Volver a la realidad con el rostro del coronavirus

Cultura · Antonio Polito
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30 abril 2020
En estos tiempos difíciles, puede resultar muy útil leer el ágil libro-entrevista en que Alberto Savorana entrevista a Julián Carrón, sacerdote español que preside la Fraternidad de Comunión y Liberación. Ya el título advierte de hecho que se trata de una reflexión sobre lo humano más que lo divino, y nos introduce por tanto en una cuestión un poco descuidada: la relevancia pública de la fe en momentos como estos. ‘El despertar de lo humano. Reflexiones de un tiempo vertiginoso’ se ocupa de la irrupción inesperada de la realidad en nuestras vidas, que con el paso del tiempo se habían vuelto bastante irreales, vividas “como en una burbuja”, “de la que huimos a menudo creyendo que así podremos respirar, pues somos incapaces de estar con nosotros mismos”. El coronavirus y todo lo que ha venido y vendrá después constituye de hecho la realidad en su forma más cruda y cruel, pone en crisis nuestro “hábito de sustitución de las cosas y los hechos por su uso estratégicamente fraudulento”.

En estos tiempos difíciles, puede resultar muy útil leer el ágil libro-entrevista en que Alberto Savorana entrevista a Julián Carrón, sacerdote español que preside la Fraternidad de Comunión y Liberación. Ya el título advierte de hecho que se trata de una reflexión sobre lo humano más que lo divino, y nos introduce por tanto en una cuestión un poco descuidada: la relevancia pública de la fe en momentos como estos. ‘El despertar de lo humano. Reflexiones de un tiempo vertiginoso’ se ocupa de la irrupción inesperada de la realidad en nuestras vidas, que con el paso del tiempo se habían vuelto bastante irreales, vividas “como en una burbuja”, “de la que huimos a menudo creyendo que así podremos respirar, pues somos incapaces de estar con nosotros mismos”. El coronavirus y todo lo que ha venido y vendrá después constituye de hecho la realidad en su forma más cruda y cruel, pone en crisis nuestro “hábito de sustitución de las cosas y los hechos por su uso estratégicamente fraudulento”.

Resulta extraño que quien nos reclame a la “realidad que se hace real”, a la “realidad que ha entrado sin permiso”, sea un hombre de fe en otra realidad. Pero esta aparente incongruencia deriva de una idea equivocada que nos hemos formado de la religión con el paso del tiempo. Es decir, como una zona de confort, un amortiguador espiritual, una regla de comportamiento, un sistema de preceptos morales. Mientras que, en cambio –como diría Carrón siguiendo los pasos de don Giussani—, el cristianismo es sobre todo un acontecimiento, un encuentro, del que por tanto podemos sacar fuerzas para vivir y actuar en este mundo.

De hecho, ¿cómo reacciona Carrón frente a esta irrupción de lo real en nuestras vidas? Reclamándonos a esa exigencia de entender “que llamamos razón”. Apela a los hechos y, por tanto, a la razón. No debe sorprendernos si recordamos que en el cristianismo el Verbo de Dios se filtra como Logos de la cultura griega de los evangelistas y apologetas. Logos quería decir discurso racional, el lenguaje de los filósofos, opuesto como tal al mito, al discurso de los poetas.

Naturalmente, razón no quiere decir mirar las cosas “a través del ojo de la cerradura de nuestra medida racionalista”. Razón y racionalismo son dos cosas distintas. Pero la razón es una “lente” que nos acerca el objeto de la realidad y permite que “las cosas desvelen su sentido”. Como decía Shakespeare, nos ayuda a entender que “hay más cosas en el cielo y en la tierra que en tu filosofía”. Esta es exactamente la lección de esta pandemia.

La religiosidad, por tanto, no es un sentimiento sino un instrumento para medirnos con la dimensión de lo trágico en la historia e intuir la visita del Misterio. Con Nietzsche nos convencimos de que “no existen hechos, solo interpretaciones”. Aquí, en cambio, el hecho nos abruma. Por ello –esto no lo dice Carrón–, todas las reducciones a una religión del “hazlo tú mismo”, para consumir como si fuera comida para llevar al secreto de las conciencias de los creyentes, donde tampoco está mal pero es menos fecunda, no parecen demasiado útiles. Por el contrario, como ha sucedido en la historia de Occidente, la religión podría ayudarnos como comunidad a dar cuenta de la realidad, y constituir así una óptima manera de afrontarla. Son muchos los que perciben esta necesidad.

Aquí Carrón utiliza una imagen muy tierna y verdadera. “Si el miedo nos invade, ¿qué puede vencerlo? ¿Qué vence el miedo en un niño? La presencia de su madre. Es una presencia, no nuestras estrategias, nuestra inteligencia, nuestro valor, lo que mueve y sostiene la vida de cada uno de nosotros”. Una “presencia histórica, carnal, como la de Dios hecho hombre”. Hoy, en esta crisis, “más que cualquier discurso tranquilizador o receta moral, lo que necesitamos es toparnos con personas en las que podamos ver encarnada esta experiencia”. Así encontraremos personas “verdaderamente amigas”. Basta pensar en médicos, enfermeros y enfermeras.

Dice Carrón que la “fe cristiana no es el reconocimiento de lo divino, sino de lo divino presente”. Será bueno recordarlo durante la reconstrucción. La fe puede echarnos una mano. “Se ha dicho que saldremos de esta gran pandemia cambiados. Yo añado: saldremos cambiados, pero solo si empezamos a cambiar ahora, si profundizamos ahora en el descubrimiento de quiénes somos, de para qué merece la pena vivir”. “El problema de nuestros sabios –decía Chesterton—no es que no encuentren la respuesta, sino que ni siquiera ven el acertijo”.

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