Volvamos a la economía real

Mundo · Giorgio Vittadini
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11 diciembre 2008
Cuando se trata la realidad de forma parcial, antes o después la realidad se rebela. Se cree que las finanzas pueden generar valor y riqueza sin tener en cuenta el valor real del uso de bienes y servicios, que es lo único capaz de generar un auténtico valor de intercambio. Se mira el patrimonio sólo en términos de beneficio trimestral, sin tomar en consideración su estabilidad y su desarrollo en el tiempo. Se piensa que los economistas podrían responder por arte de magia al justo deseo de mejorar las condiciones de vida de amplios estratos de la población, superando el límite impuesto por la realidad y por la capacidad personal y familiar efectiva de generar rédito y hacer frente a las deudas. No se trata sólo de un problema moral, sino de concepción.

Las personas que han diseñado los complejos mecanismos de las nuevas finanzas, responsables en parte de la actual crisis, han estudiado en las mejores universidades del mundo, han demostrado tener una gran competencia técnica, pero no la capacidad de mirar la realidad en toda su amplitud, con todo lo que es, con las potencialidades y límites que tiene. En general, se ha concebido un desarrollo que prescinde del equilibrio entre todas las dimensiones de la vida humana, familiar, social, ambiental, religiosa, para después descubrir que la consecuencia más grave de la crisis financiera es una pérdida generalizada de confianza, no sólo para la vida personal sino para la economía real, para la posibilidad de invertir, consumir, hacer transacciones económicas y financieras, y establecer relaciones entre los Estados.

Con una concepción reducida de la empresa no se tiene más que una idea a corto plazo de uno mismo y del trabajo: sólo en 2007 -año ya afectado por la crisis- los banqueros de Lehman Brothers, Merril Lynch y Morgan Stanley ganaron más de 25.000 millones en bonos. Este hecho desvela un dato muy difundido: en el centro de la acción económica no existe ya un sujeto humano que vive de modo equilibrado todas las dimensiones de la experiencia y el trabajo como expresión de su deseo de transformar la realidad. Se da prioridad a la satisfacción, sean cuales sean las condiciones a las que se tenga que arriesgar.

No sabemos lo que sucederá, pero hay algo seguro: hay que reconsiderar la centralidad de la economía real y de la economía local, la que nos importa, la que afecta a nuestra posición verdadera sobre la realidad. Sobre todo hace falta recuperar el valor tradicional del trabajo y de la empresa. Nuestras empresas son el modo en que la persona pone en juego sus ideas, su voluntad y capacidad de arriesgar, de emprender: quien dirige la actividad se identifica con ella y su capacidad representa la principal ventaja competitiva. La empesa, así concebida, representa una riqueza única para la economía porque allí se concretan los valores del espíritu emprendedor, donde la cultura de empresa significa capacidad de asumir riesgos y, al mismo tiempo, responsabilidad hacia los que participan en ella.

Es necesario tomar conciencia de que en ciertas experiencias, vividas desde una posición ideal, hay una originalidad custodiada, construida, defendida, potenciada y no reducida. Una impronta que valora lo humano y que no es contraria a los intereses de la empresa. Si parte de la experiencia, no hay por qué someterse a otros criterios. De forma secundaria, sin perder de vista la necesidad de soluciones "globales", el "fundamento" de nuevas instituciones movidas por criterios ideales y su eficacia estarán determinadas en la vida cotidiana por la vitalidad de los sistemas locales. Una literatura creciente pone en evidencia la importancia de las instituciones, sobre todo locales, que permiten señalar caminos de salida a la crisis cuando los mecanismos clásicos (por ejemplo en el sector financiero) están "gripados". Estas redes locales de confianza y de reputación tienen importancia tanto como "redes de sostenibilidad" (aspecto defensivo) como factores de innovación dinámica (aspecto de apertura y crecimiento).

Por una pérdida de ideales, muchos han preferido vender para poder vivir de las rentas financieras, reducen lo humano a "recurso", quedan intrínsecamente incapacitados para valorar a las personas y por eso no invierten en formación, no renuevan sus estrategias y métodos, se cansan de innovar, de internacionalizar y de crear vínculos de colaboración e integración con otras empresas, instituciones o realidades sociales. El cambio necesario representa una posibilidad dramática pero fascinante de reinventarse. Si no aprovechamos la ocasión para redescubrir los valore tradicionales de nuestra empresa y corregir los defectos, la caída será inevitable.

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