Vivir y morir por Cristo en Pakistán

Mundo · José Luis Restán
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7 marzo 2012
En Khushpur, el pueblo en el que naciera Shahbaz Bhatti, en el durísimo Punjab pakistaní, miles de personas han participado en una vigilia para recordar al ministro asesinado hace ahora un año por su defensa de las minorías y por su confesión de fe cristiana. Tras la misa presidida por el arzobispo de Karachi, Joseph Coutts, muchos se han dirigido a la tumba de Shahbaz para realizar una oración: allí había también musulmanes, hindúes, sikhs... lo testimonia emocionado Paul Bhatti, el hermano que decidió contra toda prudencia humana asumir la cartera que dejaba el ministro asesinado.

Una corriente de auténtica simpatía y gratitud ha recorrido la piel de este inmenso y atribulado país, quizás uno de los lugares más difíciles de la tierra, en cuyos montes y cuevas se libra una batalla mortal en la que ni siquiera están claros quiénes son los actores y de qué lado juegan en cada momento. También el gobierno ha querido sumarse al homenaje con mensajes del Presidente Ali Zardari y del Primer Ministro Raza Gilani, que han repetido su enésimo compromiso de proteger a las minorías y caminar hacia un reconocimiento efectivo de sus derechos. Pero a estas alturas es difícil tomar en serio estas bellas palabras. Y no tanto porque escondan doblez o mala intención, sino porque el Gobierno no controla muchos resortes del poder real, está alejado de ese Pakistán profundo en el que campan por sus respetos las células terroristas, los sermones incendiarios y la educación para el odio. Y todo eso cala en lo profundo de la mentalidad del pueblo, esa que llevó a las vecinas de Asia Bibi a denunciarla por blasfemia asomándola al túnel de la muerte.

Sí, el país real es muy diferente de los telegramas llenos de cordura y sensatez que envían los funcionarios gubernamentales incapaces de controlar las escuelas, los servicios secretos, el ejército…. Bien lo sabe el Presidente del Partido Popular de Pakistán, Bilawal Bhutto, que contempló cómo su madre era asesinada al retornar del exilio para intentar un nuevo experimento democrático a la postre ahogado por los de siempre. Bhutto ha recordado al ministro Bhatti diciendo que "la sangre de los mártires y de cuantos se han dedicado a la creación de un Pakistán tolerante, plural y democrático no correrá en vano". Pero no es fácil mantener viva esta esperanza cuando se observa el curso de los acontecimientos, cuando aparentemente los que triunfan cada día son los asesinos.

El arzobispo Coutts se ha apresurado a exponer la opinión clamorosa de la Iglesia en Pakistán al afirmar que "el mártir Shahbaz Bhatti no está muerto sino que permanece vivo en Cristo, y su sacrificio testimonia el deseo de una nación, Pakistán, en la que las minorías religiosas puedan gozar de los mismos derechos y de la misma dignidad". Un hombre que conoce a fondo la realidad del país y que no gusta de contemplaciones, el misionero del PIME Bernardo Cervellera, ha dicho que a pesar del aparente fracaso que supuso su muerte, las comunidades cristianas pakistaníes se han vuelto ahora más valientes, más dispuestas a  salir a la luz para pedir justicia, denunciar los abusos, oponerse a las expropiaciones y a las vejaciones de todo tipo". Además Cervellera subraya que el "testamento" de Bhatti se ha convertido en una piedra de toque para millones de personas en todo el mundo.     

"Sólo quiero un puesto a los pies de Jesús, quiero que mi vida, mi carácter y mis acciones hablen por mí y digan que estoy siguiendo a Jesucristo… quiero vivir por Cristo y por Él quiero morir". Éste era Shahbaz Bhatti. En la vida y la muerte de los mártires se despliega dramáticamente la gran alternativa: ¿han vencido los poderes malvados de este mundo, o por el contrario a través de ellos se ha impuesto un dique a la prepotencia del mal? Difícil responder con los análisis de la sociología y de la política. Pero podemos preguntarnos e imaginar qué sería de Pakistán sin hombres como Shabhaz y los miles de cristianos que siguen viviendo su fe en aquel tumultuoso país. Y desde luego sería un país mucho más hosco y con muchas menos esperanzas. Benedicto XVI siempre nos recuerda que Cristo no ha salvado al mundo con bellas palabras sino a través del sufrimiento, y algunos, misteriosamente, siguen siendo llamados a asociarse a su sacrificio. Shabhaz no le hizo ascos a esa llamada, y por eso le debemos una gratitud sin límites.

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