que la vida se hace más humana. Hay una invitación que don Giussani hacía en el 76, decisiva. Decía entonces: "si percibimos con radicalidad nuestra relación con Cristo, juzga todo, lo que somos, lo que hacemos, la vida de la comunidad, las noticias de los periódicos. Y lo juzga como el arado que hiere la tierra para que la semilla dé fruto. Es necesario -decía entonces y son palabras que ahora entendemos con toda su urgencia- que empecemos a tomar en serio la fe con su capacidad de rehacer la vida concreta, de modo que nos conduzca a ver la identidad entre la fe y una humanidad más verdadera". Ésta vuelve a ser la aventura cuando ya eres un adulto y tienes más de 40 años. Ése es el reto, la posibilidad de ser protagonista sorprendiendo cómo la fe te da más humanidad. Es un protagonismo que no te da el poder. La aventura la vivo con otros.

En los últimos tiempos he sorprendido esa humanidad más rica en muchos aspectos. Pero para terminar sólo menciono algunos. La paciencia con la que veo construir obras que no están dominadas por el ansia de ganar terreno social y que educan realmente a las personas, el interés por la verdad en gente adulta o la posibilidad del perdón son signos que invitan a la razón a reconocer que Aquél que puede satisfacer la sed sin fin, de la que hablaba Rubén Darío, está presente. Rubén Darío buscaba en las mujeres el Infinito. La capacidad de rehacer la humanidad que tiene la fe se ha mostrado también en un nuevo modo de relacionarnos con la política y de valorar el testimonio. Hemos visto que la libertad se defiende ejerciéndola, sorprendiendo -vuelvo a utilizar la misma palabra- cómo el testimonio de lo que anima tu vida abre espacios nuevos. Hemos visto cómo la verdad gana espacio no porque se consigan definiciones precisas o porque esas definiciones entren en la agenda de la gente con medios de comunicación potentes. Ganan espacio porque hay personas que hacen experiencia de ella y la encuentran pertinente al ineludible "oficio de vivir" del que hablaba el novelista.  

*Intervención en el Happening 2009 de Caracas (Venezuela)

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