Sobre la libertad religiosa en México

Vivir nuestra fe dentro del ambiente

Mundo · Laura Juárez
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21 abril 2008
En el marco de la celebración por los 15 años de relaciones diplomáticas entre el Vaticano y el Estado mexicano, tanto el canciller del Vaticano, Dominique Mamberti, como el Nuncio Apostólico en México, Christophe Pierre, insistieron sobre la necesidad de una mayor libertad religiosa en México. Si bien nuestro país parece estar viviendo una incipiente apertura en otros temas o aspectos, las fuertes reacciones en contra de estas declaraciones sugieren que, en ciertos sectores de nuestra sociedad, todavía persiste el temor y la hostilidad a la idea de abrir la esfera pública a las distintas experiencias religiosas.

Dicha hostilidad o temor a la manifestación pública de cualquier pertenencia religiosa y, en particular, de la Iglesia Católica, tiene raíces en nuestra historia. Desde finales del siglo XIX, la mentalidad que ha dado forma a gran parte de nuestras leyes e instituciones, y que se ha convertido también en mentalidad común, considera al Estado laico como un Estado neutral y a la religiosidad como un aspecto puramente privado. Sin embargo, esta pretendida neutralidad del Estado es cuestionada hoy incluso desde dentro del pensamiento liberal. Habermas afirma que el Estado no es realmente neutral cuando margina a las experiencias religiosas y se muestra abierto, e incluso favorable, respecto a una mayor libertad y participación de las distintas tradiciones religiosas y comunitarias en el debate público de las cuestiones fundamentales para una sociedad.

Para la Iglesia Católica, el ser humano es relación directa con el infinito, es decir, con Dios. Su insistencia sobre la libertad religiosa como derecho fundamental nace precisamente de esta mirada hacia toda persona, independientemente de su pertenencia religiosa o social. Por esto, al pedir una mayor libertad religiosa en México, la Iglesia no está pidiendo un privilegio propio en detrimento de otras experiencias, sino una mayor libertad para todos, católicos y no católicos.

La libertad religiosa, además de ser un derecho que es necesario pedir, custodiar y defender para todos, es una condición esencial para que la Iglesia pueda llevar a cabo su misión, que es hacer presente a Jesucristo dentro del mundo, es decir, dentro de los lugares donde la persona vive.

Esta misión no corresponde exclusivamente a la jerarquía católica, sino a todo el pueblo cristiano, ya que la Iglesia se hace presente en el trabajo, la escuela, la universidad o la empresa a través de la unidad visible de los cristianos. Por ello, para los laicos católicos que estamos en estos ambientes, el poder vivir y expresar esta unidad plena y libremente a través de gestos, desde la oración comunitaria y los sacramentos hasta el trabajo social, cultural y político, es una necesidad fundamental para vivir y profundizar nuestra fe. La división entre la vida y la fe empobrece tanto la vida como la fe.

Para creyentes y no creyentes, la libertad de desarrollar y expresar plenamente la experiencia que da sentido a nuestra vida es un derecho irrenunciable y vivir a fondo nuestra identidad dentro del ámbito donde nos toca estar es la mayor contribución que podemos hacer a la sociedad. Para quienes somos católicos, lo que está en juego es la posibilidad de experimentar en nuestra propia carne la verdad, la inteligencia y la riqueza afectiva que nacen de la fe.

 

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