Vivió y murió por Jesús

Mundo · José Luis Restán
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3 marzo 2011
Para destronar a los falsos dioses hace falta el sufrimiento de los inocentes, la sangre de los mártires. Palabras duras y cortantes, que pronunció Benedicto XVI hace unos meses. El martes Shabhaz Bhatti, ministro pakistaní para las minorías religiosas, era vilmente asesinado por un comando talibán cuando salía de visitar a su madre. Inerme frente a sus enemigos, frente a los verdugos que tantas veces había denunciado con la fuerza de su palabra libre y verdadera. Pakistán era menos horrendo porque había dado a luz a este hijo, a este hombre que sabía perfectamente que la muerte era su compañía cotidiana, y que un día habría de llevárselo.

Hace apenas tres años Bhatti había dejado este impresionante testimonio: "muchas veces los extremistas han intentado asesinarme o encarcelarme, me han amenazado, perseguido y aterrorizado a mi familia; pero mi padre siempre me ha animado. Yo digo que mientras tenga vida, hasta el último respiro, continuaré sirviendo a Jesús y a esta pobre y sufriente humanidad, a los cristianos, a los necesitados, a los pobres. Este deseo es tan fuerte en mí que me consideraría un privilegiado si Jesús quisiese aceptar el sacrificio de mi vida. Quiero vivir por Cristo y por Él quiero morir. No tengo ningún miedo en este país".          

Y en efecto, no tenía miedo. Era el primer cristiano que asumía un ministerio en el Gobierno pakistaní, un ministerio que le colocaba directa e inmediatamente en el punto de mira de los fundamentalistas. Luchaba incansablemente por el diálogo entre las comunidades religiosas y soñaba un Pakistán donde cristianos y musulmanes pudiesen trabajar juntos por el bienestar de su pueblo. Por eso militaba en el partido de Benazir Bhutto, también asesinada por intentar un gobierno laico en un Pakistán que se precipita hacia el caos. Le habían ofrecido cambiar de cartera, pero él no concebía otra tarea que defender la libertad y la seguridad de los más indefensos, de los perseguidos. Ahora la maquinaria del Estado ha mostrado toda su impotencia, gangrenada como está por el cáncer del miedo y por la infiltración de los terroristas.

En los últimos meses Shabhazz Bhatti se había batido por Asia Bibi, la mujer cristiana condenada a muerte por la horrenda ley de la blasfemia. Levantar la voz contra esta monstruosidad, luchar por la seguridad de esa pobre campesina, ha sido la gota que ha colmado el vaso. Y del mismo modo que fue abatido su amigo Salman Tasser, gobernador del Punjab, los asesinos que pervierten el nombre de Dios lo han matado en plena calle. Cientos de cristianos se han reunido frente a su casa y han entonado cantos en los que se podía escuchar: "Bhatti, tu sangre es el inicio de una nueva revolución… continuaremos tu batalla por la revisión de la ley de la blasfemia". Quizás, pero el miedo se ha enseñoreado totalmente de un Pakistán cuyo gobierno es incapaz de preservar un mínimo orden, un país con armamento nuclear en cuya frontera con Afganistán se libra una guerra cruel y silenciosa. Un país que Occidente no puede permitir que caiga, pero al que no sabe, materialmente, cómo mantener en pie.

La sufrida Iglesia católica ha decretado tres días de luto, ayuno y oración, y por enésima vez ha pedido que se deje atrás la retórica y se proteja a la minoría cristiana frente al extremismo. Sólo encontramos un rayo de luz en medio de tanta desolación. La mezcla de coraje y paz de hombres y mujeres como Shabaz Bhatti, que viven y mueren como Jesús. La revolución que la sangre de Bhatti confirma es la misma que inició el Nazareno en la cruz. Los analistas no pueden descifrarla. Pero sabemos que por caminos inescrutables, ella destrona a los falsos dioses de la violencia y de la mentira, y abre el camino a la justicia y a la paz.   

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