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Vulnerables

Mundo · Elena Santa María
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3 abril 2019
Tras el atentado en el que murieron 50 musulmanes en Nueva Zelanda, la primera ministra, Jacinda Ardern, dijo “ellos son nosotros”. Una frase contraria a la que nos encontramos por todas partes “nosotros y ellos”. Con este gesto, reconoce Máriam Martínez-Bascuñán en El País, “no fue debilidad lo que mostró Jacinda Ardern: exhibió, por contra, una fortaleza inusual en la clase política dirigente, reconociendo la vulnerabilidad como el punto de referencia para pensar la política desde otro lugar. Al mostrarse con un pañuelo negro sobre su cabeza para acompañar a las víctimas de las comunidades musulmanas atacadas, abrazándolas y consolándolas, creaba ese ‘nosotros’ que puede surgir en torno a una herida, al sentimiento de pérdida, a esa sensación de vulnerabilidad que experimentamos cuando nos percatamos de que nuestras vidas siempre estarán expuestas al capricho del otro, pero también a su empatía. Ninguna respuesta enérgica, ningún llamamiento a la guerra o la revancha después de un atentado puede cambiar esa azarosa dependencia”.

Tras el atentado en el que murieron 50 musulmanes en Nueva Zelanda, la primera ministra, Jacinda Ardern, dijo “ellos son nosotros”. Una frase contraria a la que nos encontramos por todas partes “nosotros y ellos”. Con este gesto, reconoce Máriam Martínez-Bascuñán en El País, “no fue debilidad lo que mostró Jacinda Ardern: exhibió, por contra, una fortaleza inusual en la clase política dirigente, reconociendo la vulnerabilidad como el punto de referencia para pensar la política desde otro lugar. Al mostrarse con un pañuelo negro sobre su cabeza para acompañar a las víctimas de las comunidades musulmanas atacadas, abrazándolas y consolándolas, creaba ese ‘nosotros’ que puede surgir en torno a una herida, al sentimiento de pérdida, a esa sensación de vulnerabilidad que experimentamos cuando nos percatamos de que nuestras vidas siempre estarán expuestas al capricho del otro, pero también a su empatía. Ninguna respuesta enérgica, ningún llamamiento a la guerra o la revancha después de un atentado puede cambiar esa azarosa dependencia”.

Es en esa vulnerabilidad donde Lorena G. Maldonado (El Español) se reconoce con Juan José Cortés, que no en sus ideas. “Del dolor uno sabe que requiere rabia, y luego, silencio. Del dolor uno entiende que la compañía no sirve, que las pastillas no sirven, que la compasión no sirve. Del dolor uno cree que devasta, pero al final asume que sólo modifica. Del dolor uno acaba siendo expulsado como un órgano mal trasplantado; del dolor uno se quita los restos húmedos, como de placenta membranosa en la edad adulta, y retoma la vida otra vez, con una identidad a estrenar. Nadie es el mismo después del dolor. Pero ocurre algo: el dolor es ordinario y no milagroso. El dolor no nos beatifica ni nos vuelve ejemplarizantes. El dolor no nos hace puros, quizá al contrario: nos subraya, con implacable crudeza, como lo que nunca dejamos de ser: lúgubremente humanos”.

También se reconoce Juan José Millás (El País) con sus compañeros de vagón. “Había leído las noticias financieras y las deportivas y las culturales y las de sociedad y las de política nacional e internacional, por ese orden, sin dar un solo paso en la dirección del conocimiento. El mundo continuaba siendo impenetrable. Tras su lectura, solo sabía que los que íbamos en aquel vagón tarde o temprano moriríamos”.

“Hacer nada significa soportar el vacío, aguantar la perplejidad de estar libre, asumir la energía acumulada. Hacer nada implica no buscar justificación para estar vivo y comprender que lo que tiene que pasar pasará en el momento que convenga. Hacer nada supone una tal confianza en la vida, una tal convicción de que ella decidirá bien, que habitualmente lleva al vértigo y a la claudicación en favor de cualquier acto que nos entretenga, un chat, una compra, una lectura. Un acto que nos lleva a hacer en vez de a sostener la fe”. Es lo que propone Flavia Company en La Vanguardia. ¿Nos atrevemos?

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